Mendoza: el día que Nacho entró a una cancha de rugby y dejó de buscar su lugar
Su mamá llamó a un profesor de Los Cuyis y a la semana ya estaba entrenando. Diez años después, Nacho cuenta qué encontró en esa cancha que no había logrado en ningún otro lado.
Ignacio Díaz tenía 18 años cuando su mamá levantó el teléfono y llamó a un profesor de Los Cuyis. Una semana después ya estaba entrenando. Diez años más tarde, ese pibe al que todos llaman Nacho sigue en la misma cancha, pero encontró algo que la familia venía persiguiendo desde hacía mucho tiempo: un lugar donde sentirse parte.
“Mi mamá se contactó con un profesor de Los Cuyis y a la semana empecé a entrenar. Fue muy lindo y emocionante el recibimiento de los chicos”, recuerda hoy Ignacio, que tiene 28 años.
El club es Los Cuyis XV Mixed Ability Rugby, una propuesta mendocina que mezcla en el mismo equipo a personas con y sin discapacidad. No hay una actividad aparte para unos y otra para otros: juegan todos juntos, con las mismas reglas.
Qué es el Mixed Ability y por qué cambia la cancha
Agustín Bravo, profesor del equipo, lo explica sin vueltas: la modalidad consiste en que personas con y sin discapacidad practican el mismo rugby, bajo las mismas reglas, respetando los tiempos y las capacidades de cada uno. El objetivo no es armar un espacio paralelo, sino construir un equipo real donde cada integrante tenga su lugar.
“Lo que más se nota es la confianza que van ganando, la independencia y el sentido de pertenencia”, señala Bravo. Según observa, muchos jugadores llegan tímidos y, a medida que se integran, se animan a participar, a tomar decisiones y a relacionarse con sus compañeros. Esos aprendizajes después se trasladan a otros terrenos de la vida.
Lo que dice el certificado y lo que Ignacio puede hacer
En su Certificado Único de Discapacidad (CUD), Ignacio tiene consignado un diagnóstico de discapacidad intelectual, identificado en el documento como “retraso mental moderado”. Esa condición implica dificultades en ciertos aprendizajes y en algunos aspectos de la comunicación, pero no define por sí sola sus posibilidades ni sus proyectos.
Su mamá, Marcela Gutiérrez, es docente de la UNCuyo y acompañante terapéutica. Desde ese doble lugar —profesional y materno— cuenta que su hijo es autónomo en muchas actividades cotidianas: viaja en colectivo, hace las compras, va al centro y se traslada solo hasta el club.
Llegar a ese presente costó. Fueron años de recorrer puertas buscando un espacio que lo incluyera de verdad. Por eso, el recibimiento en Los Cuyis significó mucho más que una bienvenida deportiva. “En Los Cuyis se sintió ‘parte de’, se sintió valorado”, expresa Marcela.
“Estuvimos muchos años buscando un lugar donde lo incluyeran”, relata sobre ese camino previo.
El primer partido y el orgullo de una mamá
Acompañar a Ignacio también le enseñó a Marcela a convivir con emociones que se agrandan cuando se trata de un hijo. Su formación como acompañante terapéutica le da herramientas para trabajar con otras personas, pero reconoce que el rol materno tiene sus propios miedos.
“Cuando se trata de un hijo ya entran en juego las preocupaciones, los miedos y esa sensación de que él esté bien”, explica.
Hay una imagen que guarda con especial cariño: la primera vez que lo vio jugar. “Verlo en una cancha fue muy emocionante y me llenó de orgullo”, recuerda.
Con el tiempo notó otros cambios. Su hijo empezó a socializar más con sus pares, a construir amistades y compañerismo, y a moverse con mayor autonomía. “Ha sido un aprendizaje constante acompañando y celebrando cada logro de mi hijo”, afirma.
Los sueños que no quedan afuera
Para Ignacio, la discapacidad no funciona como límite a la hora de imaginar el futuro. “Me gustaría que supieran que el tener una discapacidad no es una limitación para mí”, sostiene. Entre sus metas están conseguir un trabajo y formar una familia, dos objetivos que persigue con esfuerzo y con el acompañamiento de los suyos.
En el club también encontró el tercer tiempo, ese ritual del rugby que va más allá del resultado y que sirve para charlar, jugar y compartir. “Siento que encontré mi lugar”, resume.
Entre sus recuerdos más queridos están los primeros años de entrenamiento y los amigos de esa época, algunos de los cuales ya no están en el equipo pero con quienes mantiene el vínculo.
La inclusión, ¿excepción o rutina?
Bravo advierte que todavía hay obstáculos para que las personas con discapacidad accedan al deporte. El principal, dice, es el desconocimiento sobre lo que pueden hacer.
“Muchas veces se piensa que una persona con discapacidad no puede practicar determinados deportes, cuando en realidad lo que falta es generar espacios y darles la oportunidad”, sostiene.
El entrenador también destaca el rol de los clubes como espacios de encuentro comunitario: los entrenamientos, los partidos y los terceros tiempos permiten construir lazos y derribar prejuicios desde la experiencia compartida.
“No hace falta tener todo resuelto para empezar, sino tener ganas y compromiso. La inclusión no debería ser algo extraordinario, sino parte de la vida cotidiana de cualquier club”, asegura Bravo.
Marcela coincide en que el desafío excede la cancha. Para ella, las personas con discapacidad forman parte de la sociedad y tienen derecho a participar plenamente: estudiar, trabajar, hacer deporte y desarrollar sus proyectos de vida.
“Creo que en las diferencias está la riqueza de las personas y que todavía hay un largo camino por recorrer”, afirma.
Después de una década de entrenamientos y amistades, Ignacio tiene un mensaje para quienes todavía no se animaron a acercarse al deporte: “Les diría que se animen, que en Los Cuyis les abrimos los brazos para que formen parte de un grupo de chicos y profes maravillosos”.
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