Mendoza lo vivió desde la primera noche: la historia que 54 años después sigue estremeciendo
Mendoza fue escala obligada la noche previa al despegue, y hoy el Valle de las Lágrimas sigue recibiendo peregrinos. A 54 años del accidente que conmovió al mundo, una historia que el sur mendocino siente propia: lo que pasó esa madrugada en la cordillera y por qué todavía nos interpela.
Se cumplen 54 años del accidente aéreo que marcó para siempre a Malargüe y que se convirtió en una de las historias de supervivencia más impactantes del mundo. El 13 de octubre de 1972, el avión 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, que volaba hacia Santiago de Chile, se estrelló contra una montaña de la cordillera. Llevaba a bordo a cinco tripulantes y 40 pasajeros, entre ellos un equipo de rugby, familiares y amigos.
Mendoza, parte de la historia desde el comienzo
El relato también es mendocino. La nave había partido de Montevideo el 12 de octubre, pero un frente de tormenta sobre los Andes obligó a los viajeros a quedarse una noche en Mendoza, esperando que el clima mejorara. Al día siguiente despegaron hacia Chile. Un error de apreciación del copiloto, que creyó haber llegado a Curicó, desencadenó la tragedia.
Murieron 29 personas. Los 16 sobrevivientes resistieron 72 días sin alimento ni agua suficientes. En ese lapso, una avalancha el 29 de octubre se cobró la vida de ocho personas, y a fines de ese mes llegó la noticia de que la búsqueda se había suspendido y los daban por muertos. Para subsistir, tomaron la durísima decisión de alimentarse de los cuerpos de sus compañeros fallecidos.
La expedición que torció el destino
El 12 de diciembre, Nando Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintín partieron en busca de ayuda. Parrado y Canessa siguieron adelante y, tras diez días de caminata, aparecieron cerca del valle de Los Maitenes, del lado chileno. Allí los vio el arriero Sergio Catalán, que cabalgó hasta el río Tinguiririca y dio aviso a personal de Vialidad. El 23 de diciembre, 72 días después del accidente, los sobrevivientes fueron rescatados.
Una memoria que no deja de crecer
La historia volvió al centro de la escena con la película La sociedad de la nieve, de J. A. Bayona, basada en el libro del uruguayo Pablo Vierci, compañero de colegio de sobrevivientes y fallecidos. A partir de entonces, y según lo reflejó el portal Memo en enero de 2024, se multiplicaron los grupos de fanáticos en Facebook que reúnen y comparten material histórico sobre el accidente.
Uno de esos espacios es “Re viven”, que alude a una de las primeras películas sobre el tema, Viven!. Otro es “Andy Andes”. En ellos circulan recortes de prensa de la época, tapas de diarios de 1972 aportadas por los propios integrantes y notas sobre el homenaje a la patrulla que rescató a los jóvenes. También se comparten videos, como uno del equipo de rugby Old Christians, y piezas que ayudan a reconstruir la historia, como una carta del entonces presidente chileno Salvador Allende. En ella destacaba el papel crucial de los arrieros Juan Farfán, Sergio Catalán y Pedro Cerda, que auxiliaron a los sobrevivientes.
Un integrante del grupo aportó además una historia lateral, la de dos jóvenes, Regules y Jaugust, que no estuvieron en el vuelo accidentado.
El mapa de 1956 que ayudó en la búsqueda
Uno de los documentos más llamativos es un mapa que comparte un miembro de “Andy Andes”. Se trata de una carta del profesor de Glaciología de la Universidad de Chile Louis Lliboutry, publicada en 1956 en el libro Nieves y Glaciares de Chile. Según relata quien lo aportó, ejemplares de esa obra se usaron durante la búsqueda: el artista Carlos Páez Vilaró compró uno en Santiago para ayudar a encontrar a su hijo Carlitos, uno de los sobrevivientes.
Sobre ese mapa, el usuario marcó tres recorridos: en azul, la trayectoria del Fairchild; en rojo, la ruta de Parrado y Canessa; y en naranja, la cabalgata de Catalán desde Los Maitenes hasta el río Tinguiririca. Ese 21 de diciembre de 1972, el arriero se encontró con personal de Vialidad, que lo llevó en camión hasta el retén de Carabineros de Puente Negro, donde dio aviso del hallazgo de los dos uruguayos.
Un lugar de peregrinación en Malargüe
El sitio del accidente, en el Valle de las Lágrimas, sigue siendo hoy un lugar de peregrinación. En 2022, un grupo de expedicionarios viajó hasta el lugar donde yacen los restos del avión para homenajear a los sobrevivientes, en el marco de una iniciativa de la Dirección de Turismo de Malargüe. Para el departamento del sur mendocino, la Tragedia de los Andes es también un capítulo de su propia identidad.
A más de medio siglo, la historia que comenzó con una tormenta y un error de navegación se mantiene como símbolo de solidaridad, de coraje y del vínculo entre dos países y una cordillera.
El libro detrás de «La sociedad de la nieve»
Escritor, periodista y guionista, Pablo Vierci nació en Montevideo el 7 de julio de 1950. A lo largo de su carrera ha escrito guiones tanto para documentales como para largometrajes. También ha participado como panelista en programas como Debate abierto de Canal 10.
Vierci fue compañero de colegio de los sobrevivientes y de muchos de los que murieron, y recrea a través de sus voces el mundo del que provenían, los momentos previos al accidente, la experiencia en la montaña, la decisión de alimentarse de los cuerpos de sus compañeros, la expedición en busca de ayuda, los días posteriores al rescate y la vida que siguió a la tragedia. Trascendiendo la anécdota, su texto compone un mosaico grandioso sobre el que se proyectan dieciséis cordilleras, así como las historias truncas de los que no volvieron.
Tras medio siglo madurando y aprendiendo las lecciones detrás de la tragedia y la adversidad que vivieron, en un escenario desmesurado y solitario, perdidos en medio de la nada, abandonados por el mundo, quienes sobrevivieron lograron crear una sociedad diferente a todas las conocidas, marcada por un pacto de entrega mutua.
Marzo de 2006: volver a la montaña
Subir hasta el glaciar en el Valle de las Lágrimas en marzo de 2006, donde está sepultado el fuselaje del F571 que cayó en 1972 en la falda de las sierras de San Hilario, entre los volcanes Tinguiririca y Sosneado, es una experiencia temeraria.
Requiere un largo recorrido, con un ascenso lento de dos días a caballo por senderos improvisados por cabras o caballos, de menos de medio metro de ancho, con el precipicio al costado, en una cordillera que cambia de continuo los paisajes y las alturas, pero donde siempre está el vértigo del riesgo inminente. Se avanza lentamente, paso a paso, ya sea en la montaña o cuando se atraviesan los torrentes de agua impetuosa y helada que bajan de la cordillera y arrastran todo a su paso. Incluso parecen querer llevarse a los caballos y a las mulas, que se tambalean pero no caen, afirmando los cascos entre los cantos rodados del fondo antes de dar el paso siguiente. Algunos jinetes avanzan con los ojos vendados para evitar el susto confiando en el instinto de los animales.
Cada tanto surge una imagen o un imprevisto que estremece. Tormentas de viento y nieve irrumpen súbitamente. Una mula se desbarranca varios metros, pataleando en una polvareda que no permite observar el desenlace, hasta que logra afirmar los cascos en una saliente de la pendiente, con el jinete encogido y aferrado a las crines. Un caballo tropieza, apoya una rodilla en el sendero y queda con las patas traseras haciendo equilibrio en el aire, sobre el precipicio. Una mula de carga se asusta con la ventolera y se desboca entre las rocas, galopando montaña abajo y arrojando los bultos por el camino, mientras un baqueano la persigue a galope tendido. Los códigos están cambiando; el vértigo se asimila al paisaje. El grupo está llegando a la prehistoria.
Cuando dos días después se arriba al Valle de las Lágrimas, a casi cuatro mil metros de altura, en el centro mismo de la cordillera de los Andes, en la frontera entre Chile y Argentina, el panorama es grandioso y aterrador. Parece un anfiteatro monumental: al centro, sobre un promontorio de rocas, hay una cruz de hierro, donde están enterrados los restos de los muertos del accidente. Al sur se divisa una interminable sucesión de montañas y picos que llegan hasta el Cabo de Hornos, al final del continente. Al norte, con un paisaje similar, se extiende hasta Panamá, desplegando sus 7.240 kilómetros de extensión y conformando un macizo montañoso más largo que el Himalaya; al oeste la vista se estrella contra una pared de rocas y hielo de 5.180 metros de altura, las sierras de San Hilario, tan imponente que impide siquiera imaginarse el horizonte. Hacia atrás, al este, se regresa a la Argentina, por donde llegó el grupo a caballo. Los interminables picos nevados terminan, en la lejanía neblinosa del este, en el más alto de todos: el volcán Sosneado, de seis mil metros de altura. En medio de ese paisaje de fin del mundo, reina un silencio inorgánico, sacudido de cuando en cuando por la violencia del viento y el crujido del glaciar.
Es necesario abandonar los caballos, que deben bajar mil metros antes de que el sol se esconda entre las montañas para no morir congelados. Luego el grupo debe caminar otros ochocientos metros al oeste de la cruz de hierro hasta el lugar exacto donde está enterrado el fuselaje del Fairchild, en medio del glaciar. Falta el oxígeno, cada paso exige un esfuerzo superior al anterior. Náuseas, confusión y jaqueca, el mal de altura comienza a insinuarse entre los menos habituados a la alta montaña.
En el grupo vienen cuatro sobrevivientes del accidente de 1972: Roberto Canessa, Gustavo Zerbino, Adolfo Strauch y Ramón «Moncho» Sabella. Además los acompaña Juan Pedro Nicola, cuyos padres fallecieron en el accidente. Como todos en el grupo, viene con su hijo, para que conozca la tumba donde descansan los restos de los abuelos y de los otros que nunca regresaron. El hijo observa a su padre que está absorto, con la vista perdida en las cinco agujas de piedra donde se estrelló el avión.
Cuando el glaciar está próximo, y la pared de nieve de las sierras de San Hilario aumenta sus dimensiones, los integrantes del grupo deben encordarse unos con otros y colocarse crampones en las suelas de las botas antes de continuar el ascenso. El glaciar, con el fuselaje en el centro, está ahí nomás, atravesado de lado a lado por grietas de veinte y treinta metros de profundidad, disimuladas por delgadas capas de hielo. Tres andinistas profesionales van adelante, probando el terreno con picos y bastones. Unos metros detrás vienen los cuatro sobrevivientes.
El paisaje que vio Gustavo Zerbino el 13 de octubre de 1972, a las 15:35, instantes después del accidente, cuando el fuselaje destartalado se detuvo en medio del glaciar, después de deslizarse a velocidad arrebatada, zigzagueante, sorteando conjuntos rocosos que asoman sobre la ladera de nieve, ha cambiado poco en estos treinta y cuatro años. Lo primero que él vio, al sur, fueron las abruptas pendientes cubiertas de nieve y coronadas en la cima por las puntas de piedra que instantes antes observaba Juan Pedro Nicola. Las más elevadas son las de los extremos, contra una de ellas pegó el ala izquierda del avión, y contra las del medio su vientre, cuando se desplazaba con los motores rugiendo al máximo, en un intento desesperado por esquivar una colisión que a esa altura, perdido el rumbo por completo, resultaba inevitable. Hacia el oeste, la pared de rocas cubiertas de nieve, observada desde el lugar del fuselaje, parece incrustada en posición vertical, humanamente inalcanzable, salvo que se intente una hazaña más allá de toda lógica, o a menos que se esté viviendo en una sociedad desconocida. El 13 de octubre de 1972, a las 15:37, Gustavo Zerbino, con diecinueve años, perteneciente al grupo de los menores, experimentaba lo mismo que ahora. Le faltaba el aire, no tenía fuerzas, lo acosaba la jaqueca y estaba muy confundido. Ha resultado ileso y debe ayudar a su amigo Roberto Canessa, con la misma edad, a salir de la trampa donde está inmovilizado, debajo de dos asientos arrancados de cuajo que lo han atrapado entre hierros filosos y en punta. De inmediato, entre los dos, empiezan a retirar los asientos que aprisionan a los heridos y a los que están enteros. Para mover algunos cadáveres que están entreverados en los hierros retorcidos y los destrozos del fuselaje, deben atarlos de los pies, con los cinturones de seguridad, y arrastrarlos entre cuatro hasta la nieve, para colocarlos boca abajo, allí nomás, a tres metros del desastre.
Gustavo arremete con decisión para ayudar en lo que puede. No hay tiempo para pensar, sólo para colaborar con Roberto, que mientras cura a un herido, le toma el pulso a un moribundo, instantes antes de hacer un torniquete de urgencia para evitar que se desangre Fernando Vázquez, a quien la hélice del ala derecha que salió disparada y embistió contra el aparato le cercenó una pierna. Luego le endereza la tibia rota a Álvaro Mangino, la coloca en su lugar y lo aparta del camino: ya está atendido. Ahora le toca el turno al siguiente, un compañero que está acurrucado entre los hierros, temblando, con una herida en el estómago. De pronto se incorpora para mostrarle a Gustavo el tubo de metal que tiene clavado en las entrañas.
—No me duele, sólo tengo frío —le dice Enrique Platero.
Hoy está todo intacto. Como si el tiempo se hubiera congelado. No hay herrumbre en los restos del avión desperdigados por el lugar. El ala izquierda, partida a la mitad en el lugar exacto donde estaba la hélice, luce con nitidez las inscripciones de antaño, el lugar de fabricación, la fecha, indicaciones técnicas. El cielo se encapota de repente y el grupo resuelve desandar los ochocientos metros hasta el promontorio de piedras donde está la cruz de hierro, a cuyo lado se han montado dos carpas de alta montaña.
Nubes oscuras avanzan amenazantes presagiando viento y tormentas de nieve, que sacuden las carpas como si fuera a arrancarlas de cuajo. Adolfo Strauch, que en 1972 pertenecía al grupo de los mayores, con veinticuatro años, anuncia la inminencia de una avalancha. Observa con atención y luego de su advertencia le señala a su hija, Alejandra, cómo se produce un gigantesco desprendimiento de nieve acumulada en la gran pared del oeste, que deja a su paso un estruendo y una estela de vapor. Pero ahora están a salvo, a ochocientos metros de donde estaban los restos del avión en el 72.
De pie, junto a la cruz de hierro, con el brazo sobre el hombro de Roberto Canessa, Gustavo Zerbino vibra como si estuviera en un presente continuado. La noche anterior, en el campamento-base El Barroso, en una carpa de alta montaña que compartió con uno de sus hijos, a mitad de camino rumbo al Valle de las Lágrimas, no consiguió dormir, acosado por náuseas y pesadillas. Cuando amanece, monta su caballo y asciende en silencio, internándose en el tiempo. Cuando llega a precisar el Valle de las Lágrimas, ya está a bordo del F571. Su relato, ahora, se ahoga con suspiros, se quebranta con recuerdos tan vívidos que llega a experimentar que da un paso hacia atrás, como hizo en 1972, para salir de los restos espectrales del avión partido.
En el instante en que el avión golpeaba contra la aguja de piedra, a las 15:30, tras un pozo de aire interminable, inconscientemente se quitó el cinturón de seguridad y se puso de pie en el pasillo, tomando con todas sus fuerzas los soportes metálicos que separaban los valijeros, para no volar con el golpe. Sintió el impacto, luego los chiflones de viento helado y nieve que le castigaban la cabeza, la espalda y las piernas, y contó los segundos interminables que demoró el cono partido del avión patinando sobre el hielo, hasta detenerse abruptamente, aplastando asientos y gente contra el compartimiento del equipaje y de los pilotos.
Roberto Canessa siente el impacto del ala contra las rocas y se toma con todas sus fuerzas del asiento de adelante. Impetuosamente le vienen a la mente imágenes sueltas, confusas, que lo llevan a un único desenlace: está protagonizando un accidente aéreo en la cordillera de los Andes. De un segundo a otro se estrellará contra la montaña y conocerá lo que se esconde del otro lado de la vida.

