157 muertes en un año y una tasa que subió a 11,8: el informe de Misiones revela qué grupo etario concentra la mayor cantidad de casos y por qué los especialistas insisten en una pregunta que muchos evitan hacer.
Los números del último boletín de salud pública de Misiones marcan un salto: 157 personas murieron por suicidio en 2025, 28 más que el año anterior. Detrás de cada cifra hay una historia, una red de afectos y una pregunta que la provincia busca responder con prevención.
La tasa de mortalidad trepó a 11,8 por cada 100 mil habitantes, por encima de los valores de 2024 (9,8) y 2023 (10,1). El 83,4% de los fallecimientos correspondió a varones: 131 hombres se quitaron la vida en ese período, según el informe oficial.
Natalia Falcone, coordinadora de la Comisión para el Abordaje Integral del Suicidio de Misiones (Cais), advierte que la problemática no entiende de edades ni de condiciones sociales. “El sufrimiento psíquico no tiene edad, y la prevención tampoco puede tenerla”, sostiene.
Un drama que impacta a toda la comunidad
El suicidio no es solo un hecho privado. Se estima que cada muerte afecta profundamente a más de 130 personas del entorno: familiares, amigos, compañeros de estudio o de trabajo. Ese impacto multiplica el riesgo de duelos prolongados y de trauma comunitario.
Falcone explica que la conducta suicida suele aparecer como una respuesta frente a un dolor que la persona vive como insoportable y sin fin. “Para quien lo está atravesando tiene una lógica, aunque desde afuera no la veamos. En plena crisis, la persona suele tener una dificultad transitoria para encontrar otras salidas o imaginar que las cosas pueden mejorar. Queda atrapada en una gran desesperanza”, describe.
Los grupos etarios más golpeados
El boletín de Mortalidad General por Causas Seleccionadas revela que cuatro de las personas fallecidas tenían entre 10 y 14 años. Los grupos con más casos fueron los de 20 a 24 años (22 muertes), 30 a 34 (20), 25 a 29 (18) y 15 a 19 (15). También se registraron 20 decesos de adultos mayores de 60 años en adelante, incluyendo personas de más de 75.
“Solemos asociar el suicidio con adolescentes y jóvenes, y es cierto que es una población que nos preocupa mucho. Pero cuando miramos los datos aparecen también personas mayores, incluso de más de 75 años. De hecho, a nivel mundial, las personas mayores están entre los grupos con tasas más altas”, señala la profesional.
En esa etapa de la vida pesan la soledad, la pérdida de la pareja o de amigos, la jubilación y el cambio de rol, las enfermedades crónicas, el dolor físico y la pérdida de autonomía. Muchas veces aparece la sensación de ser una carga para la familia. Además, el malestar suele pasar desapercibido: se tiende a pensar que la tristeza o el aislamiento son “cosas de la edad”. Y en los mayores los intentos suelen ser más graves, con menos margen para llegar a tiempo.
El iceberg: lo que no se ve
Para entender la dimensión del problema, Falcone propone una imagen: la del iceberg. La muerte por suicidio es solo la punta visible. Por debajo, por cada muerte hay entre 30 y 40 intentos, cientos de personas con pensamientos de quitarse la vida y miles atravesando un malestar psicológico intenso.
“Hay mucho sufrimiento que no se ve y es ahí donde tenemos que poner la mirada”, insiste. Y derriba un mito instalado: preguntar no induce la idea. “Preguntarle a alguien de manera directa ‘¿estás pensando en matarte?’ no le pone esa idea en la cabeza ni aumenta el riesgo. Al contrario, suele ser un alivio para la persona, porque siente que puede hablar sin ser juzgada. Es la herramienta más efectiva para detectar el riesgo a tiempo y, muchas veces, para salvar vidas”.
El suicidio es prevenible, aunque no se puede predecir con exactitud. No existe un test que determine quién va a intentarlo. Por eso la evaluación debe ser continua y centrada en el aquí y ahora: cómo se siente hoy la persona, qué situaciones atraviesa, con qué apoyos cuenta.
Los prejuicios que frenan el pedido de ayuda
Persisten barreras culturales e institucionales. El tabú del “de eso no se habla”, el miedo al juicio, la vergüenza y la culpa llevan a muchas personas a ocultar su malestar. En las familias y comunidades también se evita reconocer lo que pasa o se minimizan los pedidos de ayuda.
Frases como “solo quiere llamar la atención” o “está manipulando” invalidan el sufrimiento y generan enojo o rechazo, aislando aún más a la persona. Lo mismo ocurre con la idea de que “el que lo dice no lo hace”, que es falsa y hace perder oportunidades de intervención.
También pesan los mandatos de género: la creencia de que “los varones no piden ayuda” o no pueden mostrarse vulnerables castiga la expresión de las emociones y la búsqueda de apoyo. Y dentro del sistema de salud hay obstáculos: profesionales que evitan el tema por falta de capacitación o miedo a consecuencias legales, el temor a la internación involuntaria, turnos lejanos y circuitos largos que desalientan a quien llega con poca energía.
La discriminación que sufren adolescentes LGBTQ+, personas trans o no binarias y otros grupos marginados agrava la vulnerabilidad y les cierra el acceso a espacios seguros donde ser escuchados.
Cómo ayudar y pedir ayuda
A quien está atravesando un momento difícil, Falcone le dice que no tiene que pasar por esto solo. Hablar con alguien de confianza, un familiar, un amigo, un docente o un compañero ya es un primer paso enorme. También puede acercarse a un centro de salud, consultar con un profesional de salud mental o, si siente que está en riesgo, ir a una guardia o llamar a una línea de ayuda. “Pedir ayuda no es un signo de debilidad. Ese dolor que hoy parece interminable puede cambiar”, afirma.
Quienes rodean a la persona tienen un rol clave. Lo primero es escuchar sin juzgar, con empatía, evitando frases como “no es para tanto” o “tenés que ponerle onda”. Lo segundo es animarse a preguntar de forma directa. Y también cuidar el entorno: retirar o limitar el acceso a medicamentos en grandes cantidades, armas o sustancias tóxicas. “Es una medida sencilla y salva vidas”, subraya.
Cuando la persona ya está en tratamiento, la familia puede sumarse al Plan de Seguridad, una guía que se arma con el profesional sobre qué hacer y a quién recurrir en una crisis. En el caso de adolescentes, la participación familiar es obligatoria. Acompañar significa ir a las consultas, ayudar con los turnos y los trámites, sostener para que no abandone. “Alguien que está muy desesperanzado puede bajar los brazos ante el primer obstáculo, y ahí la red de apoyo hace la diferencia”, cierra Falcone.
Si vos o alguien que conocés está pasando por una situación relacionada al suicidio, pedí ayuda. Podés acercarte al servicio de salud más cercano y manifestar que es una situación de riesgo. También comunicarte por WhatsApp al 3764-518800 (Centro de Atención Virtual en Salud Mental) o llamar a la Línea de Atención en Crisis del IPS al 3765-481000, disponible las 24 horas. Ante cualquier emergencia, llamá al 911.