Murciélago en la sacristía: El cura condenado por la Iglesia que murió sin pisar la cárcel

Murió a los 93 años el ex sacerdote cordobés condenado por la Iglesia por abusos a menores. ¿Por qué la Justicia nunca lo investigó y murió en libertad? La impactante historia de las víctimas que sí lograron un veredicto.

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Murciélago en la sacristía: El cura condenado por la Iglesia que murió sin pisar la cárcel

La muerte del ex sacerdote Héctor Pinamonti, a los 93 años, reabre una herida profunda en Córdoba. Encontrado culpable por la propia Iglesia Católica de múltiples abusos sexuales a menores durante décadas, su fallecimiento ocurre sin que la Justicia civil haya podido llevarlo ante los tribunales, debido a la prescripción de los delitos.

Una muerte anunciada en redes sociales

La noticia de su deceso, ocurrida el sábado por la tarde en la zona sur de Córdoba, fue confirmada por medios locales y dada a conocer primero por una de sus víctimas. María Betiana Malatini publicó en sus redes: “Hoy murió el sacerdote que abusó de mí cuando era niña”. El ex religioso fue sepultado este domingo.

Pinamonti había sido separado del ministerio público en 2021, luego de una extensa investigación canónica. El obispo Adolfo Uriona, de la Diócesis de Río Cuarto, lo declaró culpable y le aplicó la pena de “prohibición total de ejercer el ministerio sagrado en público por tiempo indeterminado”.

La primera denuncia que destapó todo

Todo comenzó con la valentía de Malatini, quien denunció abusos ocurridos cuando tenía sólo 11 años, en la casa parroquial de San Basilio, departamento Río Cuarto. Su caso, que abarcó hechos entre 1995 y 1999, impulsó la investigación eclesiástica.

Una vez hecho público el caso, otras mujeres encontraron la fuerza para hablar. Los testimonios se remontaron hasta los primeros años de Pinamonti como sacerdote. Una mujer, hoy de 58 años, sostuvo haber sido violada por él cuando era menor. Otra joven relató un ataque ocurrido cuando tenía 8 años, en la parroquia de General Deheza.

“Me obligó a realizarle sexo oral, mientras él me manoseó por completo por varios minutos. Fue previo a la misa en una especie de depósito que estaba detrás el altar”, declaró esta última víctima. Estos nuevos testimonios llevaron a la sanción definitiva de la Iglesia.

La Justicia civil, una barrera infranqueable

A pesar del veredicto eclesiástico y de la multiplicidad de denuncias que abarcaron más de 30 años de abusos, Pinamonti nunca enfrentó un proceso penal. Todas las causas en su contra estaban prescriptas, lo que imposibilitó cualquier acción judicial en su contra. Murió, por lo tanto, sin ser investigado por la Justicia ordinaria.

Este caso evoca el polémico fallo de la Corte Suprema en la causa del sacerdote Justo José Ilarraz, a quien sobreseyó el año pasado por prescripción, a pesar de haber estado condenado a 25 años. El máximo tribunal consideró que los delitos, calificados como “aberrantes”, habían prescripto siete años antes de las denuncias.

El mensaje de la víctima que rompió el silencio

María Betiana Malatini, la primera en denunciarlo, reflexionó sobre su muerte con un contundente mensaje. “Durante años tuvo prestigio, respeto y poder. Hasta que hablé. Fue denunciado. Fue juzgado. Fue condenado”, escribió.

Y agregó, con un simbolismo potente: “Murió un 8 de marzo, el día en que las mujeres recordamos que nuestra voz también hace justicia”. Su palabras resumen la lucha de quienes buscaron verdad y reparación frente a un sistema que, en este caso, no pudo impartir condena penal alguna.

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