Nadie quería comprarle más: la decisión que lo llevó a crear una marca registrada en Comodoro
José "Pepe" Vidal vendía carne a dos hermanos que hacían chorizos, hasta que un día dejaron de comprarle. Lo que hizo después lo convirtió en dueño de una marca registrada de Comodoro.
José "Pepe" Vidal tenía 7 u 8 años cuando llegó desde Chiloé a Comodoro Rivadavia. Hoy, a los 81, mira atrás y no puede creer lo que construyó: Gamar, la fábrica de chorizos que se convirtió en una marca registrada de la ciudad y que ahora está en plena expansión.
La historia de Gamar no empezó con un plan de negocios, sino con una negativa. José vendía carne junto al empresario Visser a dos hermanos que fabricaban chorizos en el barrio Las Flores. Todas las semanas les llevaban mercadería, hasta que un día dejaron de comprar. Fue entonces cuando Visser le tiró la propuesta que cambiaría todo: "¿Y si hacemos chorizos nosotros?".
De la Isla a la Patagonia
Nacido en Dalcahue, a 152 kilómetros de Puerto Montt, José recuerda una infancia dura en el campo chileno. "Tenía unos 7 u 8 años cuando vine. En realidad, me trajeron", cuenta con una sonrisa. Su papá ya estaba trabajando en la esquila en Argentina, y su mamá lo trajo a él. El Pietrobelli fue su escuela y su salón de juegos, el lugar donde aprendió a rebuscárselas.
Antes de ser el dueño de Gamar, hizo de todo. Fue ayudante de albañil —"me quedaban las manos en la miseria", recuerda—, vendió frutas con un canasto por el Rincón del Diablo, repartió pan a caballo con sus tíos Cárcamo y hasta distribuyó el vino Peumayén. "En cada casa donde iba te convidaban café o mate; nadie te robaba nada", evoca aquellos tiempos.
A los 16 años ganó un concurso de ventas y su jefe lo llevó a conocer una fábrica en Bahía Blanca. El viaje, que hoy tomaría horas, entonces demandaba dos o tres días por un camino de tierra interminable. Ese viaje le mostró que vender podía ser un oficio.
El negocio de la carne
La primera vez que José tuvo contacto con el rubro de la carne fue en el pequeño negocio que su mamá tenía en Saavedra 1353. La llegada de una sierra carnicera lo cambió todo: empezó a buscar carne en el matadero de la calle Francia, y los vecinos del barrio le encargaban capones y cortes de vaca. Así, de a poco, se fue armando una clientela.
En el 66, con 23 años, se casó con la madre de sus tres hijos: Mariela, Gabriel y Ezequiel. Poco después llegó el momento bisagra: le vendió 50 corderos a Escribano, uno de los supermercados más grandes de la época. "Esa noche no dormí, a ver si le podía vender", admite. La operación salió y le abrió las puertas a un volumen de ventas que nunca había imaginado.
El secreto de Gamar
Cuando los hermanos González vendieron el local de la calle Tacuarí, Visser animó a José a comprarlo. Para eso vendió un departamento que había adquirido en Mar del Plata. "A mi señora le dije que en un tiempo íbamos a recuperar el departamento, pero nunca más lo recuperamos", confiesa entre risas. El local era la mitad de lo que es hoy: tenía cocina, vestuario y un patio que hacía de depósito.
El despegue definitivo llegó de la mano de La Anónima. Un técnico químico llamado Pilato lo ayudó con la habilitación y lo recomendó para entrar al supermercado. "Era muy difícil entrar", recuerda José. Hicieron una degustación: cocinaban chorizo y lo repartían con escarbadientes a los clientes. Así empezaron a hacerse conocidos. "Pusimos un letrero: Gamar", dice.
Hoy la empresa tiene 15 empleados y es familiar. Sus tres hijos trabajan con él y le dieron otra impronta al negocio. Hace tres años comenzaron a construir una nueva planta elaboradora en el barrio Industrial, que les permitirá aumentar la producción. "Todavía no tenemos servicios y estamos en eso", aclara José. "Va a ser un orgullo para nosotros cuando lo terminemos, pero creo que para la ciudad también, porque lo construimos con esfuerzo nuestro nomás".
¿Cuál es el secreto? Además de la administración prolija y el cuidado del cliente, José lo tiene claro: "La gente le encontró el sabor justo". Y agrega: "Todo lo que aprendí lo aprendí en la calle, recorriendo los barrios cuando repartía carne y hablaba mucho con la gente".
"Nunca pensé que íbamos a llegar a esto", admite el hombre que a los 81 años sigue yendo a la oficina. "Siempre fui llevando una trayectoria sana y honesta. Pero si alguien me hubiese dicho años atrás: 'vos vas a llegar a tener una empresa', no le hubiese creído".