Neuquén: la esquina más dulce de la ciudad bajó las persianas y hay un detalle que nadie esperaba

La esquina de Salta y Juan B. Justo ya no huele a pan recién hecho, pero los Domene no se van: lo que van a levantar en ese mismo lugar toca de cerca a todos los que alguna vez hicieron cola ahí.

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Neuquén: la esquina más dulce de la ciudad bajó las persianas y hay un detalle que nadie esperaba
Neuquén: la esquina más dulce de la ciudad bajó las persianas y hay un detalle que nadie esperaba

La panadería Cruz del Sur apagó sus hornos después de 57 años en la esquina de Salta y Juan B. Justo, en pleno centro de Neuquén capital. Pero para la familia Domene no es una despedida: es una reconversión con un homenaje adentro.

La historia arranca en mayo de 1958, cuando Antonio y María Dolores Domene llegaron desde Alcontar, España, con sus cuatro hijos. Un paisano andaluz ya afincado en Neuquén les había asegurado que "esta tierra prometía". Sin más equipaje que la valentía, se animaron a probar suerte en el sur.

En España ya tenían un molino donde producían harina, y ahí había nacido el vínculo con el oficio de panadero. "En España ya tenían un molino donde producían harina, ahí fue donde empezó la relación con el oficio de panaderos", recordó Rodrigo Domene, nieto del fundador, en diálogo con LM Neuquén.

El primer horno y el susto de los vecinos

Fue en 1969 cuando adquirieron la esquina de Salta y Juan B. Justo y abrieron su propia panadería. En la madrugada fría de un 31 de agosto encendieron los hornos a leña para cocer el pan que despacharían a la clientela. "Salió tanto humo que los vecinos se asustaron y pensaron que era un incendio", recordó Rodrigo con una sonrisa.

No hubo bomberos, pero sí cientos de facturas que la familia repartió entre los vecinos del barrio para celebrar. Desde entonces el negocio marchó con altos y bajos. Antonio padre llevaba el local y su hijo, también llamado Antonio, lo ayudaba solo cuando le daban vacaciones en las usinas de CALF.

"Al principio, mi papá sólo iba al local cuando tenía vacaciones, pero después de 9 años de trabajo, salió de las usinas y se metió de lleno en la panadería", explicó Rodrigo, el único hijo de Antonio, que hoy encabeza la transformación de esa esquina histórica.

De 4 a 20 bolsas de harina por día

Antonio hijo era un hombre pragmático. Prefería levantarse a las cuatro de la mañana para amasar antes que lidiar con la administración. Pero fue él quien, a pura audacia e intuición, posicionó a Cruz del Sur entre las mejores panaderías de la capital.

Cuando supo que continuaría el legado familiar, viajó a España y pasó tres años aprendiendo técnicas y recetas que todavía no habían cruzado el Atlántico. Recién entonces regresó a Neuquén para tomar las riendas del negocio.

"Mi papá se convirtió en el jefe de la familia y ahí el negocio también empezó a crecer. Pasó de producir 3 o 4 bolsas de harina por día a sacar 20 bolsas diarias, llegó a tener 32 empleados y hasta tuvo que duplicar las cajas por las colas tan largas que se armaban en el local", repasó su hijo.

Las galletitas de anís o de coco, los piononos que nadie pudo imitar, las masas secas en forma de medialuna, los cuernitos de grasa y las facturas se volvieron parte de los encuentros de los neuquinos. Antonio acumulaba una biblioteca enorme de libros de panadería y desafiaba las recetas para sostener sus estándares. "Siempre me decía que agregaba todo el salvado posible al pan, antes de llegar al límite que le impide leudar", señaló Rodrigo.

Alrededor de la panadería se formó una comunidad. Antonio y su esposa fidelizaban a los clientes con sorteos de viajes en cada aniversario, y los empleados forjaron un vínculo tan fuerte que aún hoy, cuatro años después de la muerte del panadero, siguen saludando a Rodrigo con recuerdos de aquellas jornadas. "Todos los que trabajaron con él decían que era el mejor jefe que se podía tener", contó su hijo.

El horno solo se apagaba dos días al año: el 1 de enero y el 1 de mayo, cuando los empleados celebraban el Día del Trabajador. En un aniversario de Neuquén, los militares le encargaron 25 mil facturas. "Él les respondió que para eso tenía que empezar con cinco días de anticipación y era imposible que se conservaran tanto tiempo como recién hechas", recordó Rodrigo. "Les recomendó encargar baybiscuits y así empezó el trabajo, fueron cinco días sin dormir, el horno nunca se apagó", agregó. "Cuando llegó el día de la entrega, el jefe del batallón le preguntó si no tenía nada más para venderle porque las otras panaderías no habían llegado a cumplir los pedidos. Mi papá había producido tanto que pudo completar la cantidad que necesitaban".

Antonio también se animó a emprender con una pizzería, Gran Prix, en la Avenida Argentina. Incluso después de vender el fondo de comercio, siguió activo en la cocina con Rodrigo haciendo pan casero, prepizzas y unos scones que persisten en la memoria gustativa de su hijo.

La esquina que seguirá siendo de los Domene

Rodrigo no se inclinó por el oficio de panadero, pero heredó la pujanza. Con su esposa Bárbara Padilla creó un emprendimiento de pan y prepizzas integrales con semillas que les permitió solventar los estudios universitarios. Se recibieron juntos como martilleros públicos y fundaron Domene Padilla, una inmobiliaria que busca continuar el legado de aquellos migrantes españoles.

Después de varios años de alquilar la panadería, decidieron cerrar el local para instalar la inmobiliaria en esa esquina mítica. "Varios nos preguntaron por alquilarlo pero nunca fue una opción; siempre dijimos que en esa esquina tienen que estar los Domene", explicó Bárbara, que conoció a la familia primero como clienta de Cruz del Sur y después como pareja de Rodrigo.

El matrimonio ya comenzó las obras de restauración, en un clima de nostalgia que los atraviesa a ellos y a los clientes habituales. Aunque les duela desprenderse del icónico mural de la esquina o del mobiliario que todavía parece desprender el aroma de las exquisiteces de Antonio, quieren que el nuevo proyecto honre la memoria del maestro panadero. Lo hacen con una apuesta al futuro: seguir acompañando el crecimiento de Neuquén desde los bienes raíces y con su propia descendencia. Hace un año la familia creció con la llegada de su hijo, un nuevo Antonio Domene, que lleva el nombre —y quizás la pujanza— de un personaje histórico de la capital.

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