Ni jubilados ni inofensivos: el perfil de los presos +50 que crece en las cárceles argentinas

¿Son todos delincuentes tardíos o hay otra historia detrás de los presos +50? Las cifras y los especialistas revelan una realidad más compleja de lo que parece.

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Ni jubilados ni inofensivos: el perfil de los presos +50 que crece en las cárceles argentinas
Ni jubilados ni inofensivos: el perfil de los presos +50 que crece en las cárceles argentinas

Las estadísticas penitenciarias revelan un incremento sostenido de internos mayores de 50 años en las cárceles del país, pero los especialistas advierten que detrás de esa cifra se esconden realidades muy distintas. No todos empezaron a delinquir tarde: muchos envejecieron presos o nunca dejaron el delito.

En las cárceles federales, los presos mayores de 50 años pasaron de 1.537 en 2023 a 1.831 en 2026, un salto del 19,1 por ciento. Representan el 14 por ciento de los casi 12 mil internos del sistema federal. En la provincia de Buenos Aires, el Servicio Penitenciario Bonaerense sumó 2.733 nuevos internos mayores de 50 años entre 2025 y 2026, sobre una población total de 66.500 detenidos. Ya en 2024, el 13 por ciento de los 55 mil presos bonaerenses superaba los 45 años.

En La Plata, de los 10.221 detenidos en unidades penales y alcaidías, 437 tienen más de 50 años y 829 son reincidentes.

¿Más delincuentes tardíos o viejos conocidos?

El antropólogo y profesor de Criminología de la Universidad Nacional de La Plata, Fabián Quintero, pide no apresurarse: “La proporción de personas de mayor edad en las cárceles argentinas aumentó, pero ese dato no demuestra que exista una ola de personas que comienzan a delinquir después de los 50 años”. Explica que las estadísticas muestran quiénes están presos hoy, no a qué edad cometieron el delito ni cuándo empezaron su carrera criminal. “Un condenado de 65 años pudo haber cometido el delito a los 55; otro pudo haber caído preso antes de los 50 y envejecer tras las rejas”, resume.

Casos que alimentan la sensación

En junio, un intento de robo con boquete en una sucursal del Banco Provincia de Baradero dejó doce detenidos, tres de ellos mayores de 50 años. El presunto líder, Carlos Maidana, un ex policía federal de 59 años, acumulaba antecedentes por piratería del asfalto, extorsión y falsificación de documentos durante un cuarto de siglo. Otro arrestado tenía 65 años y múltiples pasos por cárceles federales. Un investigador definió al grupo como “una ensalada de chorros viejos”.

Sin embargo, Quintero advierte que la rareza de estos episodios puede generar una falsa impresión: “Precisamente por su rareza relativa, algunos episodios de alto impacto pueden producir la impresión de que estamos frente a un fenómeno nuevo y generalizado”. Detrás de cada detención pueden esconderse carreras persistentes, reincidencias, cambios de modalidad o actividades recién descubiertas.

Antecedentes históricos

La historia policial argentina registra casos emblemáticos de delincuentes veteranos. Hace casi una década cayó la banda del “Viejo Locatelli”, detenido a los 78 años junto a otros nueve acusados de entraderas y asaltos de piratas del asfalto en el sur del Conurbano. También están Juan Adduca y Raúl Millozzi, considerados “los últimos de una especie de delincuentes supuestamente galantes”, especialistas en asaltar bancos y camiones blindados sin víctimas fatales. O Adolfo “El Narigón” Distacio, apodado junto a su novia como los Bonnie and Clyde por una saga de robos en La Plata a fines de los ‘80; hoy cumple condena en la Unidad 12 de Gorina hasta 2029.

Las causas según un ex investigador

Un experimentado investigador policial de la Región, hoy retirado, apunta a factores sociales y culturales: “El cambio del rango etario obedece al consumo masivo de estupefacientes y a generaciones que crecieron en familias inmersas en el delito, visitando a padres, tíos y abuelos en la cárcel. Los viejos ladrones tienen un romanticismo: siempre buscan el último gran golpe que los salve, pero como no están aggiornados, terminan detenidos”.

El capital delictivo de la experiencia

Quintero propone cambiar la pregunta: en lugar de indagar por qué alguien delinque a los 55, reconstruir su trayectoria. “Un período sin detenciones no demuestra un período sin actividad”, afirma. Durante esos años, el delincuente puede haber participado desde lugares menos visibles: aportando información, administrando dinero, consiguiendo documentación falsa o seleccionando objetivos. “La actividad continúa, pero disminuye la exposición física y policial”.

A medida que envejecen, muchos dejan el lugar más riesgoso pero conservan un activo clave: la experiencia. “Algunas capacidades físicas disminuyen, pero se acumulan contactos, conocimiento del territorio, acceso a policías corruptos y dominio de circuitos comerciales. Desarrollan un capital delictivo que no tienen los jóvenes”, detalla el antropólogo.

En conclusión, el envejecimiento de la población penitenciaria no refleja un fenómeno único. “Los datos permiten afirmar que la población penitenciaria argentina está envejeciendo, pero no que haya aparecido una ola homogénea de personas que comenzaron a delinquir después de los 50 años”, cierra Quintero. Detrás del crecimiento conviven carreras ininterrumpidas, reincidencias, delitos ocultos y, en menor medida, ingresos tardíos al delito. Comprender esa diversidad es el primer paso para interpretar un fenómeno que recién empieza a estudiarse con profundidad.

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