Ni pizarrón ni aulas: la ternera que se volvió la más habladora y la cabra que guía a toda la manada

¿Qué pasa cuando una ternera se vuelve la más habladora y una cabra se convierte en la guía de toda la manada? Tres estudiantes de Valle Fértil revelan cómo el vínculo con los animales transforma su educación y su vida.

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Ni pizarrón ni aulas: la ternera que se volvió la más habladora y la cabra que guía a toda la manada
Ni pizarrón ni aulas: la ternera que se volvió la más habladora y la cabra que guía a toda la manada

En la Escuela Agrotécnica Ejército Argentino de Valle Fértil, el aprendizaje trasciende los límites del aula. Entre corrales y bebederos, tres adolescentes descubren que la verdadera enseñanza se construye con paciencia, esfuerzo y un vínculo especial con los animales.

Adriel Lucero, Mía Fernández y María José Bravo, estudiantes de entre 15 y 16 años, son la prueba viviente de que la formación agropecuaria va mucho más allá de la teoría. Cada uno tiene bajo su responsabilidad un animal con el que ha forjado una relación única: Andrea, una ternera de cuatro meses; Ana Clara, una cabra de ocho años; y Campanita, una oveja recién llegada al establecimiento.

Detrás de cada uno de estos animales hay horas de trabajo, paseos, alimentación y entrenamiento. Pero lo que no se registra en ninguna planilla es el cariño que surge cuando se comparte tanto tiempo junto a un ser vivo, aprendiendo a interpretar sus comportamientos, sus necesidades y hasta sus estados de ánimo.

Andrea, la ternera que se convirtió en la “más habladora”

Adriel Lucero, de 16 años y estudiante de quinto año, asumió el desafío de preparar a Andrea para la exposición por el Día de la Enseñanza Agropecuaria. La semana pasada, ambos participaron por primera vez en una actividad abierta al público en la Escuela de Enología, y la ternera no pasó desapercibida.

Rodeada de gente, Andrea reaccionó con una serie de mugidos que la convirtieron, según su cuidador, en “la que está hablando más”. Pero llegar a ese momento no fue fácil. Al principio, la ternera no entendía las indicaciones y, con sus más de 100 kilos, dominarla requería mucha fuerza.

“Los primeros días que traté de manejarla, ella no entendía nada, entonces teníamos que tener mucha fuerza para poder dominarla hasta que entiende lo que le pedimos”, recuerda Adriel a Diario La Provincia SJ. Con el tiempo, la estrategia cambió: además de enseñarle, comenzaron a generar confianza. El joven la sacaba a pasear por la escuela para que se acostumbrara a otros espacios y personas.

Ese proceso forjó un vínculo que Adriel reconoce sin titubeos: “Hay que generar también confianza con el animal, que ellas confíen en las personas y nosotros confiar en ellos también”. Y confiesa que el apego es inevitable: “Sí, se genera también un apego”.

Para él, esta experiencia es una forma distinta de vivir la escuela. “Lo que vivimos en la escuela es amor y sacrificio, más que nada, porque de un día para el otro no se logra lo que estamos haciendo”, afirma. Los estudiantes deben presentarse aunque no haya clases, incluso con lluvia, viento o Zonda.

La escuela cuenta con nueve vacas de distintas razas, enfocadas en mejorar la calidad de los ejemplares para producción de carne. Una tarea que combina conocimiento, esfuerzo físico y una buena dosis de paciencia.

Ana Clara, la cabra madrina que guía a la manada

Mía Fernández, de 16 años y estudiante de cuarto año, encontró en el trabajo con animales una verdadera pasión. Su compañera es Ana Clara, una cabra de ocho años que lleva dos bajo su cuidado y que ocupa un lugar especial en el grupo: es la “cabra madrina”, la que guía al resto de la manada.

Al ser la más adulta, Mía aprendió a conocerla de una manera distinta. “Con ella no hace falta ni que la esté correteando, ella sabe que soy yo. Le hablo”, cuenta la joven, convencida de que la confianza es la base de toda relación entre humano y animal.

Esa filosofía es parte del ADN de la escuela: trabajar sin violencia, respetando los tiempos y espacios de los animales. “Para tener vínculo con un animal, hay que generarle un lugar de confianza y confort”, sostiene Mía, y eso se ve en los paseos diarios.

Lejos de verlo como una carga, Mía lo vive como una distracción. “Para mí es una distracción y aparte es algo que me gusta, es como un pasatiempo”, explica. Las jornadas pueden empezar a las 7:45 y extenderse hasta las 20, pero eso no la hace dudar: quiere estudiar Ingeniería Agronómica y Agropecuaria. Su familia la apoya: “Me dicen que mientras me guste, que lo haga, que no abandone, que si de verdad me gusta, que me esfuerce”.

Campanita, la nueva compañera de María José

María José Bravo, de 15 años, cursa cuarto año y tiene a su cargo a Campanita, una oveja de 63 kilos que llegó este año al colegio. A diferencia de otros animales, Campanita nunca había sido entrenada para salir a pasear, por lo que María José empezó de cero.

“Para empezar a sacar los primeros días, se porta muy bien, la verdad”, cuenta la joven. Campanita tiene una cronología dentaria de “boca llena”, lo que indica una edad de entre cuatro y cinco años, y es valorada por su rusticidad y calidad de carne.

Pero el vínculo se puso a prueba cuando Campanita enfermó hace unos días y dejó de entrenar. María José siguió de cerca su evolución, y ahora la oveja tiene un corderito en el Valle, atravesando una etapa de crianza. Para su cuidadora, eso también es parte de aprender a conocer al animal y entender que no todos los días son iguales.

Una escuela donde el vínculo también es aprendizaje

Las historias de Adriel, Mía y María José reflejan una faceta poco conocida de la educación agrotécnica: la que enseña a asumir responsabilidades concretas con otros seres vivos. Los animales requieren cuidados diarios, y eso transforma la manera de vivir la escuela.

Pero detrás de esa exigencia está la recompensa: el vínculo que se construye. Adriel lo encontró con Andrea, Mía con Ana Clara, y María José recién comienza con Campanita. Son historias pequeñas dentro de una escuela rural, pero hablan de una enseñanza profunda.

Mientras aprenden sobre razas, alimentación y manejo, estos adolescentes también aprenden a ser responsables, pacientes y constantes. Y quizás ahí esté lo más valioso: en Valle Fértil, entre terneros, cabras y ovejas, tres jóvenes no solo descubren un oficio, sino una pasión que podría acompañarlos mucho más allá de las aulas.

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