No es el nombre que olvidó: la señal que los neurólogos piden no ignorar
Tres o cuatro olvidos en una semana no son el problema. Los neurólogos apuntan a otra cosa: un cambio respecto de cómo funcionaba antes esa persona. Cuáles son las señales que piden no dejar pasar.
Perder las llaves, no encontrar una palabra o entrar a una habitación y no recordar qué se buscaba es algo que le pasa a cualquiera. La pregunta que los especialistas piden hacerse no es si el olvido existe, sino si representa un cambio respecto de cómo funcionaba antes esa persona.
El neurólogo Facundo Frissia, del CMC de Salta de Boreal Salud, lo plantea con claridad: "Más que un olvido aislado, lo que debería llamar la atención es un cambio respecto de cómo funcionaba habitualmente esa persona". Frecuencia, evolución e impacto en la vida cotidiana son los tres ejes que recomienda mirar.
Cuándo un olvido entra en la categoría de normal
No encontrar las llaves por unos minutos y después acordarse dónde quedaron puede ser algo habitual. El panorama cambia cuando los objetos se pierden seguido, aparecen en lugares inusuales y la persona ya no logra reconstruir qué hizo con ellos.
Con los nombres, las fechas y los compromisos pasa algo parecido. Olvidar ocasionalmente una cita o el nombre de alguien y recuperarlo después puede ocurrir con la edad. En cambio, repetir varias veces la misma pregunta u olvidar de manera reiterada información reciente son señales que conviene consultar.
Algo similar ocurre con el lenguaje. Tardar unos segundos en encontrar una palabra es frecuente. Lo que merece más atención es perder repetidamente el hilo de una conversación, tener dificultades crecientes para expresarse o usar palabras que entorpecen la comunicación.
La orientación es otro punto clave. Confundirse alguna vez con el día de la semana y después darse cuenta no representa necesariamente un problema. Desorientarse con frecuencia en lugares conocidos o perder la noción del tiempo ya es motivo de evaluación.
Cuando las tareas de todos los días se complican
Las señales también pueden aparecer en actividades que antes se hacían sin pensar. Dificultades para pagar facturas, seguir una receta conocida, hacer una cuenta sencilla o completar una tarea habitual pueden indicar que algo está cambiando.
Lo mismo sucede con los cambios reiterados en el juicio o en la capacidad de tomar decisiones. Un error aislado le puede pasar a cualquiera, pero una modificación persistente en el comportamiento habitual merece atención profesional.
Un dato importante para no alarmarse de más: la pérdida de memoria no significa automáticamente Alzheimer. El estrés, la depresión, los problemas de sueño, algunos medicamentos y distintas enfermedades pueden afectar la memoria y la concentración, y varias de esas causas tienen tratamiento.
Por eso, ante cambios persistentes, la consulta médica permite evaluar no solo la memoria, sino también el lenguaje, la atención, la orientación y la capacidad para resolver problemas.
Quiénes suelen detectarlo primero
Los especialistas remarcan que muchas veces son los familiares o las personas cercanas quienes primero notan las modificaciones en el comportamiento. Esa observación resulta clave para identificar cambios que la propia persona todavía no reconoce.
La recomendación no es alarmarse ante cada olvido, sino prestar atención a su frecuencia, su evolución y sus consecuencias. Cuando las dificultades empiezan a interferir con la autonomía o con actividades que antes se resolvían sin problemas, una evaluación profesional puede determinar qué está ocurriendo.
El cuidado de la salud cerebral también forma parte de la prevención. Mantener actividad física, evitar el tabaquismo y el consumo perjudicial de alcohol, sostener vínculos sociales y controlar factores como la presión arterial, el colesterol y la glucemia son medidas asociadas a un menor riesgo de deterioro cognitivo.
El 21 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Alzheimer, una fecha pensada para generar conciencia sobre una enfermedad que afecta principalmente a las personas mayores y que, según los especialistas, no debe considerarse una consecuencia inevitable del envejecimiento.