Nunca se subió a un avión y menos imaginó que la llamarían del Manchester City
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Nunca se subió a un avión y menos imaginó que la llamarían del Manchester City

Nunca había pisado un avión. Daba clases en una cancha de tierra y un día la llamaron desde Inglaterra: el programa de líderes del Manchester City la eligió. Lo que encontró allá la dejó sin palabras.

Nara Flores da clases de hockey en una cancha de tierra en La Cava, uno de los barrios más postergados de San Isidro. Lo que empezó como un sueño de pibas se transformó en un refugio para decenas de chicas y chicos. Hasta que un día sonó el teléfono y todo cambió.

El hockey tiene fama de deporte caro, de clubes con cuotas altas y canchas de sintético impecable. Nara Flores nació, se crió y vive en La Cava, y conoce otra realidad. Se enamoró de la bocha gracias a su hermana, que la llevó a una canchita en una plaza cuando era chica. Entrenó hasta los 12 años, pero después dejó porque su hermana se alejó y el hockey quedó en pausa.

Años más tarde, el barrio avisó que había un deporte para las nenas en una plaza. Nara fue y se encontró con el hockey. “Me dio una felicidad inmensa porque pensé que no iba a volver a jugar nunca más”, recuerda. Empezaron entrenando en la plaza, armaron torneos y así conoció un mundo que antes le era ajeno: el de los clubes.

La ilusión de los clubes y el obstáculo económico

Nara soñó con jugar en el SIC o el CASI, los grandes clubes de la zona. Cuando pisaba la cancha sintética del colegio Marín, decía “mirá lo que es esto”. Pero la ilusión chocaba con la realidad: “Era imposible por el lado económico. El hockey es un deporte caro aunque digan que no. Para mí, lo era y lo es”.

Con el tiempo, Nara se convirtió en profesora de la escuelita barrial. Enseñar hockey en La Cava no es tarea sencilla. La cancha es de tierra, con cascotes y piedras que hacen que la bocha pique para cualquier lado. Cuando llueve, los entrenamientos se suspenden por semanas. Además, hay que negociar el espacio con los pibes que quieren jugar a la pelota, estar atenta a los enfrentamientos de bandas y lidiar con la angustia de que muchas nenas no pueden ir si ella no las pasa a buscar porque no tienen para la SUBE.

“A veces las chicas me decían ‘no se puede, me pica la bocha, no la puedo parar’. Tenía que buscarle la vuelta, dar ejercicios donde bajaran más el palo y adaptarse”, cuenta. Pese a las dificultades, cuando iban a jugar torneos a canchas sintéticas, el nivel de sus jugadoras sorprendía. “Le hacían frente a nenas que entrenaban en sintético todos los días”, destaca.

Un refugio en medio del barrio

Nara pensó en aflojar muchas veces. “Aflojé en mi cabeza mil veces”, admite. Pero cuando iba a los entrenamientos y las veía, se daba cuenta de que si ella dejaba, ese grupo de nenas perdía su espacio de contención. “Cada casa es un mundo en el barrio, y vos las estás trayendo a un lugar donde se ríen, se olvidan de los problemas y comparten una merienda”, explica. Por eso nunca soltó.

También tuvo que tomar decisiones difíciles cuando el barrio se ponía picado por enfrentamientos de bandas. A veces suspendía los entrenamientos o se resguardaban en el espacio cerrado donde dan talleres. “Era un cuidado necesario para ellas y para mí”, dice. Con las familias tiene una relación de confianza absoluta: “Confían muchísimo en mí”.

De La Cava a Manchester

La vida de Nara es una historia de superación. Fue mamá muy joven, postergó el secundario y durante mucho tiempo las obligaciones diarias le impidieron cumplir sus sueños. Hasta que un día decidió que tenía que dar el ejemplo. “Yo tengo que terminar el colegio, porque mi hija lo va a terminar y yo todavía no”, se dijo. Remó contra horarios imposibles, cursó de noche y se recibió. El día del diploma, sus dos hijas la aplaudieron: “Fue lo más hermoso que me pasó en la vida”.

Esa misma tenacidad la llevó mucho más lejos. El programa de jóvenes líderes del Manchester City se fijó en su labor social y la invitó a Inglaterra. Nara nunca había subido a un avión. “¡No lo podía creer!”, exclama. Viajó con su hermano y, según recuerda, iba agarrada pensando en cada detalle del vuelo. En Manchester conoció colegios, dio clases en las canchas uno y dos del City y volvió convencida de que podía ir por más. Hoy cursa el profesorado de Educación Física y trabaja en la Secretaría de Deportes de San Isidro, donde lleva adelante un programa de hockey para los chicos que menos tienen.

Sobre los prejuicios, Nara reconoce que alguna vez escuchó comentarios cruzados cuando llegaban de La Cava a competir. Pero siempre les inculcó a sus jugadoras que a la cancha se va a competir y a disfrutar. “El deporte te da la herramienta para compartir con el que tiene y con el que no tiene, y eso rompe cualquier barrera”, afirma. Hoy tiene chicas que empezaron a los 5 años y ya tienen 12. Verlas felices un miércoles, cambiando el teléfono por la bocha, la cancha y la merienda, le cambia la vida.

Si pudiera hablarle a esa nena que agarró por primera vez un palo de hockey en La Cava, le diría: “Que no se rinda y que luche por lo que quiere, porque la verdad es que se puede si uno busca sus sueños”.

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