Ocho mujeres sin trabajo armaron una cooperativa en El Bolsón: lo que salió de esas ollas las sorprende hoy
Pensaron en una cooperativa de viviendas, no funcionó, y terminaron cocinando mermeladas con la fruta que les daba la tierra. Hoy tres mujeres sostienen Mailén y una sala que levantaron con sus manos espera la habilitación.
En mapuzungun, «Mailen» quiere decir mujer emprendedora. No fue un nombre al azar: un grupo de vecinas de El Bolsón lo eligió para bautizar su cooperativa de dulces artesanales hechos con frutos patagónicos, un proyecto que nació en 2017 en el barrio Loma del Medio, cuando esa zona atravesaba la emergencia habitacional y se transformaba, de a poco, en un barrio popular.
«Estando organizadas con otras es la única manera de poder trabajar y salir adelante», coinciden las tres integrantes que hoy sostienen el equipo.
Paola Oyarzo, una de las fundadoras, lo resume sin vueltas: «En 2017 surgió la necesidad de generar trabajo y entendimos que la única forma era a través de la organización comunitaria». En ese camino las acompañó el Movimiento de Trabajadores Excluidos. Las mujeres estaban levantando sus casas y primero pensaron en una cooperativa de viviendas. La idea no prosperó y viraron hacia la gastronomía.
De las recetas de las abuelas a una cocina habilitada
«Nos propusimos aprovechar lo que teníamos a mano y surgió la idea de hacer mermelada con la fruta que abundaba en la región que nos aportaba la tierra», recuerda Paola, de 30 años, que hasta entonces siempre había trabajado en cocinas de restaurantes.
Ocho mujeres se lanzaron al desafío y empezaron a elaborar dulces en la casa que tenía la cocina mejor equipada. Para comprar las ollas organizaron rifas. Arrancaron con lo que había: murra, membrillo y frambuesa. También probaron hacer pulpa de rosa mosqueta. Sin conservantes ni colorantes.
«En un comienzo, había mucha variedad de edades: jóvenes de 20 a mujeres de 50 y muchas madres que tenían las recetas de sus abuelas. Todas teníamos un común denominador: no teníamos trabajo», cuentan.
Las primeras producciones eran escasas y rústicas. Con el tiempo llegó la capacitación. «Fuimos aprendiendo técnicas para garantizar que el dulce dure lo que decimos que dura y que tenga el sabor que queremos. Al principio, todo fue medio rústico, pero con la capacitación fuimos mejorando», reconoce Paola.
Hoy ofrecen seis variedades de mermelada: frambuesa, frutilla, sauco, murra, rosa mosqueta y membrillo. A partir del pedido de una cervecería de El Bolsón sumaron jugo concentrado de frambuesa y, con una olla juguera, apuntan a ampliar la línea con otros jugos regionales, como el de frutilla.
También compraron una máquina pulpadora para extraer la pulpa de la fruta. «Es una herramienta grande, por eso solemos coordinar jornadas con otras mujeres de la ruralidad que juntan la fruta y vienen a procesarla. Una parte pequeña de esa producción nos la dejan y otra se la llevan. Así obtenemos pulpa de mosqueta, lo que nos facilita el trabajo», explica.
En verano, la cooperativa les compra fruta a mujeres cosechadoras de la zona. «Nuestras compañeras producen la fruta y nosotras se las compramos. Hay pequeñas productoras de El Mallín que nos venden cuando tienen algo. De esta forma, con esta rueda generamos trabajo», señala Paola.
El volumen de producción varía. Cuando reciben pedidos de merenderos elaboran frascos por kilo. «Por lo general cocinamos entre 3 y 4 ollas de 10 kilos de fruta por semana. Por ahora es la cocción que podemos, ya que para cocinar más necesitamos dinero para invertir», advierte.
Una sala de elaboración levantada con arcilla del lugar
Un vecino de Loma del Medio donó su terreno para construir la sala de elaboración, que después de seis años de trabajo está prácticamente terminada. «Ahí plantamos raíz, con nuestra unidad productiva. Iniciamos la construcción de una cocina habilitada que sería fuente de trabajo, más allá de los dulces. Limpiamos el terreno, sacamos los pinos, podamos, siempre con la ayuda del Movimiento de Trabajadores Excluidos, que aportó recursos para la construcción y equipamiento para la cocina», detalla Paola.
La sala se levantó con construcción natural. «Vivimos en un lugar con mucha arcilla y quisimos aprovechar ese recurso. Sin embargo, por dentro está revestida con todo lo que se necesita para ser habilitada. En este proyecto se sumaron nuestros compañeros varones, que apoyan con la construcción y el sostenimiento», valora.
Hoy solo Paola, Irina y Gimena Gallardo sostienen la cooperativa y elaboran los dulces. Las mujeres más grandes se alejaron al conseguir trabajos fijos; quedaron las más jóvenes, que lograron insertarse en un mercado de la economía popular en Buenos Aires y en la feria de la calle Onelli, en El Bolsón, que suma cada vez más productores.
El proyecto se pensó desde el inicio como una iniciativa de mujeres. «Fue una necesidad de generar un espacio para nosotras. Hoy nos encontramos más fortalecidas gracias a esos espacios», admite Paola.
Y confiesa que a veces se sorprenden con lo que lograron: «Trabajamos mucho, pero lo hacemos para nosotras mismas. Ponemos nuestras ideas en práctica, trabajamos en equipo y ninguna se sobrecarga. Es el trabajo soñado y de a poco va dando frutos. Vemos que realmente funciona».