Parque Patricios: La desgarradora batalla contra el tiempo de una vecina tras el derrumbe

Una mujer con una condición de salud crítica ve cómo el derrumbe en Parque Patricios le arrebata su tratamiento vital. Atrapada entre la burocracia y un reloj biológico implacable, su desgarrador testimonio revela el abandono detrás de la tragedia. ¿Logrará encontrar una solución a tiempo?

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Parque Patricios: La desgarradora batalla contra el tiempo de una vecina tras el derrumbe

El colapso del estacionamiento en el complejo Estación Buenos Aires no solo dejó a más de 300 familias en la calle. Para Andrea Natalia Remy, una mujer de 38 años con una condición de salud crítica, el derrumbe significó el abrupto fin de un tratamiento que era su esperanza de vida. “Yo no tengo el tiempo que tienen los expedientes. Necesito una solución ahora”, clama en medio de un escenario de desamparo total.

Andrea vive con una cardiopatía congénita desde su nacimiento. Es oxígeno dependiente y electrodependiente. Su rutina estaba minuciosamente organizada en función de su salud, y había logrado un avance crucial: su obra social le había aprobado una internación domiciliaria para un tratamiento complejo. Todo se truncó la madrugada del derrumbe.

“Me fui a dormir con expectativas porque ese martes venía la enfermera a colocar unas inyecciones por 20 días. Y no. Todo se cortó”, relata a TN. La interrupción no fue solo médica, sino también material y laboral.

Un auto dañado y un trabajo en suspenso

Días antes de la catástrofe, su automóvil —aún en proceso de pago— había sufrido daños por filtraciones en la cochera. Había llegado a un acuerdo con la constructora para un reintegro, pero tras el colapso, “después del derrumbe dieron de baja todo”.

Andrea trabaja en el Poder Judicial de la Ciudad y había conseguido hacer teletrabajo por su discapacidad. Sin embargo, la falta de un lugar estable la tiene psicológicamente devastada y sin poder retomar sus funciones. La situación se agravó aún más cuando, tras el derrumbe, sufrió una descompensación cardíaca que derivó en una internación de siete días, incluyendo terapia intensiva.

“Tengo menos oxígeno en sangre que el resto de la gente. Mis órganos se fueron desgastando más rápido con el paso del tiempo”, describe. Su condición es tan delicada que los médicos evalúan la posibilidad de un triple trasplante: bipulmonar, cardíaco y renal. “Pero es muy difícil”, admite.

La entrada al departamento de Andrea antes del derrumbe.
La entrada al departamento de Andrea antes del derrumbe. (Foto: gentileza Andrea Remy)

La carrera contra un reloj biológico implacable

El tiempo, para ella, es un enemigo tangible. “En algún momento me hablaron de mi expectativa de vida. Yo la vengo peleando, pero estoy cerca de los 40 y ya escuché ese número. La Justicia tarda mucho. Yo no sé si cuento con todo ese tiempo”, dice con una crudeza que estremece.

Sus equipos médicos fundamentales quedaron atrapados en su departamento del octavo piso, al que hoy apenas puede acceder. “La única vez que pude subir fue con cinco bomberos. No puedo ni imaginar lo que sería sacar muebles o mis máquinas”, explica. El tratamiento que necesitaba con urgencia quedó completamente suspendido.

La desesperada búsqueda de un techo y la falta de respuestas

Mientras tanto, denuncia una asistencia estatal prácticamente inexistente. “No recibí ningún tipo de asistencia. Una persona de una empresa privada me está ayudando con los tubos de oxígeno. Mi obra social hizo lo que pudo, pero todo es muy burocrático”, afirma.

La falta de una clausura definitiva de los edificios por parte del juez, según ella, impide que se activen subsidios o soluciones habitacionales concretas. Los hoteles temporales no son una opción viable por su salud: “Estoy inmunosuprimida. Hay mucho recambio de gente, gente engripada. Es un riesgo constante”.

Así quedó el estacionamiento del edificio tras el derrumbe.
Así quedó el estacionamiento del edificio tras el derrumbe. (Foto: gentileza Andrea Remy)

La incertidumbre la llevó a una situación límite. Recientemente viajó a Junín porque no sabía si podría seguir en el hotel, pero su tratamiento la obliga a regresar a Buenos Aires cada 48 horas para controles médicos. Ahora su principal búsqueda es un alquiler, pero no tiene garantías. “Estoy saliendo en redes a pedir ayuda. Lo único que puedo ofrecer es mi trabajo”, dice.

Un drama colectivo y advertencias ignoradas

Su testimonio también pinta un cuadro desolador para el resto de los evacuados. “Hay chicos llorando en los hoteles, pidiendo sus peluches. Gente grande que dice que se quiere matar. Y no hay asistencia psicológica, no hay acompañamiento”, advierte.

Andrea responsabiliza a múltiples actores: la constructora, el Banco Hipotecario, el Estado nacional y el de la Ciudad. Y revela que los problemas no surgieron de la nada: “Durante cuatro años hicimos reclamos por filtraciones, por los ascensores, por problemas estructurales. Nunca tuvimos respuestas”.

Andrea y su perrito en el departamento antes del derrumbe.
Andrea y su perrito en el departamento de Parque Patricios antes del derrumbe. (Foto: gentileza Andrea Remy)

Más allá de las fallas estructurales del megaproyecto habitacional, la tragedia de Parque Patricios expuso una fragilidad humana aún más profunda. La de personas como Andrea, para quienes la pérdida de su hogar se mezcla con una lucha desesperada contra el reloj de su propio cuerpo, mientras esperan una solución que, para ella, no puede llegar tarde.

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