Perdieron todo en el incendio de Pocito, pero una ayuda inesperada les devolvió la esperanza

Cuando el fuego arrasó con sus casas, creyeron que no quedaba nada. Sin embargo, la solidaridad de los sanjuaninos les mostró otra cara de la tragedia.

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Perdieron todo en el incendio de Pocito, pero una ayuda inesperada les devolvió la esperanza
Perdieron todo en el incendio de Pocito, pero una ayuda inesperada les devolvió la esperanza

Una semana después del incendio que arrasó con diez viviendas de la Calle Alfonso XIII, en Pocito, las familias afectadas empiezan a resurgir entre escombros y donaciones. El humo y el olor a quemado ya no se perciben en el lugar, pero las lágrimas todavía afloran cuando los vecinos repasan lo perdido.

Diario de Cuyo volvió a recorrer la zona para conocer cómo sigue la vida de quienes perdieron todo tras el viento Zonda. El panorama se resume en tres palabras: resiliencia, esperanza y gratitud.

Una casa nueva entre cenizas

Miriam Dávila quedó literalmente en la calle: el fuego consumió hasta los cimientos de su casa. Sin embargo, mantiene la esperanza de volver a tener un techo propio gracias a la ayuda que recibió. Hasta el sábado pasado, su familia y el resto de los damnificados sobrevivieron con las viandas que distribuyó el Ministerio de Familia. Desde entonces, dependen de la mercadería que les acercan los sanjuaninos.

“Comida y ropa no nos falta. Estamos muy agradecidos con los sanjuaninos que siguen trayéndonos donaciones o brindándonos su apoyo. El patrón de mi marido le dio una semana de descanso paga para que pueda dedicarse a reconstruir la casa. Estamos muy agradecidos con todos, pero principalmente con Dios que nos permitió salir vivos de esta tragedia”, dijo la mujer, sin poder contener las lágrimas al mirar la casa de sus vecinos, que aún permanece deshabitada. Sus dueños siguen internados por las quemaduras que sufrieron al intentar rescatar sus pertenencias entre las llamas.

Miriam contó a este diario que recibió del Gobierno de San Juan los materiales para levantar un salón de 4 metros de ancho por 6 de largo, un lugar seguro y techado para recomenzar. Pero la obra avanza lento: no cuentan con obreros, y es su marido quien trabaja con ayuda de familiares y amigos. “Todos tienen su trabajo y poco tiempo libre. Pero vienen al menos una hora por día para ayudarnos”, explicó.

“No aguantamos más durmiendo en el suelo”

Mirta Carrizo recorre los restos de su casa con menos angustia que hace siete días. Está contenta porque no tuvieron que derribarla por completo: algunos muros quedaron en pie, aunque hay que reforzarlos antes de pensar en el techo. “Mi marido se va al campo a hacer changas cortando espárragos o acelgas para ganar algo de plata. Mi cuñado viene cuando tiene tiempo a sacar el revoque de las paredes para comenzar a apuntalarlos. Necesitamos ayuda con obreros para poder avanzar, si no, no vamos a terminar nunca. Y con mi marido ya no aguantamos más durmiendo en el suelo y dentro de la carpa que nos prestó un vecino”, relató la mujer.

Cristian Gómez, otro de los damnificados, se levanta al amanecer y reza para que algún familiar o amigo llegue a ayudarlo a reforzar las paredes dañadas y reconstruir el baño y el techo. Gracias a la solidaridad, pudo dedicarse de lleno a esa tarea. “Ni bien mi patrón se enteró de la tragedia, me dijo que me tomara unos días para ocuparme de mi familia y de los trabajos en mi casa. Y que igual me iba a pagar. Estamos muy agradecidos y con la esperanza de salir poco a poco”, dijo.

Francisco Ante, un hombre jubilado, también comenzó a reconstruir el baño y el techo de su casa con la ayuda de familiares y amigos, después de recibir los materiales. Añora volver a dormir en su propio dormitorio y no tener que trasladarse cada noche a lo de su cuñado. “Gracias a Dios contamos con la ayuda y el apoyo de mucha gente que incluso no conocemos. Esto es lo que nos sostiene de pie y nos da aliento para seguir luchando. Espero que nunca nadie más tenga que pasar por algo similar”, expresó.

Heladeras y cocinas, lo más urgente

Las familias siguen recibiendo donaciones de mercadería, ropa y muebles, pero hay elementos de primera necesidad que escasean: heladeras y cocinas. Mirta Carrizo, por ejemplo, debe mantener envuelta en paños mojados la insulina que se inyecta por su diabetes, ya que el fuego destruyó su heladera. “La falta de heladera no solo me complica la conservación de la insulina, sino también la de la carne y de algunos alimentos que nos donan y que necesitan del frío. Necesitamos aunque sea una heladera usada, porque con las changas que hace mi marido es imposible comprar una”, explicó.

Cristian Gómez también necesita una heladera para conservar los medicamentos de su esposa. Desde que perdieron todo, la mujer deja los remedios y la leche de sus hijos en la casa de su madre, a la que debe ir a diario para buscar lo que consumirán en el día. La cocina es otro de los electrodomésticos más requeridos. Algunas familias recibieron una donada, pero les faltan garrafas, ya que todas explotaron por el fuego.

“Agradecemos profundamente toda la ayuda recibida; si no, no hubiéramos podido empezar a salir adelante. Pero necesitamos cosas muy necesarias como una heladera. Ojalá la gente pueda ayudarnos con esto”, cerró Francisco Ante.

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