Pity Álvarez habló 4 horas, pidió perdón y sorprendió con una oferta a la familia de la víctima
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Pity Álvarez habló 4 horas, pidió perdón y sorprendió con una oferta a la familia de la víctima

Pity Álvarez pidió perdón por el crimen de Cristian Díaz y ofreció hacer shows para ayudar a la familia de la víctima. Pero su declaración tuvo un costado que indignó: "No se crean que era un corderito", dijo sobre el hombre al que mató de un tiro.

El músico Cristian "Pity" Álvarez declaró durante cuatro horas ante el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional Nº 29 de la Capital Federal, donde se lo juzga por el homicidio de Cristian Díaz, ocurrido en julio de 2018 en el barrio Samoré de Villa Lugano. En una audiencia cargada de tensión, el exlíder de Viejas Locas e Intoxicados pidió disculpas, se mostró arrepentido y hasta ofreció una insólita forma de reparación económica a la familia de la víctima.

La sala quedó en silencio cuando Álvarez, visiblemente nervioso, tomó la palabra: "Pido perdón a los que están en la sala. Hoy me cayeron muchas fichas, me puse muy nervioso y pensé que no iba a declarar". Minutos antes había sufrido una descompensación que hizo temer que se repitieran los episodios de audiencias anteriores, cuando se dormía, pedía irse o debían llamar a una ambulancia. Esta vez, en cambio, encontró el eje y habló durante cuatro horas.

Además de pedir perdón, el músico aseguró estar profundamente arrepentido: "¡¿Cómo no voy a estar arrepentido?! No me reconozco haciendo eso porque sé la clase de persona que soy", le dijo a su abogado. Y agregó que, "más allá de la decisión que tome el tribunal", le "gustaría ayudar económicamente a la familia" de Díaz. Sin embargo, aclaró de qué modo: "La manera que tengo de ayudarlos es haciendo mi arte y haciendo shows y tocando mi música".

La propuesta resulta llamativa: esa retribución solo sería viable si el tribunal no lo condena por homicidio simple, delito que prevé una pena de 8 a 25 años de prisión. Si termina en la cárcel, no habrá recitales ni, por lo tanto, asistencia económica.

La música como refugio y las definiciones personales

Durante su exposición, Álvarez se explayó sobre su vínculo con la música. "La música para mí es un hobby antes que mi trabajo; cuando me di cuenta de que alguien pagaba por escucharme lo bauticé 'trabajovi', que es una palabra que yo inventé", contó. Cuando le preguntaron si sería pobre sin la música, respondió: "De hambre no me voy a morir; pobre es el que no tiene al Creador en su corazón". Y al ser consultado sobre si dejaría de existir si le quitaban la música, afirmó: "No, pero dejo de funcionar".

El barrio, el miedo y la violencia cotidiana

Para explicar el contexto del hecho, Álvarez retrocedió en el tiempo y describió la vida en los monoblocks de Villa Lugano. "Para entender lo que pasó, hay que entender cómo es el barrio", arrancó. Habló de la pérdida de privacidad ("los vecinos saben qué cocinás o con qué te drogás") y de cómo esa intromisión se transforma en un sistema de información colectiva.

Recordó episodios violentos que, según su relato, marcaron su temperamento. Contó que una vecina, Mary, disconforme porque no le convidó drogas, le arrojó alcohol de quemar e incendió la puerta de su departamento; luego le clavó dos puntazos con una cuchilla en el hombro y el estómago. En esa ocasión, según dijo, se desangró en la bañera, se desmayó y terminó internado tras ser trasladado por el Padre César a una clínica de San Isidro.

También relató que apenas dos semanas antes del crimen, en el Barrio Inta, sufrió un asalto: le dieron un culatazo en la cabeza con una pistola calibre 45 y le dispararon en el hombro para robarle la mochila.

Según su versión, el barrio era un territorio a oscuras: los dimmers automáticos del pasillo principal llevaban tiempo desactivados, dejando un tramo de 80 metros en penumbra absoluta. Allí convivían vecinos trabajadores con la venta de sustancias y personajes habitualmente "enfierrados". Para sobrellevar esa amenaza constante y su consumo intensivo de pasta base, admitió que tomaba pastillas de contención: "En vez de estar a 10.000 pies, trataba de planear a 4000".

La disputa por la mochila y la droga

Respecto a Cristian Díaz, a quien en el barrio apodaban "El Gringo", Pity dijo que lo conocía de vista y que solía comprarle sustancias cuando no podía conseguirlas por otra vía. Aclaró que él no vendía, sino que hacía la "compra comunitaria" para los integrantes de su banda. El vínculo se quebró cuando conoció en persona al proveedor mayorista de Díaz y comenzó a comprarle directamente cada tres o cuatro días, dejando de lado la intermediación del "Gringo".

El resentimiento se profundizó semanas antes del homicidio. Según su relato, contrató el remís de Díaz para ir a la Villa 1-11-14 con una mochila que contenía mucho dinero, equipos de grabación y las llaves de su departamento. Bajó unos minutos a hacer un trámite y, al volver, descubrió que Díaz lo había dejado "tirado". Regresó a pie al barrio Samoré y conocidos le devolvieron la mochila: faltaba la mitad del dinero y, lo más grave para él, las llaves de su casa. Aunque admitió haber dicho en el barrio que debían "arreglar cuentas", negó enfáticamente haber amenazado con pegarle un tiro.

La noche del crimen

La noche del hecho, Pity estaba en Hurlingham junto a su amiga Agustina Inbernoz. Tenían previsto ir al boliche Pinar de Rocha para ver un show de Ulises Bueno. Sin embargo, insistió en hacer una parada previa en su departamento del barrio Samoré porque una de sus perras había parido una camada de cachorros.

Al ingresar al espacio que había preparado en el patio, se encontró con una escena traumática: entre los seis o siete cachorritos nacidos, uno no se movía. En medio de su estado mental alterado, elevó una oración, le hizo respiración boca a boca al cachorro muerto y lo colocó junto a una hornalla encendida con la esperanza de devolverle el calor corporal.

Al volver a la calle, según su versión, escuchó una voz que lo increpaba desde las sombras: "¡Eh, Pity, ¿qué te pasa conmigo?! ¡Cagón!". Era Cristian Díaz, que vestía un pullover azul holgado con un bolsillo tipo canguro. Según el cantante, "estaba completamente borracho y empastillado".

Siempre según su relato, Álvarez intentó desactivar la discusión diciendo que no tenía ningún problema con él. Pero Díaz comenzó a acorralarlo físicamente, recriminándole sus dichos y burlándose de su música: "Me dijo que no le gustaba la canción Pila Pila, y le dije que a mí tampoco me gustaba esa canción". Un amigo boxeador de Díaz intervino para frenar la agresión, guiñándole un ojo a Pity en señal de disculpas. Sin embargo, la violencia escaló: Díaz comenzó a darle trompadas y fuertes cabezazos a Álvarez, quien estaba físicamente disminuido por una reciente cirugía de cadera tras un accidente de moto.

En medio de la agresión, Díaz se levantó la prenda y Pity alcanzó a ver las cachas de un revólver calibre "32 o 38" en su cintura. De manera inesperada, la secuencia tuvo un paréntesis surrealista: Díaz detuvo el ataque, le dijo al oído "está todo bien con vos", sacó un celular y le propuso tomarse una foto.

Ambos se sacaron una selfie y Pity creyó que todo había terminado. Pero después de guardarse el teléfono, la plata y las sustancias que le había dado temporalmente a su amigo, Díaz retomó la agresión verbal y física con mayor virulencia, según el testimonio del músico.

"Sentí que era la codorniz"

Acorralado contra los postes de luz fuera de servicio y la pared del edificio, Pity describió el pavor que sintió con una metáfora animal. Explicó que solía alimentar a sus serpientes pitón con codornices vivas y que, cuando la presa se sabe acorralada e indefensa frente al depredador, pierde toda capacidad de reacción razonada: "Sentí que era la codorniz. Sentí esa puerta... ya no había diplomacia. Había guerra. Olor a tumba. Yo estaba acorralado".

Ante la inminencia de un nuevo ataque armado por parte de Díaz y sin poder zafarse de la agresión, detalló: "Tenía el arma en el bolsillo. Ni la saqué del bolsillo. La levanté así y tiré no sé a dónde. Creo que apunté a su cuerpo".

El músico relató que, tras accionar el gatillo desde el interior de su campera, experimentó un "blanco mental" y una disociación: se vio a sí mismo parado al lado del cuerpo de la víctima. "Se me hizo una luz con el ruido del arma y el fogonazo. Cuando reaccioné, estaba al lado de él viendo a sus amigos, viendo si me iban a venir a comer. Y Agustina gritando '¡Lo mataste!'".

"A mí me gusta encender luces, no apagarlas"

Después de los disparos, ambos subieron al vehículo y emprendieron el camino hacia el local de Ramos Mejía. Un trayecto que normalmente les demandaba 15 minutos se extendió por más de una hora debido al estado de conmoción y desorientación de Pity: "No sabía ni por dónde ir. Yo no podía creer lo que había pasado. No era yo. Me transformé. Yo sabía que con mi auto de vuelta no me iba a ir, porque no sabía si iba a poder manejar. Cuando llego a Pinar de Rocha, le digo [al encargado] 'Pochi, maté a una persona'. Él se reía y nunca me creyó; 'amigo, necesito ayuda', le dije, porque no sabía qué hacer, si entregarme, tomar pastillas para serenarme... Estaba muy eufórico", señaló.

Al cerrar su exposición, Álvarez dejó ver el impacto anímico del homicidio: "Lo que yo hice va contra mis principios. Jamás pensé que en este mundo iba a pasarme este grado de enseñanza de luz... A mí me gusta encender las luces y no apagarlas".

Pero ni siquiera en ese tono de arrepentimiento mostró piedad hacia la víctima. Cuando uno de los jueces le preguntó si quería pedir disculpas —llamativamente, ni la fiscalía ni la querella lo indagaron—, respondió: "Obvio que debe ser feo perder a un papá de esa forma. Y le pido mil disculpas a la querella, a su pareja, a su hija, a su familia. Pero se puso denso el muchacho. No se crean que era un corderito".

Tras lamentar que un "gil de mierda" se le hubiera cruzado en el camino y citar la frase "La vida te da sorpresas", el músico interrumpió acongojado su declaración, quebrándose en un gemido final antes de pedir volver a su asiento.

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