En Chubut hay tierra, agua y gente dispuesta, pero producir vino no es barato: mano de obra, insumos y botellas exigen una reinversión que no todos pueden sostener. La salida que encontró este productor de Madryn para no quedar atado a la góndola.
Pablo Gorosito produce unas 1.800 botellas al año en El Doradillo, pero no las vende en góndolas: quedan para quienes llegan hasta su finca, incluidos los cruceristas de la temporada. El propietario de Finca Caballo Blanco contó a Radio Chubut cómo un proyecto que arrancó sin experiencia se convirtió en una postal de la vitivinicultura patagónica.
Un cambio de hábitos que también llegó al vino
Gorosito explicó que en el país se modificó la forma de consumir: la gente busca opciones más saludables y el gin y la cerveza se llevaron buena parte de esa preferencia. El resultado, según su lectura, fue una reducción de hectáreas plantadas y stock acumulado.
En Chubut la película es distinta. Después de 15 o 20 años de pruebas, la provincia empieza a afirmarse como territorio vitivinícola, con un perfil que la diferencia del resto.
El clima como sello de identidad
Para el productor, el clima extremo es el que le da carácter a la fruta y la modela de una manera particular. A eso se suma que dentro de la provincia conviven terroirs diversos: Trevelin, por ejemplo, ya cuenta con su propia indicación geográfica.
Los resultados acompañan ese proceso. Un productor de Gaiman obtuvo hace poco una medalla de oro, una señal de que la calidad empieza a medirse con parámetros concretos.
Producir no es barato
Consultado por la rentabilidad, Gorosito fue directo: elaborar vino tiene costos altos por la mano de obra, los insumos y las botellas, y todo depende del modelo que elija cada emprendedor.
“Es una reinversión constante”, dijo, y remarcó que ese esfuerzo necesita complementarse con otras patas, como el enoturismo o la llegada a hoteles y restaurantes.
De la nada al viñedo
Su historia personal comenzó en 2017, cuando decidió plantar un viñedo sin tener conocimientos sobre el tema. Lo imaginó como un proyecto familiar que reuniera su vino, su aceite de oliva y una huerta, con la idea de ofrecer una experiencia gastronómica patagónica.
Hoy esas 1.800 botellas anuales en El Doradillo se reservan para quienes visitan la finca, entre ellos los cruceristas que arriban con la temporada.
Formación local para sostener el crecimiento
Para acompañar el desarrollo de la actividad, en Puerto Madryn ya se dicta una tecnicatura en enología vinculada a la Universidad Juan Agustín Maza, de Mendoza.
Gorosito sostuvo que en Chubut hay tierra, agua y emprendedores, y que no hace falta apuntar a la gran escala. Bajo esa mirada, el potencial de la industria vitivinícola provincial aparece como una oportunidad concreta.