Quiso escribirle a Carl Sagan a los 15 y hoy firma los mapas de una misión de la NASA

Tenía diez años, miraba Cosmos en Castelar y juntaba piedras por hobby. A los 15 buscó la dirección de Carl Sagan en la Embajada de Estados Unidos y una geóloga le cambió el plan de carrera. Hoy sus mapas guían a una nave de la NASA hacia Júpiter.

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Quiso escribirle a Carl Sagan a los 15 y hoy firma los mapas de una misión de la NASA
Quiso escribirle a Carl Sagan a los 15 y hoy firma los mapas de una misión de la NASA

Patricio Figueredo miraba el cielo desde Castelar y se quedaba absorto. Tenía diez años cuando Cosmos, el ciclo de divulgación de Carl Sagan, le mostró por primera vez planetas que hasta entonces eran apenas puntos de luz. Décadas después, ese pibe que juntaba piedras es parte del equipo que guía a Europa Clipper, la expedición de la NASA que irá a explorar una luna de Júpiter.

La misión apunta a desentrañar la evolución geológica de Europa bajo su corteza congelada. Varios estudios sostienen la posible existencia de un océano gigantesco, con un volumen de agua que duplicaría el de todo el planeta Tierra. Y hay otra expectativa que sobrevuela el proyecto: encontrar indicios de vida en ese satélite.

Figueredo integra el equipo de la cámara de la nave como investigador asociado. Su tarea se centra en interpretar y mapear la superficie. Cuando Europa Clipper arribe a destino, hacia 2030, se buscará armar un mapa global de esa luna con un nivel de detalle muy superior al que existía cuando él hizo su propia investigación.

Del living de Castelar a la Embajada de Estados Unidos

Las imágenes que llegaban de las misiones espaciales le abrieron la cabeza a ese chico. Marte, Júpiter, Saturno y Venus, recuerda, “hasta ese momento eran solamente puntos luminosos en el cielo”.

La obsesión creció. A los 15 quiso escribirle a Sagan para contarle cuánto lo había marcado el programa. Llegó incluso a buscar su dirección en la Embajada de Estados Unidos. Ahí apareció una figura clave: Adriana Ocampo, geóloga planetaria nacida en Colombia y radicada en Argentina. No solo le dio el dato que necesitaba. También le nombró una disciplina que él desconocía y que le cambiaría el rumbo: la geología planetaria.

Así, en lugar de anotarse en astronomía como tenía pensado, eligió esa rama. Estudió en la Universidad de Buenos Aires y se recibió con una tesis de campo en Mendoza.

El cambio no era tan extraño. De pibe disfrutaba del aire libre, de trepar árboles, de juntar piedras y explorar. También le picaba la arqueología. Los test vocacionales del secundario no le daban una respuesta cerrada, pero la geología terminó de ordenar varias de esas inquietudes en una sola carrera.

Belice, el JPL y el salto a Arizona

1995 lo encontró terminando la carrera y con dos oportunidades que le torcieron el destino. La primera: una expedición a Belice para estudiar los depósitos de impacto del cráter que se vincula con la extinción de los dinosaurios. La segunda llegó al año siguiente, con una pasantía en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA, donde pudo trabajar con imágenes de la misión Galileo, que acababa de llegar a Júpiter y sus lunas.

Para un estudiante argentino, aquello fue mucho más que una práctica. Era una de sus primeras salidas del país y el arranque de una etapa de independencia. “Me abrió las puertas del mundo en la mente”, recuerda sobre esos viajes.

El paso por el JPL también le cambió el futuro académico. Allí conoció a investigadores ligados a Galileo y consiguió una beca para doctorarse en Arizona, en el suroeste de Estados Unidos.

“Los profesores de allá se sorprendían. La preparación que me dieron en la carrera de geología en Argentina fue fantástica. Reflejaba lo completo y lo profundo que es la preparación de los geólogos en nuestro país”, cuenta sobre sus primeros tiempos como estudiante extranjero.

De ese “método argentino” rescata una virtud que considera clave para la ciencia: resolver con poco. “El argentino sabe arreglarse, resolver. Si tenés algún problema y algo no funciona, le buscamos la vuelta para que funcione de otra forma”, subraya.

Los mapas que hoy usa la NASA

Cuando terminó sus estudios en 2002, Europa ya era el centro de su carrera. Galileo había obtenido imágenes detalladas de la superficie de esa luna y permitían estudiarla con una precisión inédita. Para su doctorado, Figueredo necesitaba mapear grandes regiones del satélite.

Terminó armando dos grandes conjuntos de planos que atraviesan la superficie de polo a polo. Ese trabajo lo obligó a definir cómo cartografiar Europa, qué unidades geológicas se distinguían y qué procesos representaba cada una. Los mapas no quedaron en la tesis: sirvieron para estudiar la evolución geológica de la luna y fijaron criterios que después usaron otros investigadores.

Casi tres décadas más tarde, su nombre volvió a sonar en los laboratorios de la NASA. Antes del lanzamiento de Europa Clipper, el equipo de la cámara empezó a construir el mapa del satélite que iban a descubrir. Las investigaciones de Figueredo se volvieron una pieza fundamental de ese trabajo.

El interés por Europa no se agotó en el doctorado. Durante su posdoctorado viajó al Ártico para estudiar procesos del hielo que podían funcionar como análogos de fenómenos que los científicos creen que existen en ese astro. También investigó cómo usar sus mapas para identificar lugares con potencial para albergar evidencias de vida.

Houston, la Patagonia y la curiosidad que no se apaga

Hoy vive con su hija al norte de Houston, Texas, y trabaja desde hace más de dos décadas en una petrolera multinacional. Ahí tuvo que bajar la mirada del cielo al suelo y dedicarse a modelar las placas tectónicas que componen la superficie terrestre.

Pasó casi la mitad de su vida fuera del país. Nació y vivió unos 25 años en Castelar y el año próximo cumplirá tres décadas en Estados Unidos. El vínculo con Buenos Aires sigue intacto: cuando vuelve, visita a su familia y recorre los lugares donde empezó su historia.

Fuera de la ciencia encontró otras formas de explorar. Hace carpintería, trabaja en jardinería y camina por zonas poco transitadas de la Patagonia, sobre todo cerca de Villa La Angostura y de la frontera con Chile. Más tarde se interesó por la historia, el arte y la arquitectura, disciplinas lejos de la dureza numérica de las ciencias naturales.

Hay un hilo que une todo eso con aquel chico que miraba Cosmos en Castelar: la curiosidad por lo desconocido. Cuando imagina lo que todavía quiere ver, no piensa solo en una investigación. Le gustaría contemplar la superficie de Marte con ojos humanos y ser testigo de una misión tripulada al planeta.

También piensa en los que recién empiezan a preguntarse cosas. En sus charlas en escuelas ve cómo los chicos se entusiasman con las naves y preguntan por otros mundos. Para él, esa fascinación vale más allá de la astronomía.

Su historia, mientras tanto, sigue viajando hacia Júpiter. Los mapas que empezó a dibujar para una tesis doctoral en Arizona son hoy una herramienta para explorar una luna que podría esconder, bajo kilómetros de hielo, uno de los grandes interrogantes de la ciencia: si la vida existe más allá de la Tierra.

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