Recorre 120 km por día para dirigir una escuela rural: lo que hizo adentro cambió todo

¿Qué encontró un director en el patio de su escuela que terminó cambiando la vida de toda una comunidad rural? La historia que pocos conocen en San Martín.

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Recorre 120 km por día para dirigir una escuela rural: lo que hizo adentro cambió todo
Recorre 120 km por día para dirigir una escuela rural: lo que hizo adentro cambió todo

Ariel Bizzotto sale de su casa en Maipú a las 5.50 y maneja unos 60 kilómetros hasta la Escuela 1-591 Luis María Drago, en Montecaseros, San Martín. A la tarde, después de una jornada que termina a las 15, hace el mismo camino de vuelta. Son unos 120 kilómetros diarios para llegar a un establecimiento con 69 alumnos que, para muchas familias, es mucho más que un lugar donde aprender.

Bizzotto trabaja allí desde hace siete años y desde hace dos es el director. Es el único integrante del equipo directivo y no tiene vivienda en la escuela, por lo que cada mañana vuelve a recorrer la misma ruta. "Salgo con tiempo, porque uno no sabe lo que puede pasar en el camino", contó al Post.

La escuela está a unos 28 kilómetros de la ciudad de San Martín, en una zona rural donde algunos chicos viven a varios kilómetros del edificio. Llegan caminando, en bicicleta, en transporte escolar o en colectivo de línea. Años atrás, recuerda el director, también había alumnos que llegaban a caballo, una práctica que ya casi nadie realiza.

La comunidad enfrenta dificultades que en otros lugares pueden parecer lejanas. La falta de agua potable obliga a muchas familias a abastecerse mediante camiones. El agua se almacena en piletas, baldes y distintos recipientes para las necesidades cotidianas. Conseguir ropa y calzado también puede complicar la asistencia a clases, por lo que Bizzotto comenzó a recurrir a amigos, familiares y conocidos para reunir donaciones. "Es una zona muy vulnerable, en donde esa es la mayor dificultad", explicó. Entre docentes y personal no docente distribuyen las prendas entre los alumnos que las necesitan.

De una víbora en el playón a un centro de salud

Uno de los proyectos que mejor representa su forma de trabajar nació de una situación inesperada. Cuando todavía era docente, encontró junto a sus alumnos una víbora en uno de los arcos del playón deportivo. Los chicos conocían los riesgos de una mordedura y le plantearon su preocupación: "Profe, te llega a morder esta víbora, tenés 15 minutos para llegar al hospital", recuerda que le dijeron.

La escena quedó dando vueltas en su cabeza. Si una emergencia ocurría en la escuela, la distancia podía convertirse en un problema. Cuando asumió como director decidió avanzar con una idea que había comenzado a gestionar tiempo atrás. Durante las vacaciones de 2024-2025 llevó el libro de actas hasta el área de Salud de San Martín y pidió la posibilidad de instalar un pequeño centro sanitario en un sector del predio escolar.

La necesidad no era menor: algunas familias tenían que recorrer 13 kilómetros para llegar a otro centro de salud y en otros casos debían pasar la noche en el hospital para conseguir un turno al día siguiente. El proyecto finalmente se concretó. Hoy funciona allí el Centro de Salud 209, Elías Yamán, que atiende los lunes y viernes con enfermeros y una médica.

La escuela empezó a ser también una puerta de entrada a la atención sanitaria para las familias de la zona. Los controles de los chicos son un ejemplo. Antes, dice Bizzotto, algunos niños directamente no concurrían a la escuela cuando tenían que realizarse controles. Ahora los padres pueden retirarlos, llevarlos a la salita ubicada a pocos metros y regresar con ellos a clases. "Eso avanzó mucho, ese proyectito es una realidad", resumió.

Cultivar sin tierra: el proyecto que llegó a la instancia nacional

Otra de las historias que se construyeron en la escuela nació de una dificultad propia del paisaje. El suelo de la zona es árido y salitroso. Las fincas fueron desapareciendo y cada vez resulta más difícil cultivar. Un día, durante una clase de Ciencias Naturales, Bizzotto preguntó a sus alumnos si en sus casas tenían plantaciones. La respuesta fue negativa. Entonces apareció otra pregunta: si la tierra no permitía cultivar, ¿había alguna otra manera de hacerlo?

Los alumnos comenzaron a investigar. Primero aparecieron las germinaciones y después las hipótesis sobre la posibilidad de cultivar en agua. Así llegaron a la hidroponía. "Con caños de PVC, una bomba de agua y los nutrientes necesarios, construyeron un circuito hidropónico. Allí hicieron crecer lechugas y acelgas sin utilizar el suelo", relató el director.

Cuando las plantas estaban listas, cada alumno podía llevar una a su casa. El proyecto no quedó solamente en una experiencia dentro del aula: la escuela lo llevó durante dos años consecutivos a la instancia nacional de las Ferias de Ciencias, después de atravesar las etapas departamental y provincial. "Para ellos fue algo novedoso y algo lindo, algo que los ha hecho crecer", contó Bizzotto.

Premios para estimular la asistencia

En una escuela rural, lograr que los chicos estén todos los días también puede ser un desafío. Muchos ayudan a sus familias en tareas del campo y eso complejiza la tarea. Bizzotto decidió trabajar sobre ese problema desde un lugar sencillo: reconocer a quienes asistían. Como director único y responsable del seguimiento de las trayectorias escolares, comenzó a entregar diplomas y premios a los alumnos que alcanzaban asistencia perfecta. También se reconocía al grupo que lograba buenos niveles de asistencia.

La iniciativa fue acompañada por otras acciones y, según el director, permitió que la asistencia mejorara de manera significativa. "Antes era muy baja la asistencia que había, faltaban mucho los niños", recuerda. La llegada del centro de salud también ayudó a cambiar esa realidad, ya que tener atención sanitaria a pocos metros de las aulas facilitó controles que antes implicaban trasladarse varios kilómetros.

Una nominación que llegó sin buscarla

El reconocimiento nacional llegó de una manera particular. Bizzotto se enteró de que había sido postulado al premio "Directores que Transforman - Premio Santander al Liderazgo Escolar". Ni siquiera sabía que estaba participando hasta que recibió un llamado. La responsable fue una antigua maestra suya de séptimo grado, que conocía sus proyectos porque veía las publicaciones que realizaba sobre el trabajo cotidiano con los alumnos.

"Yo sinceramente, cuando me llamaron, creo que en agosto, los de Fundación Varkey y Santander, no entendía nada", relató. La convocatoria recibió más de 200 postulaciones y nominaciones de directivos de distintas provincias. Bizzotto quedó entre los tres finalistas, junto con Jimena Pi, del Centro de Formación Integral Lucero, de San Isidro, y Sebastián Patricio Liaudat, del Instituto San José, de Baradero. El ganador se conocerá el 17 de noviembre y recibirá $5 millones para destinarlos a un proyecto de mejora de su escuela.

Pero Bizzotto habla del reconocimiento en plural. "Yo estoy feliz con llegar a esta instancia, con que mi escuela sea reconocida en todo el país, con que haya una escuela de Mendoza, no por mí, sino por mis niños, por la comunidad", afirma. Su mirada sobre la escuela parece ligada a una idea sencilla: él puede irse algún día, pero lo que quede debe ser para los chicos. "Yo me puedo ir. La semana que viene me voy, o cuando haya otro concurso, otro movimiento, yo me voy o no, pero eso queda para la comunidad", dice.

Un patio para quedarse un rato más

Si el premio finalmente llega a la escuela, Bizzotto ya piensa qué haría con el dinero. Algo que sea de inmediato para los chicos: el patio. "El piso está levantado y necesita ser reparado para evitar accidentes. También hay que reemplazar los policarbonatos opacos de las ventanas por materiales que permitan a los chicos volver a mirar hacia afuera", explicó.

Y quiere algo todavía más sencillo: bancos y mesas para que puedan salir de las aulas, sentarse bajo la sombra y leer. "Que los chicos en la sombrita tengan un lugar para sentarse a leer, para sentarse a compartir un momento de lectura afuera", imaginó. También piensa en juegos nuevos para el nivel inicial, porque los actuales tienen más de 15 años y muestran el desgaste del tiempo.

Quizás allí esté la imagen que mejor resume la historia de esta pequeña escuela rural de San Martín: no se trata solamente de reparar un piso o cambiar una ventana. Se trata de hacer que los chicos quieran quedarse un rato más en lo que es su segunda casa. Afuera, donde termina el aula y empieza el patio. Allí donde una escuela puede convertirse, lentamente, en el corazón de una comunidad.

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