Rezaban en un baldío de Río Gallegos y hoy la parroquia cumple 60 años: la historia que nadie esperaba
Lo que arrancó como un punto de encuentro para buscar agua en un baldío de Río Gallegos terminó siendo mucho más que una parroquia: la historia que los vecinos desempolvaron para el 60° aniversario y que casi nadie conocía.
La comunidad de la Parroquia San Vicente de Paul de Río Gallegos celebró este domingo 27 de septiembre sus Fiestas Patronales y el 60° aniversario del templo, en una jornada que incluyó la consagración del altar a cargo del obispo de la Diócesis de Río Gallegos, Ignacio Medina.
El rito consistió en bendecir el altar, ungirlo con el Santo Crisma y quemar incienso sobre él. Después de que los fieles lo cubrieron con un mantel y colocaron las flores, monseñor Medina encendió las velas y dejó el altar listo para la misa.
Una canilla, un baldío y una comunidad que empezó a rezar
La historia de la parroquia se remonta a los años sesenta. En 1962, en la esquina de Ramón y Cajal y Salta, donde hoy se levanta el templo, había una canilla pública que abastecía desde el Instituto del Tórax. Como en la zona no había agua corriente, ese punto en el baldío se volvió un lugar de encuentro obligado para los vecinos, que espontáneamente empezaron a reunirse para rezar.
En 1965 comenzaron a instalar un medio caño en el terreno y al año siguiente lograron celebrar la primera misa.
Claudia Erro, integrante del grupo que investiga los orígenes de la parroquia, contó cómo fue el trabajo: "Comenzamos hace unos meses atrás pensando en profundizar un poquito la historia. Soy una enamorada de la historia de los lugares, me gusta mucho conocer sobre mi ciudad, así que formamos un grupo y empezamos a investigar los inicios de la parroquia".
Lo que encontraron fue que la parroquia nació por iniciativa de los propios vecinos. En 1964 empezaron a juntarse en casas de familia para rezar el rosario y los laudes, y a organizar misas con algún sacerdote. La convocatoria creció tanto que las casas quedaron chicas. Don Gumercindo Pacheco y don José Yung, los que más se movían y tomaban decisiones, pidieron un terreno en la municipalidad y lo consiguieron.
Primero levantaron una capilla, que también quedó chica, y después un galpón para reuniones, catequesis y kermeses. Con el tiempo, ese galpón se transformó en el templo.
El dispensario, Cáritas y el jardín de infantes
Cuando el lugar quedó vacío, monseñor Alemán le pidió a Ascensión Peñaranda, laica consagrada y enfermera, que se ocupara de la atención primaria, las vacunas y el acompañamiento a las mamás embarazadas. Así nació un dispensario en el espacio que antes había sido la capilla. Funcionó unos tres años, hasta que se trasladó al hospital, donde las hermanas vicentinas hacían la Ollita de San Vicente.
Más tarde empezó a funcionar Cáritas. Erro recordó un dato que la sorprendió: había un colectivo en la zona del basural con gente viviendo allí. Sin forma de cocinar ni dinero para comprar alimentos, Cáritas les llevaba todos los días una comida caliente al mediodía y sándwiches para la noche.
Cuando cerró el dispensario, el barrio necesitaba un jardín de infantes. El Estado creó el Jardín San Vicente de Paul, que hoy funciona al lado de la Escuela N° 39, en la calle Colón. El primer espacio que ocupó fue el del primer templo.
"No importan tanto las paredes, sino que importa la gente, la comunidad que es la que va creciendo", resumió Erro.
La boya que marcaba el paso de los barcos
En la entrada de la parroquia hay una boya que perteneció a la Swift. Cuando la empresa quebró, le dejaron en guarda al señor Estévez, jefe de personal, los bienes que quedaban, entre ellos la boya y un ancla. En tiempos de un gobierno de facto, ante el riesgo de que se llevaran las cosas, Estévez habló con el párroco de entonces y le pidió que las guardara. El ancla no se sabe dónde terminó, pero la boya sigue allí.
Cuando estaba en uso, marcaba la entrada del barquito que la municipalidad había recuperado para la Swift. Después estuvo a la altura de los playones del parque Roquel, donde los chicos la usaban de tobogán. Al traerla a la parroquia, los chicos siguieron usándola como tobogán, pero como es de metal y estaba oxidada, hubo que cerrarla y soldarla para evitar accidentes.
Graciela Estévez, hija de quien tuvo las cosas en guarda, fue quien le contó esta historia a Erro. Hoy la boya alberga una ermita del Movimiento de Schoenstatt, uno de los movimientos marianos, decorada con flores.
Un libro para que la historia no se pierda
El grupo sigue reuniendo testimonios y fotografías. Con el material que tienen armaron un cronograma de publicaciones en Instagram y Facebook, con el usuario "Vicente de Paul", y calculan que tienen contenido hasta marzo del año próximo. La intención es volcar todo en un libro: uno para la parroquia, uno para la Municipalidad, uno para Casa de Gobierno y uno para el Obispado.
"Al tener que contar estas cosas, a gente de edad avanzada es como que le renovó la vida", dijo Erro. Y agregó que la parroquia sigue abierta a la comunidad: a partir de las 17:30, todos los días, hay una secretaria que recibe pedidos de visitas a enfermos y comunión en domicilios para quienes no pueden moverse.
Durante las fiestas patronales se realizó una misión en distintos puntos de la ciudad. "La gente te atiende con tanta alegría. Me había olvidado de eso, de que Río Gallegos era nombrada como la ciudad cordial", contó Erro, y mencionó que en algunos lugares públicos se regalaron cuadritos con la imagen de San Vicente de Paul.
