Rosario: la novela que un preso escribió desde la cárcel vuelve a las librerías tras años agotada
La novela que Jorge Barquero escribió desde la cárcel y que se volvió un objeto de culto regresa a las librerías de Rosario después de años agotada. La reedición se presenta en la Feria del Libro, pero el dato que la vuelve imperdible no es solo literario: el autor fue condenado a diez años de prisión por un secuestro extorsivo, y su historia personal se mezcla con la ficción de un modo que todavía incomoda.
La literatura de Rosario tiene un motivo para festejar: vuelve a las librerías La ley de la memoria, la novela que Jorge Barquero publicó en 1999, que se convirtió en objeto de culto y que llevaba años agotada. La reedición llega con el sello de la Editorial de la Universidad Nacional de Rosario.
La presentación será el viernes 16 de octubre a las 19, en el espacio abierto del entrepiso del Centro Cultural Roberto Fontanarrosa, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Rosario.
Un autor que escribió desde la cárcel
Barquero nació en Rosario en 1942 y murió en 2010. Definía su novela como "una novela testimonial" y admitía que era "un 80 por ciento autobiográfica". Su historia personal está atravesada por una condena a diez años de prisión por un secuestro extorsivo, un episodio que con el correr del tiempo se mezcló con la leyenda que rodeó al autor.
Desde la cárcel, Barquero se contactó con Ricardo Piglia, que fue el primer lector de sus relatos. Su obra continuó después con los libros de cuentos Sabihondos y suicidas (2003) y Una fosa en Los Cipreses (2009), y con la crónica Maipú, la calle del oro (2010).
De la fábrica de pelotas al negocio del oro
La novela transcurre entre Rosario, Buenos Aires y Córdoba, entre 1977 y 1986. El narrador, alter ego transparente del autor, está acosado por las deudas tras cerrar una fábrica de pelotas de cuero que había montado en Alberdi. La apertura de las importaciones durante la gestión de Martínez de Hoz lo dejó en la ruina y con la amenaza de caer preso por librar cheques sin fondos.
La salida es el negocio de compra y venta de oro. Barquero narra el aprendizaje del oficio junto a un comerciante porteño: "siete horas diarias de escuchar operaciones, atender consejos, quemarme con el ácido (para chequear el estado de las alhajas), manejar la calculadora cargada, preguntar, observar".
El protagonista instala la joyería "El príncipe del oro" en Maipú y Mendoza, un nombre que alude a su principal competidor, "El rey del oro", de José Luis Bedoya. En poco tiempo lo desbanca. El negocio consistía en comprar oro en Rosario a precio de Buenos Aires y revenderlo a un joyero porteño con una comisión de setenta centavos de dólar por gramo y una provisión semanal mínima de doce kilos.
El progreso del personaje es contante y sonante: "Departamento céntrico y a estrenar, inmenso, con todas las comodidades. Los chicos en escuela privada, un cero kilómetro en la puerta como se dice y todo por delante. La familia a mi lado y nuevas amistades". Pero al mismo tiempo "el riesgo de ser robado y mal, aumentaba", por lo que se rodea de custodios, policías retirados y en actividad.
El derrumbe y la cárcel
La caída es tan vertiginosa como el éxito: un doble crimen, amenazas de muerte, un atentado explosivo y la traición de un amigo de la infancia. El narrador le alquila una quinta en Funes y el amigo, sin avisarle, la usa para esconder a un comerciante secuestrado en Córdoba. La policía descubre el escondite y el personaje termina en prisión, igual que Barquero en los hechos reales.
Allí comienza otra historia dentro de la novela, con reflexiones sobre el sistema penal y los códigos de la vida tumbera. "Los tribunales son una fábrica", escribe Barquero. "Se rubrica la mercadería –existen 302 artículos– y luego se la remite a ese gran depósito que es la cárcel. Ésta en poco tiempo se abarrota, y eso habla de la ineficacia de la justicia en su sección ventas y de lo aceitado que tiene su engranaje la maquinaria afectada a la producción. Al juez, al médico, al siquiatra y al guardia nada les importa el estado en que la mercadería ingresa al depósito".
La trama incorpora referencias a la represión durante la dictadura –el crimen nunca esclarecido del empresario Marcelo Dupont, los asesinatos de presos políticos en Córdoba–, personajes oscuros de la crónica –el comisario Santa Cruz, vinculado con casos de gatillo fácil en los años 80, un periodista rosarino que escracha al protagonista en la radio– y figuras del hampa como un preso apodado el Patriarca.
"Me sentí en medio de una ficción y una realidad", dice el narrador. En el paso de los hechos reales a la novela algunos nombres subsisten, otros tienen ligeras variantes y otros parecen modificados, como Muller, el amigo que lo mezcló en el secuestro y que terminó fusilado en la isla El Espinillo.
El título y la memoria
El nombre de la novela refiere a la ley de obediencia debida, sancionada en junio de 1987. La obra contrapone la memoria de los derrotados y los perdedores a la "ley de olvido" del gobierno de Raúl Alfonsín. "A los militares los libros les adjudican una bandera, un par de batallas gloriosas y un par de revoluciones también, por qué no. Pero nosotros, los delincuentes comunes, que no hemos leído tanto, solamente le adjudicamos toda la muerte que vimos. Todas esas muertes cobardes", plantea "Soviet" Rojas, un preso testigo de los crímenes de la dictadura en la Penitenciaría del barrio San Martín, en Córdoba.
En el prólogo a la reedición, Beatriz Vignoli destaca que "la novela se lee como una summa de proyectos que convergen: el drama autobiográfico, con ribetes de picaresca; la novela de género policial; el guiño metaficcional como ejercicio de estilo literario, y el episodio testimonial como respuesta ética contra el indulto del presidente Menem a los genocidas de la última dictadura".
En el epílogo, el narrador se indigna: "Los asesinos y permisivos nombrados, en libertad, sin juicios ni condenas. O con indultos. Algunos en funciones. Gente que hasta ha de contar con la suerte de que la presente novela testimonial sea tomada como una simple ficción de entretenimiento". Y agrega: "guardo íntegro el sabor amargo de esos momentos en que tomé un camino inapropiado".
En 2009, la presentación en Córdoba de Una fosa en Los Cipreses provocó la protesta del comerciante que había estado en cautiverio en la quinta de Funes.
Un premio y una anécdota con Lifschitz
Sabihondos y suicidas ganó el segundo premio del concurso municipal Manuel Musto. "Fui recibido por el ingeniero (y entonces intendente Miguel) Lifschitz, quien gentilmente me extendió una tarjeta personal «para cuando necesite usarla»", contó Barquero. "Y ahí nomás necesité usarla. Le dije delante de los otros premiados y de la secretaria de Cultura, Marina Naranjo: «Qué le parece, señor intendente, si de aquí en adelante se premie con dinero efectivo a los ganadores de poesía y prosa municipales, ya que hay demasiados esfuerzos, sacrificios y gastos a compensar». A partir del año siguiente, la casualidad hizo que ambos premios fueran remunerados con dinero efectivo".
"No busquen estilo alguno porque solo hallarán palabras llanas, el modo de mi habla", pretendió Barquero. Pero la reedición de La ley de la memoria repone un texto fundamental de la literatura de Rosario. "La novela se anticipa por mucho a este presente, al que se ha dado en señalar como el tiempo de la crueldad. Y que es cruel al punto de pretender hacer desaparecer la memoria de crueldades pasadas. Pero como dicen los policías de Barquero, basados en policías de la vida real que se inspiran en películas que a su vez se basan en libros: Esto les refrescará la memoria", apunta Vignoli.
La presentación será el viernes 16 de octubre a las 19 en el espacio abierto del entrepiso del Centro Cultural Roberto Fontanarrosa, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Rosario.
