Sesenta pisos, 200 metros y un terreno que supo ser refinería: la torre que se levantará en Gorriti y Carballo ya tiene fecha de inicio y un detalle que redefine el mapa de la ciudad. ¿Dónde queda el resto?
La ciudad que alguna vez fue chata y uniforme está a punto de vivir un salto histórico. En el terreno que ocupó la Refinería Argentina de Azúcar, en la zona que durante décadas albergó un entramado ferroportuario, obrero e industrial, se levantará la megatorre de 60 pisos y 200 metros de altura que se convertirá en el rascacielos más importante de Rosario y el segundo de todo el país. El proyecto, en Gorriti y Carballo, marca el punto culminante de un proceso de verticalización que arrancó hace 120 años con un edificio de apenas 25 metros y seis plantas: La Bola de Nieve.
El fenómeno tuvo su epicentro histórico en el centro, pero en los últimos años corrió su eje hacia el norte. La mirada ya no está solo en las azoteas cercanas a las nubes: también interpela los modos en que se piensa —o se intenta pensar— una ciudad.
La revolución que cambió todo: el ascensor
A fines del siglo XIX, la joven Rosario era chata y homogénea. Solo tres estructuras se divisaban a distancia: el campanario de la iglesia catedral, frente a la plaza 25 de Mayo; la torre de la estación de trenes de Wheelwright y Paraguay, y la de los Tribunales de Moreno 750, hoy Facultad de Derecho. En ese contexto, el proyecto de Eduardo Le Monnier para la sociedad de ahorro mutuo La Bola de Nieve marcó un hito en 1906: seis plantas y la novedad de un ascensor. Así lo sintetiza el arquitecto y docente de la UNR Carlos Candia, que dicta justamente Historia de la Arquitectura.
Los primeros inmuebles en altura los levantaron aseguradoras que volcaban el exceso de renta generado por el comercio agroexportador y el puerto en pleno crecimiento. “Los edificios tenían un solo dueño y se alquilaban para viviendas y oficinas. El segundo con ascensor fue La Agrícola (1907), en la ochava sureste de Córdoba y Corrientes”, detalla Candia. El ascensor invirtió la lógica que ubicaba a los sectores humildes en los pisos superiores, escaleras y esfuerzo mediante. Desde entonces, la población de mayor poder adquisitivo pudo contemplar el paisaje urbano desde arriba, dominarlo con la vista.
La arquitecta Jimena Cutruneo, investigadora del Curdiur-Conicet-UNR, recuerda que la obra de Le Monnier en Córdoba y Laprida “por mucho tiempo representó para los rosarinos el paradigma de un edificio en altura: fue el primero financiado por una empresa que buscaba una representación y por eso la forma de la cúpula (casi esférica, a su vez rematada con una esfera blanca que simbolizaba a la compañía y alcanzaba los 33 metros). Fue un símbolo de prestigio y progreso para la ciudad, con París como referente”.
Habría que esperar hasta la década siguiente para que lo superara La Inmobiliaria (1914, Córdoba y Corrientes), con 47,5 metros hasta el tope de la cúpula. Cutruneo, también doctora en Humanidades y Artes con mención en Historia, señala que “la ciudad no tenía una demanda en relación al suelo —como en la actualidad— que ameritara la densificación; se hacían obras en altura más que nada por una cuestión de representación y los propios edificios construyen el valor del suelo que se da a posteriori. Parecido a lo que sucede hoy, por ejemplo, en Puerto Norte”.
Del Palacio Minetti a La Comercial: los primeros rascacielos
En los años ‘20 se produce “una expansión vertical acelerada que fue acompañada de las mayores transformaciones formales, espaciales y distributivas”, según Cutruneo. Rosario suma su primer rascacielos al estilo neoyorquino: el Palacio Minetti, que entra en el ranking de altura de la década. Recién en 1938 llega una construcción más elevada, la mayor de la primera mitad del siglo: La Comercial de Rosario, en Córdoba y bulevar Oroño, proyectada por los arquitectos De Lorenzi, Otaola y Rocca (estudio DOR).
“El edificio en altura supone una complejidad que siempre está discutiendo con intereses sectoriales: en aquella primera etapa un sector quería el embellecimiento del centro y otros ampliar la planta urbana”, continúa la investigadora.
“El crecimiento vertical se da de manera espontánea, en la práctica, experimentalmente. Los arquitectos que participan del proceso también son actores de la vida política y de la vida universitaria. Recién en 1932 tuvimos un reglamento de edificación, antes solo había ordenanzas sueltas. Era todo muy lábil”, afirma Cutruneo, que además de docente en la Facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño de la UNR dirige un equipo de investigación desde 2013.
“En 1943 la ley de Congelamiento de Alquileres le pone tope a la especulación de los rentistas, por lo que disminuye la construcción de edificios para renta. En el 48 sale la ley de Propiedad Horizontal y de nuevo se incentiva la construcción en altura, por la posibilidad de vender (la torre) por partes”, reseña. Candia apunta que esta norma nacional cambió la ecuación de las inversiones inmobiliarias y coincide en que apuntala a la clase media para acceder a la propiedad de un departamento. Es que además se estimula el crédito. Mientras tanto, La Comercial de Rosario seguía dominando el skyline (literalmente, línea de cielo) con sus 16 pisos, hasta que en 1957 la superó el Monumento a la Bandera, cuya torre escala 70 metros.
La fisonomía que se transforma
La verticalización no se detuvo. En la década del 70 se produjo un boom de la construcción a tono con leyes nacionales de desgravación fiscal, que impactó fundamentalmente en la avenida Pellegrini y en el barrio Martin. Aparecieron empresas locales emblemáticas dedicadas a erigir edificios de departamentos y se profundizó el proceso de sustitución, con la consiguiente demolición de viviendas, palacios, mercados y teatros. Hubo incluso Fonavis en altura.
“Hasta 1983 ningún programa protege el patrimonio y se tumban edificios históricos que se consideraban antiguos. Tirar abajo lo viejo era un símbolo de progreso, tiene que ver con un clima de época”, señala Cutruneo.
Tras la recesión de los ‘90 y la devaluación del peso, llegó con el nuevo siglo otro boom de la mano del auge sojero. Aunque existen topes para las construcciones, también se admiten excepciones y se multiplican los debates. El perfil de la ciudad asciende: en 2002 la torre Punta Divisadero, en la costa central, alcanza los 115 metros con 37 pisos. Por primera vez una estructura supera los cien metros. La Aqualina, de San Luis y Alem, le gana en 2009 con 127 metros y 40 pisos, aunque al año siguiente la superan las Dolfines Guaraní I y II, gemelas premium de 137 metros y 45 niveles, ya en Puerto Norte. En la misma zona se alza en 2013 la Maui I, de 141 metros, que también suma una gemela de alta gama en 2023.
El futuro que ya se construye
La reciente demolición de silos agroportuarios del barrio Islas Malvinas pone en pista a la megatorre de usos mixtos de la compañía Sancor Seguros, que para su construcción consiguió en 2022 una excepción del Concejo municipal. El área de gran valor paisajístico se convirtió en epicentro de la verticalización y una de las más cotizadas de la ciudad; a la vera del Paraná, cuya ribera quedará muy lejos desde el piso 60. De hecho, el proyecto prevé “viviendas en la parte baja de la barranca y una guardería náutica que aprovecha la llegada del proyecto al río”.