Rosina Quiroga aprendió a esquilar de chica, pero hay algo que todavía no cambió en el campo
Rosina Quiroga creció entre chivas y esquila en la meseta chubutense. Hoy integra una asociación de productores, pero hay algo que aprendió de grande y que todavía no cambió en el campo.
En el Día Internacional de la Mujer Rural, Rosina Quiroga, integrante de la Asociación de Productores Minifundistas Ganaderos y de Agricultura Familiar de Gan Gan, advirtió que el trabajo de las mujeres en el campo sigue sin recibir el reconocimiento que merece. Su historia está atada a la meseta chubutense y a una vida de producción ganadera que aprendió desde muy chica.
Quiroga forma parte de la asociación desde sus inicios, alrededor de 2009. Aunque hoy se dedica principalmente a tareas administrativas y ya no cumple las mismas funciones que antes, sigue ligada a la actividad por sus raíces familiares y por un compromiso que no piensa soltar.
Una infancia entre chivas, esquila y alambrados
Sus padres vivieron toda la vida en el campo. Durante las vacaciones escolares, ella aprovechaba para acompañarlos y colaborar con las tareas rurales: el cuidado de las chivas, la esquila, la revisión de los animales y los trabajos de alambrado.
Ese entorno le permitió aprender labores que tradicionalmente se consideraban propias de los hombres. “La crianza en ese ambiente me enseñó cosas que muchos creen que son solo para varones”, explicó Quiroga, según recogió Radio Chubut.
El trabajo invisible de las mujeres rurales
Para Quiroga, las tareas que las mujeres realizan en el campo implican esfuerzo, dedicación y conocimientos, pero muchas veces quedan invisibilizadas frente a una concepción tradicional que reserva ciertas actividades para los varones.
La referente sostuvo que ese trabajo no recibe el reconocimiento que merece, y que esa falta de valoración es una deuda que persiste en el ámbito rural.
Los desafíos de vivir en el establecimiento
Quiroga también hizo hincapié en las condiciones de vida de quienes permanecen en los establecimientos rurales. Las distancias, el aislamiento y la soledad son desafíos cotidianos, a los que se suman las condiciones climáticas, el estado de los caminos, el acceso al agua y los costos de producción y comercialización.
A pesar de las dificultades, su vínculo con la actividad sigue atravesado por la historia de sus padres y por el legado que busca preservar.