Una noche de 1816, San Martín sirvió dos vinos con las etiquetas cambiadas y dejó a sus invitados en ridículo. Dos siglos después, Mendoza enfrenta una versión comercial de esa misma trampa en el mercado británico.
Corría 1816 en la casa del gobernador de Cuyo. San Martín había invitado a su mesa al colombiano Mosquera, a Antonio Arcos —su jefe de ingenieros— y a Manuel de Olazábal, un joven de dieciséis años que décadas después dejaría el recuerdo por escrito en sus memorias. Antes de la cena, el general había ordenado cambiar los rótulos de dos botellas: el vino de Málaga quedó con la etiqueta de Mendoza y el mendocino se vistió de Málaga.
Los comensales probaron el primero y lo despacharon como “un rico vino pero que le faltaba fragancia”. Con el segundo, en cambio, se deshicieron en elogios. San Martín los dejó hablar y después soltó la risa: “Caballeros, ustedes de vinos no entienden un diablo, y se dejan alucinar por rótulos extranjeros”.
La anécdota se repite en Mendoza como una travesura del Libertador, y lo es. Pero también esconde una advertencia: quien estaba formando un ejército con los recursos de una provincia pobre sabía que el valor de lo propio no lo fijan los demás. Aceptar la etiqueta ajena, en cualquier terreno, es la manera más rápida de perder una discusión.
Doscientos diez años más tarde, esa lección tiene una aplicación concreta para la provincia. Y el escenario, esta vez, no es una mesa cuyana sino una sala de degustación en Londres.
La escena que nadie le revela al importador
Imaginemos la cena otra vez, pero en el Reino Unido. Un importador británico prueba dos copas del mismo Malbec mendocino. Una lleva la etiqueta “Argentina”, y junto a la botella su departamento de riesgo dejó un informe que menciona un litigio internacional, un posible veto comercial y una cancillería que no deja de enviar notas de desaliento a las petroleras que operan en las islas.
La otra lleva etiqueta chilena, con un acuerdo comercial vigente con el Reino Unido y un asiento en el Acuerdo Transpacífico. El importador decide rápido. Ni siquiera hace falta que el vino sea peor: alcanza con que la etiqueta pese más. Y a diferencia de lo que ocurrió con los oficiales de 1816, nadie va a revelarle después el truco.
La escena es inventada. Los números, no.
Un año malo y un cliente que sigue siendo decisivo
El vino argentino viene de una temporada adversa: 2025 cerró con el peor desempeño exportador del sector en más de dos décadas, y el Reino Unido figuró entre los mercados donde se perdieron posiciones. Aun así, sigue siendo un comprador clave.
En febrero de este año, según datos provisorios del Instituto Nacional de Vitivinicultura, fue el primer destino del vino argentino, con 37.689 hectolitros, por delante de los Estados Unidos. Eso equivale a casi la cuarta parte de todo lo exportado ese mes.
Chile, en cambio, llega fortalecido. A comienzos de 2024 el Reino Unido pasó a ser el principal destino de sus vinos en valor, y sus bodegas venden allí con un acuerdo comercial firmado después del Brexit y como socias del CPTPP, el Acuerdo Transpacífico, un bloque de países de Asia, Oceanía y América que suma alrededor del 13 por ciento del PBI mundial y al que Londres se incorporó ese mismo año.
Dicho de otro modo: el principal cliente de Mendoza es también el mercado donde su competidor más directo juega con ventaja.
Malvinas, la OCDE y un voto que puede frenar todo
En ese contexto, la disputa por Malvinas entra en su fase más delicada en años. El 20 de octubre, el Tribunal Internacional del Derecho del Mar fijó para el 10 y el 11 de noviembre, en Hamburgo, las audiencias en las que la Argentina pide medidas provisionales contra la exploración petrolera en el yacimiento Sea Lion, al norte del archipiélago.
Según trascendió a mediados de octubre, Londres evalúa responder bloqueando el ingreso argentino a la OCDE —la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, el club de economías avanzadas al que el país aspira a sumarse como señal de confianza ante los inversores— y también al CPTPP.
En ambos casos, cualquier nueva adhesión requiere el consenso de todos los miembros: un solo voto alcanza para frenarla. Nadie habló todavía de vino. Pero cuando una disputa de soberanía empieza a discutirse en clave comercial, la provincia que más le vende al adversario es la que más arriesga.
El antecedente de 1933: cuando se pagó en soberanía
La historia argentina ya conoce ese dilema. En 1932, la Conferencia de Ottawa consagró la preferencia imperial británica y dejó a la carne argentina ante la amenaza de perder a su principal comprador. Al año siguiente, el vicepresidente Julio A. Roca firmó en Londres el tratado que lleva su nombre y el de Walter Runciman.
Gran Bretaña se comprometió a no reducir sus compras de carne enfriada por debajo de los volúmenes de 1932. A cambio, la Argentina dejó el 85 por ciento de la cuota de exportación en manos de frigoríficos extranjeros, rebajó aranceles a los productos británicos y prometió un trato benévolo a las empresas de ese origen. Roca llegó a decir que su país era, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico.
Hay historiadores que defienden aquel acuerdo como el mal menor para un gobierno que negociaba sin alternativas. Y justamente ahí está la lección: quien depende de un solo comprador termina pagando en soberanía lo que no puede pagar en opciones.
Las dos puertas que Mendoza tiene a la vista
Mendoza no está condenada a repetir esa historia, porque el mundo es bastante más grande que Londres. La provincia tiene dos salidas, y las dos están a la vista.
Hacia el Pacífico, el paso Cristo Redentor es la puerta natural a un océano donde están Japón, México o el Perú —socios del mismo bloque que el Reino Unido amenaza con cerrar—, pero también China, la India y el Sudeste Asiático, mercados enormes donde el vino argentino ocupa todavía un lugar marginal.
Hacia el Atlántico, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, ya en aplicación provisional, abre un mercado de cientos de millones de consumidores sobre el que Londres, desde el Brexit, no tiene voz ni voto. En el mismo hemisferio están Brasil, socio del Mercosur, y Canadá, uno de los pocos destinos que crecieron el año pasado.
Ninguna de esas puertas reemplaza de un día para otro al consumidor británico, y sería irresponsable sugerirlo. Lo que cambia es la posición desde la cual se negocia.
¿Se puede recuperar terreno y superar a Chile?
Es posible, aunque no gratis. La ventaja chilena tiene menos que ver con sus viñedos que con su diplomacia comercial: una red de acuerdos mucho más extensa que la argentina le abrió medio mundo con aranceles más bajos. Esa distancia se acorta negociando acuerdos y saliendo a buscar compradores uno por uno.
En esa búsqueda la Argentina tiene una carta que Chile no posee en la misma medida: el malbec, un nombre que en buena parte del mundo ya funciona como sinónimo de vino argentino.
Hay también una ironía geográfica que conviene no pasar por alto. El camino al Pacífico atraviesa Chile, el mismo país que hoy disputa las góndolas londinenses con las bodegas mendocinas. San Martín cruzó esa cordillera para pelear junto a los chilenos, y la competencia comercial de hoy no debería hacer olvidar que ambas laderas de los Andes comparten la salida.
La lección del gobernador que cambió los rótulos
El gobernador que aquella noche de 1816 cambió las etiquetas hacía en pequeño lo mismo que hacía en grande con el Ejército de los Andes. Reunió tropas, fundió cañones en la maestranza de fray Luis Beltrán y sostuvo la campaña con lo que Cuyo podía dar, sin esperar que alguien de afuera le certificara cuánto valía la provincia.
Para la Mendoza de hoy la lección es modesta y difícil a la vez: tener tantas puertas abiertas que ninguna etiqueta ajena alcance para fijar el precio de lo propio, ni el del vino ni el de Malvinas.
Dr. Rodolfo Fernando Rivera, MD, PhD — Presidente del Instituto Sanmartiniano de Italia (ISMI) y de la Academia Latinoamericana de Historia Militar (ALHM), filial Italia.