Santa Rosa, Aguilares: la ruta se convirtió en su único refugio ante la furia del agua

Cuarta vez en un mes: familias de Aguilares tuvieron que huir de sus casas y dormir en la Ruta 38. ¿Hasta cuándo tendrán que vivir con el miedo constante a perderlo todo?

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Santa Rosa, Aguilares: la ruta se convirtió en su único refugio ante la furia del agua

Familias enteras de Santa Rosa, en Aguilares, pasaron la noche en la banquina de la Ruta 38, bajo gazebos improvisados, después de que una nueva crecida del Río Chico inundara sus viviendas. Con el agua a la altura de las rodillas dentro de sus casas, los vecinos solo tuvieron tiempo de rescatar lo indispensable antes de huir hacia la ruta, un escenario que se repite con angustiante frecuencia en el sur tucumano.

Entre las 11 de la mañana y el mediodía, el agua comenzó a avanzar por el barrio sin dar tregua. Pablo Pacheco, de 26 años, relató la desesperación del momento. “Llegó inesperadamente, nos tomó de sorpresa. El agua no da tiempo a nada”, contó. Su mayor preocupación fue sacar a su mamá y a su abuela, personas mayores reacias a abandonar su hogar.

Una historia que se repite

“Ya es la cuarta vez este mes”, afirmó Pablo, quien vive en Santa Rosa desde que nació. La escena no es nueva para él ni para su comunidad. Lograron salir y levantar electrodomésticos, ropa y la heladera, pero en una inundación anterior, hace solo dos semanas, perdió un guardarropas. Ahora, miran desde la ruta, sin saber qué encontrarán al regresar.

Pablo habla con una resignación aprendida a fuerza de tragedias. “Solo queda esperar que no suba el agua, que no suba el caudal, porque si no la desgracia va a seguir”, reflexionó. Para las familias de Santa Rosa, las inundaciones son un capítulo recurrente de su vida, especialmente en esta época del año.

Memorias de otras crecidas

La historia del barrio está marcada por el agua. “Mis papás y mi abuela cuentan que esto siempre pasó. Me hablan del 2000. Y en 2015 yo recuerdo que fue terrible: tuvimos que cortar la ruta 38”, recordó Pablo. Explicó que la zona sur del barrio, más baja, suele ser la más afectada cuando el Río Chico crece con fuerza tras las lluvias.

Para Pablo y sus vecinos, lo más devastador tras la pérdida material es el impacto emocional. “Detrás de cada inundación hay gente que llora, que pierde sus cosas y que tiene que empezar de nuevo desde cero”, escribió en sus redes sociales, dando voz a la angustia y la impotencia colectiva.

Despiertos y atentos toda la noche, los Pacheco y otras siete familias permanecieron en la ruta, con la mirada fija en su barrio sumergido. Su vigilia en la banquina es el testimonio crudo de una lucha constante contra los elementos, donde la ruta se vuelve, una y otra vez, el último refugio posible.

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