Se anotó para adoptar estando solo y eligió un país que casi nadie elige: hoy sus dos hijos lo llaman papá
Daniel Rueda estaba solo y decidió que eso no lo iba a frenar: inició la adopción internacional antes de 2010. Cuando por fin viajó a Haití a conocer a los dos hermanos, descubrió algo que todavía lo descoloca.
Daniel Rueda se define con una sola palabra: padre. Después vienen los otros títulos —abogado, gestor cultural, curador, comunicador—, pero ninguno pesa tanto como la experiencia que lo llevó a Haití en 2015 para conocer a los dos hermanos que se convertirían en sus hijos.
Mackenson hoy tiene 19 años y está terminando los seis años del Liceo Agrícola. Emmanuel, de 17, concluye el secundario en la escuela José Vicente Zapata, con orientación audiovisual. Los dos se preparan para entrar a la universidad.
“Por eso que hoy estén haciendo el preuniversitario hace que me explote el corazón”, confiesa.
La emoción tiene un porqué. Cuando llegaron a Mendoza, los chicos tenían 5 y 7 años, jamás habían pisado una escuela y eran analfabetos por una razón trágica: vivían en un orfanato después del terremoto de 2010. Hablaban creole, tenían que aprender español, adaptarse a otra cultura y acostumbrarse a una casa y a un hombre que hasta ese momento era un completo desconocido.
Once años más tarde, esos mismos chicos terminan el secundario y empiezan a elegir qué hacer con sus vidas.
La decisión de ser padre en soledad
La historia había arrancado mucho antes del viaje. Daniel ya había iniciado los trámites para adoptar por vía internacional antes de 2010, aunque todavía no tenía definido a qué país mandaría la documentación. La decisión, asegura, fue muy pensada y no dependía de armar una familia de la manera tradicional. Estaba solo y entendió que eso no le impedía convertirse en papá.
Primero necesitó el Certificado de Idoneidad de la Justicia argentina, que acredita que una persona está en condiciones de adoptar. El trámite incluía entrevistas psicológicas, evaluaciones ambientales y otros requisitos. Mientras avanzaba, investigó qué países aceptaban adopciones monoparentales: Colombia, Burundi, Brasil y Costa de Marfil estaban entre las opciones que analizó.
El terremoto del 12 de enero de 2010 devastó Haití. Para entonces Daniel ya había comenzado la búsqueda, aunque el destino seguía sin definirse. Finalmente, Haití terminó siendo el lugar donde encontraría a sus hijos.
La adopción nacional suponía en aquel momento una espera que podía superar los diez años, con más de 500 personas inscriptas. “Me dije: quedar en una lista de más de 500 inscriptos, pretendiendo armar una familia monoparental... no. Voy por un camino más corto. Me preparo, cumplo la legalidad y veo qué país me aceptaba”, recuerda.
Huelgas, un expediente perdido y meses de espera
El camino tampoco fue sencillo. Durante el trámite del certificado de idoneidad hubo huelgas judiciales en Mendoza y un error administrativo hizo que su expediente terminara en una repartición que no correspondía. Recuperarlo le llevó más de cuatro meses. Cada demora estiraba la espera para que los chicos pudieran empezar una vida nueva.
“Son cosas que, vistas desde afuera, pueden parecer solamente problemas administrativos. Pero cuando uno está esperando para que un ser humano pueda comenzar una nueva vida, cada mes tiene otro significado”, reflexiona.
Después de completar las validaciones en la Argentina, los trámites ante Cancillería, las traducciones y la documentación necesaria, pudo enviar su expediente a Haití alrededor de 2012. Un orfanato aceptó su carpeta y se resolvió que los chicos fueran dos hermanos, porque se consideró que lo mejor para ellos era permanecer juntos.
Mackenson había nacido en 2007 y Emmanuel en 2009, ambos en Puerto Príncipe. El 28 de enero de 2015, Daniel llegó al aeropuerto para encontrarse con ellos por primera vez. Había imaginado ese momento durante años, pero una cosa era soñarlo y otra, muy distinta, tenerlos delante.
“Creo que es imposible explicar completamente lo que significa llegar después de tanto tiempo y encontrarte con tus hijos, y descubrir que desde el minuto cero estábamos destinados a estar juntos. Había imaginado muchas cosas, pero la realidad siempre es otra”, cuenta.
El delfín, el mar y el primer helado
Entre los recuerdos que conserva hay uno que todavía los hace reír. Antes de viajar, Daniel había mandado algunas fotos suyas a través de una familia argentina que también iba a Haití por una adopción. En una de las imágenes aparecía junto a un delfín, en un acuario. Los chicos vieron la foto y se imaginaron que su nueva casa tendría una pileta enorme y un delfín como mascota.
La fantasía sigue viva en las bromas familiares. Pero hubo otros descubrimientos que quedaron grabados de otra manera. Daniel permaneció unos días en el orfanato para que los hermanos pudieran conocerlo y empezar a confiar en él.
“En definitiva, éramos tres extraños”, recuerda.
Después viajaron a Santo Domingo y compartieron por primera vez unos días solos en un hotel. Allí los chicos conocieron el mar, aunque el orfanato donde vivían estaba a pocos metros de la costa: las condiciones de seguridad y las reglas que debían cumplir les habían impedido disfrutarlo. También se bañaron en una pileta, probaron su primer helado y descubrieron cosas tan cotidianas como una ducha, los veladores junto a la cama o los secadores de manos de los aeropuertos.
“Son pequeñas cosas, pero después terminan construyendo una historia familiar”, dice Daniel.
La llegada a Mendoza fue otra escena inolvidable. Familiares y amigos los esperaban en el aeropuerto con globos y regalos. Los chicos respondían a la bienvenida con sonrisas enormes. Esa noche compartieron un asado y empanadas. La aventura recién empezaba.
Empezar la escuela en una cultura diferente
En marzo de 2015, los hermanos comenzaron la escuela. Mackenson ingresó a segundo grado y Emmanuel a primero. No habían ido nunca a clases y tenían que aprender español, además de recuperar el tiempo de escolaridad. Su lengua era el creole; el mayor también conocía algo de inglés porque el orfanato estaba vinculado a una misión estadounidense.
La casa se convirtió en una suerte de diccionario cotidiano. Daniel pegó carteles con los nombres en español sobre distintos objetos para ayudarlos a reconocer las palabras y comprender el mundo que los rodeaba. La adaptación incluyó las tareas, las mochilas, los útiles, las nuevas rutinas y el desafío de acompañar a dos chicos que llegaban con una historia anterior a él.
“Fue empezar de cero para todos”, resume. “Ellos tenían que aprender español, incorporarse a la escuela, conocer una ciudad, entender nuevas costumbres y construir vínculos. Y yo tenía que aprender a ser padre de dos chicos que llegaban con una historia anterior a mí”.
No fue solamente un proceso de aprendizaje escolar. Había que construir confianza, generar vínculos y hacer que la casa se convirtiera en un hogar. Daniel reconoce que también fue importante aceptar ayuda y armar una red de contención para acompañar a los chicos en esa etapa.
En Mendoza, además, se encontró con una situación inédita. No recuerda antecedentes de hombres que hubieran adoptado solos en la provincia. Eso significó tener que responder preguntas y explicar una decisión que para él estaba muy clara.
“A veces digo que, en aquel entonces, tuve que dar muchas explicaciones para dar amor”, cuenta. Y se pregunta por qué tantas veces cuesta aceptar aquello que no se conoce. “No lo digo con resentimiento. Solo me pregunto por qué somos tan difíciles y rechazamos tan livianamente lo que no conocemos”, agrega.
Un equipo que sigue creciendo
La historia siguió adelante. Los chicos crecieron, hicieron amigos y construyeron sus propios vínculos. Hoy son dos adolescentes con los asuntos, las inquietudes y los intereses propios de esa edad. También llegaron los primeros amores: Mackenson tiene novia desde hace años y Emmanuel va y viene con una compañera de la escuela. Daniel habla de ellos con humor y orgullo, consciente de que la familia continúa cambiando y ampliándose.
“Somos un equipo. Hace mucho tiempo que somos un equipo”, dice con una sonrisa ancha.
Cuando mira hacia atrás, no habla del resultado solamente en términos de logros escolares. Le importa, sobre todo, ver quiénes son sus hijos y cómo construyen sus propias vidas. Para él, ser padre no consiste en decidir cada paso, sino en acompañarlos y darles herramientas para que puedan elegir su camino.
“Hoy, mirando hacia atrás, sé que fue la mejor decisión que tomé en mi vida. No lo digo por la temporalidad que motivó en gran parte ir por la adopción internacional. Lo expreso porque no se compara con nada de lo que hice”, asegura. Y lo sintetiza con una frase que repite sin dudar: “Es lo mejor que hice en mi vida”.
Más de 200 chicos esperan una familia en Mendoza
La experiencia también le dejó una mirada sobre quienes comienzan un proceso de adopción y después dudan. En Mendoza, señala, hay más de 200 chicos que esperan una familia y algunas personas inscriptas están reconsiderando su decisión.
“Primero les diría que es absolutamente respetable dudar. No creo que una decisión de esta magnitud deba tomarse por presión, culpa o impulso”, plantea.
Pero también propone que quienes llegaron a anotarse y después empezaron a vacilar se pregunten de dónde vienen esos temores. Buscar acompañamiento profesional, hablar con familias que ya atravesaron una adopción y conocer los desafíos reales puede ayudar a tomar una decisión más consciente.
“Quizás haya que madurar la decisión de otra manera. Informarse más, tejer redes, hablar con quienes ya atravesaron una adopción. Entender las dificultades reales, pero también entender todo lo que puede construirse”, dice.
Daniel no pretende decirles a esas familias qué deben hacer. Sabe que cada historia es distinta y que adoptar no es sencillo. En su propio recorrido hubo trámites, esperas, incertidumbre y obstáculos. Pero también encontró una vida familiar que hoy considera su mayor logro.
“Por eso no les diría a esas familias qué tienen que hacer. Les diría que no tomen una decisión definitiva desde un momento de cansancio o de miedo. Que vuelvan a preguntarse por qué empezaron. Y si todavía existe ese deseo, que se den la posibilidad de pensarlo nuevamente”.
Después deja una reflexión que nace de su propia historia y de los chicos que todavía esperan: “Porque del otro lado hay chicos esperando. Y quizás también haya una familia esperando, sin saberlo todavía, a esos chicos”.
Mackenson y Emmanuel llegaron a Mendoza con 5 y 7 años, sin escolarización y con un idioma que su nuevo papá no hablaba. Hoy terminan el secundario y empiezan a imaginar la universidad, con todo lo que eso implica: elegir, proyectar, equivocarse y volver a intentar. Daniel los acompaña desde el lugar que eligió para sí mismo hace más de una década.
Cuando piensa en el recorrido, vuelve a aquella decisión que tomó estando solo, a los meses de trámites y a los primeros días con dos chicos que todavía no conocía. No idealiza las dificultades ni presenta su experiencia como una receta. Simplemente sabe lo que significó para él.
Y hoy, frente a ese futuro que sus hijos empiezan a construir, vuelve a encontrar las palabras que mejor describen lo que siente: “Me explota el corazón”.