Se fue de Argentina sin hacer ruido: qué vino a buscar Peter Thiel y por qué se marchó
Se fue en silencio en pleno Mundial: qué vino a hacer el magnate tecnológico a la Argentina y por qué su proyecto chocó contra la realidad.
En pleno Mundial, mientras todos miraban para otro lado, el magnate tecnológico Peter Thiel abandonó el país a mediados de junio. Su partida silenciosa no calma las teorías que lo vinculaban con el gobierno de Javier Milei, pero revela mucho más de lo que parece.
Thiel, cerebro de la derecha dura global y férreo defensor de Donald Trump, había desembarcado en Barrio Parque en abril pasado. Desde entonces, crecieron las especulaciones sobre su influencia en las reformas del presidente argentino. Sin embargo, su salida podría no ser definitiva, aunque sí significativa.
¿Quién es Peter Thiel y qué buscaba en Argentina?
Empresario tecnológico exitoso, contratista del Pentágono y figura clave del trumpismo, Thiel cree que Occidente solo sobrevivirá adoptando rasgos militaristas y de control social. Su visión catastrofista lo llevó a buscar un país más maleable para experimentar su modelo: Argentina.
Thiel imaginó que Argentina era el terreno fértil para su combo de tecnocracia y romanticismo regenerativo, porque Milei también lo proclama en los foros globales. Pero la realidad local resultó menos dócil de lo esperado.
La comparación con Richter y el fantasma de Perón
La historia de Thiel recuerda a la de Ronald Richter, el científico austriaco que convenció a Perón en los años 40 de que podía generar energía nuclear de fusión. Richter condenó al programa tecnológico peronista al ridículo y al despilfarro, y su legado aún se defiende en ciertos círculos.
Thiel, en cambio, no encontró el mismo caldo de cultivo. El mundo actual reacciona rápido ante las fantasías: los inversores, la prensa global y los gobiernos extranjeros castigan cualquier desvarío. Argentina, además, es un país frágil y dependiente, no el laboratorio de autarquía que él soñaba.
Milei necesita reconciliarse con Occidente, no alejarse de él. Y Thiel promueve exactamente lo contrario: distancia y desconfianza hacia las democracias liberales. Por eso, su influencia quedó acotada a las batallas culturales, sin llegar a afectar el núcleo del programa económico.
¿Qué queda de la visita de Thiel?
Los ideólogos mileistas seguirán militando, pero sin los recursos ni el acompañamiento que necesitarían para repetir los errores del pasado. Thiel se cansó de las complicaciones argentinas y se fue. A diferencia de Richter, no tendrá defensores dispuestos a negar lo evidente durante décadas.
La lección es clara: cuando los presidentes se dejan llevar por fanatismos, pueden hacer trabajar a millones en proyectos inviables. Pero esta vez, el freno llegó rápido.