Se miró al espejo sin turbante y entendió todo: la historia de Eileen Schmidt
Eileen Schmidt tocó una "dureza rara" en su mama y el miedo la frenó. Lo que vivió después, y el pedido de una vecina que todavía recuerda, marcan una historia que hoy elige contar.
La reconocida pastelera rosarina Eileen Schmidt atravesó quimioterapias, rayos y una cirugía por cáncer de mama y hoy cuenta su historia como superviviente. Lo hizo en el programa Más Cerca, conducido por Florencia O'Keeffe, en el marco del Octubre Rosa, el mes dedicado a la detección precoz de esta enfermedad.
Un diagnóstico en medio del hiperestrés
Schmidt recibió la noticia en 2013, cuando tenía menos de 40 años. Por entonces vivía un período que ella misma describe como de "hiperestrés": sentía que "no era dueña de mi tiempo ni de mis decisiones" y toleraba una "mucha angustia" cotidiana. Aunque aclara que no hay una relación directa comprobada entre las emociones y el cáncer —la enfermedad es multifactorial y cada caso es particular—, cree que esa etapa difícil "disparó" problemas físicos en su historia.
El hallazgo fue una "dureza rara" en su mama. Se tocó el bulto, pero el miedo la paralizó y no consultó al día siguiente. "Me paralizó el miedo, es algo que a veces sucede, que lamentablemente pasa pero es un momento que hay que superar, porque ese temor tan grande es lo que hace que una pierda tiempo y el tiempo es muy valioso en estas cosas", relató.
Fue la insistencia de una amiga la que la llevó al doctor Luciano Mignini, quien confirmó un tumor maligno avanzado. La noticia la devastó: recuerda el llanto y la angustia de esos días, sostenida por su red de amigas. El médico, con "sabia visión", le planteó dos caminos: dejarse vencer o luchar. Schmidt eligió lo segundo.
"Suena raro, pero yo necesitaba parar"
El tratamiento debía empezar "la semana que viene", le dijo el especialista. A los pocos días arrancaba la primera quimio. Lejos de verlo solo como una desgracia, Schmidt encontró un sentido: "En ese momento, el cáncer lo que hizo fue frenarme de la vida que llevaba, de no parar ni un segundo, de comer mal, de ser sedentaria, de postergarme... suena raro pero yo necesitaba parar".
Como a la mayoría de las mujeres, una de sus primeras preocupaciones fue la caída del cabello. "Las primeras preguntas que hice fue, ¿voy a perder el pelo? Y sí, vas a perder todo el pelo", le respondieron. Cuando empezó a ver caer sus mechones, decidió raparse acompañada por sus amigas y afrontar la situación "con alegría y hasta con descaro", con turbantes de colores y una actitud que no le era habitual: hasta entonces se definía como más "seria" e introspectiva.
Pero había otro momento, el más duro. Cuando se quedaba sola frente al espejo, sin el turbante, llegaba "el verdadero momento de: estoy transitando un cáncer, estoy transitando un tratamiento duro". Eran instantes de dolor y angustia que, paradójicamente, tomó como "un momento de descanso" en medio de las terapias. "Es necesario llorar para seguir", dijo.
También vivió la incomprensión social. Una vecina le pidió que se cubriera la cabeza cuando salía sin cabello a regar sus plantas: "No te quiero ver sin el turbante, no te puedo ver sin cabello, por favor, cubrite". El pedido le dolió, pero lo enfrentó con firmeza.
16 quimios, una cirugía y diez años de tamoxifeno
El tratamiento fue largo: 16 ciclos de quimioterapia, una cirugía, siete semanas de rayos y diez años de tamoxifeno. La quimio no le dio las típicas náuseas —atribuye eso a su alimentación cuidada y a los tés de cedrón y jengibre—, pero sí le provocó "cansancio", "pérdida del cabello" y un cambio en "el color de la piel, que se pone como transparente, como gris". El tamoxifeno, en tanto, le generó "síntomas menopáusicos".
De los alfajores a la comida real
La experiencia la llevó a reevaluar por completo su estilo de vida. Antes del diagnóstico era sedentaria y con una "alimentación horrible": la pastelera, acostumbrada a los alfajores y brownies, no comía sano. Con la recomendación médica de bajar los "30 kilos de más" que tenía, tomó la decisión de cambiar de raíz. Se conectó con la "comida real y natural", evitó los ultraprocesados y empezó a elegir "frutas y verduras de estación, de cercanía, con color, y mucho vegetal".
El cuerpo también empezó a moverse. Durante el tratamiento no podía hacer ejercicio intenso, pero años más tarde, inspirada por su novio, Mamu Beltrame, deportista de "toda la vida", se propuso correr. El primer objetivo fue alto, aunque lo hizo de a poco: quería correr los 10 kilómetros que ya hacía caminando cada día. El entrenamiento paulatino duró unos ocho o nueve meses en esa primera etapa. Con el tiempo llegó a la maratón de 42 kilómetros en Villa La Angostura. "Una cosa increíble", dice con simpleza sobre aquella meta que alcanzó tras años de sedentarismo.
Hoy sigue entrenando día a día, con sol, lluvia o frío, y se pone nuevos desafíos por delante. Algo que, asegura, la conecta directamente con la felicidad.
Una voz que acompaña
En este Octubre Rosa, Schmidt eligió contar su historia para acompañar a quienes recién reciben el diagnóstico. "No soy un ejemplo sino una voz que cuenta lo que le pasó sin tapar nada, diciendo toda la verdad, una voz que acompaña", sostuvo con una sonrisa. No minimiza nada de lo que atravesó, pero cuenta su relato desde la paz y con la convicción de que cada persona es diferente.
Siente "una enorme gratitud" por el aprendizaje que el cáncer le dejó y por la vida "saludable en todo sentido" que lleva hoy, que le permite disfrutar mucho de cada día. Su mensaje para las mujeres es claro: "Insisto en que las mujeres nos controlemos, busquemos una vida más sana en cuanto a lo físico y los vínculos, y estemos atentas a nuestros cuerpos, porque esta enfermedad, tomada a tiempo, se puede curar".