Se ven todas las semanas, duermen juntos, pero hay una pregunta que nunca se animan a responder

Las relaciones sin etiquetas crecen, pero la falta de definición puede generar ansiedad y desgaste. Una psicóloga explica cuándo la ambigüedad es dañina y cómo diferenciarla de la libertad consciente.

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Se ven todas las semanas, duermen juntos, pero hay una pregunta que nunca se animan a responder

Hay afecto, intimidad y presencia. Pero también una sensación constante de indefinición que, lejos de ser casual, empieza a desgastar. La pregunta “¿Qué somos?” queda flotando sin respuesta, y el vínculo avanza en un terreno donde nadie se anima a ponerle nombre.

Cada vez más relaciones se construyen en ese espacio donde el compromiso queda suspendido. Aunque muchas veces se presenta como una forma más libre de vincularse, especialistas advierten que, cuando no hay claridad emocional, la incertidumbre sostenida puede generar ansiedad, desgaste y frustración.

¿Libertad o miedo al compromiso?

“No es lo mismo elegir no etiquetar un vínculo que evitar definirlo”, explica Sol Rivera, licenciada en Psicología y especialista en Neurociencias (MN 51.296). Y añade que cuando hay una elección consciente “existen conversaciones, acuerdos y claridad interna sobre lo que significa el otro. El problema aparece cuando la indefinición funciona como una manera de evitar exponerse emocionalmente”.

Lejos de tratarse de una casualidad, la especialista sostiene que este fenómeno aparece en un contexto donde conviven nuevas formas de vincularse con una creciente dificultad para sostener la incertidumbre emocional. “Hoy existe más autonomía y ya no necesitamos formar pareja desde la dependencia, y eso es positivo. Pero al mismo tiempo vivimos en una cultura de la inmediatez, donde todo parece reemplazable y siempre existe la sensación de que podría haber algo mejor”, señala Rivera.

A eso se suma otro factor: muchas generaciones crecieron viendo vínculos atravesados por conflictos, frustraciones o relaciones sostenidas más por costumbre que por bienestar. En ese escenario, el compromiso deja de asociarse con estabilidad y empieza a percibirse como un riesgo. “Para muchas personas, comprometerse implica exponerse a salir lastimadas. Entonces aparece una lógica de resguardo emocional donde el vínculo avanza, pero sin nombrarlo del todo”, expone.

Cuando la ambigüedad empieza a desgastar

Generalmente, el conflicto suele aparecer cuando una de las personas necesita claridad y la otra prefiere mantenerse en lo indefinido. Ahí, lo que inicialmente parecía flexible empieza a generar desgaste. “Lo que duele no es solamente la falta de definición, sino la incoherencia”, dice la psicóloga. Y agrega: “Cuando alguien busca construir algo y el otro permanece en la ambigüedad, aparecen ansiedad, dudas y mucho autocuestionamiento”.

En esos vínculos, muchas personas terminan adaptándose a la incertidumbre para no perder al otro. Se evita preguntar, incomodar o plantear necesidades por miedo a romper algo que nunca terminó de quedar claro. “La incertidumbre activa uno de los sistemas más primitivos del cerebro: la necesidad de anticipar. Cuando no hay claridad, la mente llena los vacíos, generalmente desde el miedo”, explica la especialista.

“Lo que no se nombra no desaparece”

En ese contexto, lo ambiguo puede sentirse más seguro que una definición concreta, al menos al principio. Sin embargo, Rivera advierte que evitar hablar de lo que pasa no elimina el conflicto: muchas veces solo lo posterga. “Lo que no se nombra no desaparece, se acumula”, afirma; y cuando eso ocurre, empiezan a aparecer conversaciones inconclusas, malestar e inseguridades difíciles de expresar.

La especialista aclara que no todos los vínculos sin etiquetas son necesariamente dañinos. De hecho, sostiene que existen relaciones sanas que eligen no encasillarse en formatos tradicionales. La diferencia está en la claridad emocional y en la posibilidad de construir acuerdos. “Un vínculo sin promesas no es un vínculo sin acuerdos”, remarca. La ausencia de rótulos no implica ausencia de responsabilidad afectiva.

Desde esta mirada, la libertad vincular no debería confundirse con desconexión emocional. Poder elegir cómo relacionarse también implica hacerse cargo del efecto que las propias decisiones tienen sobre el otro. “Hoy hay más libertad para elegir cómo vincularnos, pero la libertad sin conciencia puede convertirse en evasión”, dice y concluye: “No todo lo que parece libre es saludable, y no todo compromiso implica perderse a uno mismo”.

No es lo mismo elegir no etiquetar un vínculo que evitar definirlo. (Foto: Freepik)
No es lo mismo elegir no etiquetar un vínculo que evitar definirlo. (Foto: Freepik)
Cuando una de las partes está decidida, pero la otra no, se puede generar un estado de ansiedad. (Foto: Freepik)
Cuando una de las partes está decidida, pero la otra no, se puede generar un estado de ansiedad. (Foto: Freepik)
Para la especialista, la ausencia de etiquetas no significa la ausencia de responsabilidad afectiva. (Foto: Freepik)
Para la especialista, la ausencia de etiquetas no significa la ausencia de responsabilidad afectiva. (Foto: Freepik)

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