Solo contra el barro: el maestro que arriesga todo para llegar a sus 15 alumnos en la selva misionera

Un maestro mbya arriesga su vida por dar clases en la selva misionera. ¿Hasta cuándo lo hará? Los detalles que conmueven.

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Solo contra el barro: el maestro que arriesga todo para llegar a sus 15 alumnos en la selva misionera
Solo contra el barro: el maestro que arriesga todo para llegar a sus 15 alumnos en la selva misionera

En el corazón de la Biosfera Yabotí, un docente lucha contra la naturaleza para cumplir su misión: educar. Valerio Marques, único maestro de la comunidad mbya guaraní Itao Mirí, enfrenta un camino intransitable de diez kilómetros para dar clases, y su historia se volvió un grito de auxilio.

Valerio, de 33 años, es el único responsable del aula satélite 2 de la Escuela de Frontera de Jornada Completa 618, en Puerto Paraíso. Desde hace más de un año, cada viaje en moto o auto se convierte en una odisea. Lo esperan quince alumnos con ganas de aprender, pero el acceso se vuelve una pesadilla: "Tengo inconvenientes para ingresar y salir de la comunidad debido al mal estado del camino. Son diez kilómetros intransitables, de puro barro, con presencia de cerros, dentro de la selva misionera, cruzando el Parque Provincial Moconá, y se torna muy peligroso", explicó.

Un pedido desesperado

El maestro no solo pide por él, sino por sus estudiantes. "Pedimos que desde alguna entidad nos ayuden a arreglar la calle porque necesito ingresar para poder trabajar. Los chicos tienen entusiasmo para aprender, salir adelante, quieren estudiar, pero es complicado entrar", expresó. Y sumó un dato alarmante: "Si nos pasa algo mientras tratamos de ingresar, el seguro que tenemos no nos cubre. Corre por nuestra cuenta, nuestro bolsillo, no es fácil la situación".

La virtualidad no es una opción. "No se puede dar clases virtuales por el tema de la señal porque tenemos paneles solares y cuando está nublado o llueve no se cargan. Cuando eso sucede, no hay señal, no hay energía eléctrica, entonces lo que tratamos de hacer es llegar al lugar de alguna u otra forma. En ocasiones lo hacemos caminando, otras vamos en moto y la arrastramos por varios kilómetros, o empujamos el auto, trayendo la mercadería para el comedor y cosas para la escuela", relató.

Solidaridad en la selva

En este contexto, Valerio no está solo. Recibe ayuda de guardaparques, efectivos de Gendarmería Nacional, Prefectura Naval y de los propios integrantes de la comunidad, "que salen hasta donde nos quedamos atascados con el auto o con la moto, para ayudarnos a acarrear las cosas que traemos. Por eso, necesitamos que nos arreglen el camino urgente", insistió.

El reclamo ya llegó a oídos de las autoridades. "A través de Whatsapp y de contactos telefónicos, Valerio se comunicó con la Municipalidad de El Soberbio, pero hasta ahora no hubo novedades", se lamentó. Ahora, planea presentar notas formales: "Las voy a firmar y voy a pedir al cacique, los integrantes de la comunidad y a la directora del establecimiento que haga lo propio y voy a acercar a la comuna de El Soberbio. También al intendente de San Pedro porque la tierra pertenece al municipio de San Pedro, pero los integrantes de la comunidad tienen domicilio en El Soberbio", señaló.

La ruta alternativa, un calvario mayor

Existe un camino alternativo, pero es casi 40 kilómetros más largo y no menos peligroso. "Podemos entrar donde comienza la ruta provincial 21 -lugar al que llaman mesa redonda-, hacemos veinte kilómetros por esa ruta, doblamos a la derecha, ingresamos por un camino de los madereros, vamos unos veinte kilómetros más, atravesamos un arroyito -Chata- y desde allí a la comunidad restan unos ocho kilómetros. Dando esa vuelta, casi llegamos a Paraíso, San Pedro, y tenemos que volver para llegar a la comunidad", detalló. El viaje puede llevar cuatro horas y media, con mayor gasto y riesgo, y sin señal telefónica para pedir auxilio en caso de una avería.

Pese a todo, Valerio no se rinde. "Muchas veces te dan ganas de renunciar, pero pienso en los alumnos que merecen recibir educación, entonces hago el sacrificio", confesó. Para no viajar solo, lleva a su esposa o a su hijo. "Caemos, nos levantamos, nos embarramos. Así, hacer diez kilómetros lleva tres horas, sacando el barro de las ruedas, atando, estirando, cargando mochilas, mercaderías, con libros, afiches, goma eva, telón. Subimos el cerro con las cosas, después volvemos, empujábamos la moto o el auto y así", describió con crudeza.

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