Solo cuatro manos en Catamarca dominan una fibra que nace sin matar a la mariposa

Si te regalaron una chalina de seda de coyoyo, casi seguro nació en un valle de Ancasti y pasó por un proceso que respeta la vida de una mariposa. Pero la técnica se está apagando y cada vez son menos las que la sostienen. ¿Qué hay detrás de cada prenda?

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Solo cuatro manos en Catamarca dominan una fibra que nace sin matar a la mariposa
Solo cuatro manos en Catamarca dominan una fibra que nace sin matar a la mariposa

En Ancasti, la naturaleza también se convierte en tejido. Elvira Isolina Bulacios mantiene viva una técnica ancestral que aprovecha la seda del coyoyo para crear chalinas y otras prendas, con un proceso cien por ciento manual que respeta el ciclo de vida de la mariposa y preserva saberes transmitidos de generación en generación.

Nacida y criada en esa localidad, Elvira aprendió el oficio de dos vecinas mayores, Josefa Quiroga y Paula de Quiroga, aunque recuerda que su abuela y su tía también conocían el trabajo con esta fibra. Con el tiempo se sumó a un reducido grupo de mujeres que mantiene una práctica poco difundida incluso dentro de la provincia. "Sí, es lindo. Es único", afirma al hablar de su labor.

Una fibra que nace en libertad

La materia prima surge de los capullos de una mariposa del género Rothschildia, típica del Gran Chaco Americano. En Ancasti la llaman seda de coyoyo y su particularidad es que los capullos se recolectan recién cuando el insecto completa su metamorfosis y abandona el capullo. Así, el proceso no implica matar a la mariposa, una diferencia clave con la seda tradicional.

Por la escasez de capullos en el monte, Elvira contó a INFORAMA que desde hace unos dos años intentan criar los gusanos para sostener la producción. "A veces se da, a veces no, pero intentamos de criar", explicó. El ciclo arranca con el nacimiento de los gusanos, que durante unos 40 días deben ser alimentados hasta que forman el capullo. Después, hay que esperar de nuevo: "Tenemos que esperar que salga de vuelta la mariposa porque no se la mata".

Cuando la mariposa sale, los capullos se preparan con agua y ceniza, se lavan y la fibra queda lista para hilar. El hilado se hace con huso, una herramienta milenaria que sigue siendo central en esta práctica. Luego viene el tejido, hasta convertir la fibra silvestre en una pieza terminada.

El tiempo como parte del oficio

El tiempo es un ingrediente fundamental. Si las mariposas emergen en septiembre, los nuevos ejemplares recién salen de los capullos hacia enero. A eso se suman unos dos meses de hilado y tejido para completar una prenda. Una chalina puede demandar alrededor de 500 capullos, por lo que cada pieza esconde mucho más que un diseño: hay espera y un trabajo que empieza mucho antes de que el hilo llegue al telar.

Una tradición que resiste

Hoy son pocas las manos que continúan esta técnica. "Por ahora solo son cuatro", dijo Elvira sobre las artesanas de la zona que trabajan con esta fibra. La preocupación es que se trata de un conocimiento que durante años estuvo al borde de desaparecer. Por eso, su labor se enmarca en proyectos de rescate y revalorización de la seda silvestre y las técnicas textiles asociadas.

La historia tiene nombres propios: antes de Elvira estuvo Paula Rosa Romero de Quiroga, una de las principales referentes en la recuperación de este tejido y maestra de nuevas generaciones. A diferencia de otras fibras, la seda del coyoyo conserva gran parte de sus colores naturales. Algunas piezas pueden teñirse con cochinilla, pero muchas mantienen la tonalidad propia de la fibra.

Cuando alguien descubre de qué está hecha una chalina, la reacción es inmediata: "Quedan admirados. Si nunca habían visto y no hay otro lugar que se trabaje con la seda, quedan asombrados", relató. La mayoría de sus ventas se realiza en su propia casa, donde recibe a turistas interesados en el trabajo. También llevó sus producciones a la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho en varias oportunidades, aunque no suele participar de muchas ferias.

Para Elvira, esto no es solo una actividad comercial: es una forma de conservar algo que recibió de otras mujeres y que, si no se transmite, podría perderse. "Me felicitan por trabajar con esto, que ya se está perdiendo", contó. El resultado puede ser una chalina, pero detrás queda una historia: la de una fibra que nace en libertad, una técnica que sobrevivió al paso del tiempo y unas pocas manos que todavía saben convertirla en seda.

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