Soltaron ocho coipos en la Patagonia y algo inesperado pasó este invierno

Llegaron ocho en 2022 para repoblar un humedal donde la especie se había extinguido. Cuatro años después, ya son más de 80 y este invierno hicieron algo que nunca habían hecho: quedarse.

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Soltaron ocho coipos en la Patagonia y algo inesperado pasó este invierno
Soltaron ocho coipos en la Patagonia y algo inesperado pasó este invierno

Ocho coipos llegaron en 2022 a Cañadón Caracoles, en el área de Parque Patagonia, para recuperar una población que había desaparecido. Cuatro años después, el proyecto ya no gira alrededor de esos primeros ejemplares: hay crías, juveniles y animales que se mueven por su cuenta.

A unos tres kilómetros del sitio original hay otro juncal que el equipo también trabaja para restaurar. A fines del año pasado, los coipos llegaron solos. Para los investigadores fue la confirmación de algo que esperaban: los animales empezaban a desplazarse hacia otros humedales sin intervención humana.

Pero este invierno ocurrió algo distinto. Los coipos permanecieron en ese sector durante los meses más fríos, algo que nunca había pasado. Para Emanuel Jacquier, integrante de Parque Patagonia, es una de las señales que marcan el rumbo del proyecto.

“Empezamos a ver cómo los propios coipos se desplazan y ocupan nuevos humedales sin que nosotros tengamos que intervenir directamente”, explica. Mientras tanto, el equipo sigue “con el monitoreo y el enfoque adaptativo”, sumando herramientas que faciliten el establecimiento de nuevos núcleos.

De translocar animales a mirar cómo se reproducen

Al comienzo, el trabajo consistía en trasladar ejemplares para recuperar poblaciones desaparecidas o disminuidas. Ahora la pregunta es otra: qué pasa cuando esos animales empiezan a reproducirse, a desplazarse y a ocupar nuevos espacios por su cuenta.

“Seguimos encontrando animales nacidos ahí y registrando individuos después de bastante tiempo. Este invierno, por ejemplo, volvimos a identificar animales que ya conocíamos junto con sus crías y juveniles nuevos”, cuenta Jacquier.

En el río Pinturas pasó algo similar. Entre 2023 y 2024 se incorporaron otros siete ejemplares para reforzar la población existente y este verano aparecieron nuevos juveniles. En total, el proyecto translocó apenas 15 coipos: siete hembras y ocho machos. Sin embargo, desde que arrancó el trabajo ya se identificaron más de 80 animales.

La cifra marca que la historia se despegó de aquellos primeros ejemplares. Seguir a cada uno dejó de ser lo central. Ahora la mirada está puesta en la población que se fue formando y en las señales que indican si puede sostenerse sola.

“Nos enfocamos en monitorear que tengamos reproducción sostenida, juveniles y animales ocupando nuevos sectores; son los indicadores de que la población va por el camino que deseamos”, explica Jacquier.

Lo que los coipos hicieron y nadie esperaba

Las primeras experiencias también sirvieron para entender qué necesitan los animales para quedarse. Antes de cualquier liberación, dice Jacquier, hay que “trabajar sobre el ambiente y asegurarse de que encuentren las condiciones necesarias para quedarse”.

Eso implica reducir amenazas y garantizar agua permanente, vegetación, alimento y refugio. Después viene una parte menos visible: observar. Porque los coipos hicieron cosas que el equipo no esperaba.

“Pensábamos que algunos animales iban a permanecer bastante cerca de los sitios elegidos y tuvimos casos completamente diferentes”, cuenta Jacquier. Uno de los machos, por ejemplo, recorrió 32 kilómetros.

Ese movimiento obligó a ampliar la escala del proyecto. Ya no se trata de recuperar pequeños sitios separados, sino de imaginar “una red de ambientes que los propios coipos pueden volver a conectar”.

Durante los meses más fríos, el equipo construyó un corral de presuelta con madrigueras artificiales y realizó una suelta blanda de un núcleo familiar en primavera. Después de la liberación, los animales visitaban el lugar de manera esporádica. La sorpresa llegó este invierno: con el congelamiento y la reducción de su área de movimiento, “volvieron a utilizar esas madrigueras como refugio, instalándose en el sector”.

Fue la primera vez que registraron actividad de coipos durante todo el invierno en ese lugar. Para Jacquier, la experiencia muestra que “las madrigueras artificiales pueden ser una herramienta muy útil para facilitar el establecimiento de nuevos núcleos”.

Las cámaras trampa también dejaron una escena inesperada: un puma adulto intentando cazar un coipo. Esta vez el resultado fue distinto al esperado: “el coipo salió ganador”, cuenta Jacquier.

Más allá de lo anecdótico, el registro permite ver algo que excede la persecución entre predador y presa. Para Jacquier, empieza a visualizarse “la recuperación de las interacciones naturales”. “El coipo volviendo a ocupar su lugar dentro de la cadena alimenticia y el puma como predador tope cumpliendo su rol ecológico regulando poblaciones de herbívoros”, explica.

Los cambios también ocurren en el humedal. Al alimentarse y desplazarse entre los juncales, los coipos abren caminos y espacios en la vegetación, construyen camas y madrigueras y generan lugares por donde circula el agua. Durante el invierno, incluso pueden contribuir a mantener pequeños sectores sin congelar. No solo vuelven a un ambiente: también empiezan a transformarlo.

Una población que empieza a sostenerse sola

La dispersión hacia otros sectores es una de las señales que más entusiasman al equipo. “Si algunos individuos se dispersan y ocupan otros sectores, son señales claras de que ‘esto está funcionando’”, dice Jacquier. La diferencia es que ya no se trata solo de tener animales liberados, sino de contar con una población funcional.

En Cañadón Caracoles se animan a dar un paso más. “Creo que podemos hablar de una población que está dando señales de sostenerse por sí misma. Partimos de un lugar donde el coipo se había extinto y hoy tenemos reproducción sostenida, distintas generaciones y expansión dentro del humedal”, sostiene.

Todavía falta tiempo. Los nacimientos ya permiten compensar naturalmente las pérdidas por mortalidad, pero hay que seguir evaluando que esa dinámica se mantenga y monitoreando la adaptación de la especie.

La próxima etapa contempla nuevas translocaciones y la recuperación de otras poblaciones. Pero hay un cambio clave respecto del comienzo: los nuevos grupos podrían formarse con animales nacidos en el propio proyecto.

“Algo que nos entusiasma es empezar a formar nuevos grupos familiares utilizando como población fuente a los coipos del Cañadón Caracoles. Es decir, usar animales nacidos en una población que nosotros ayudamos a recuperar para poblar nuevos sitios”.

Si eso sucede, dice Jacquier, significará “cerrar bastante el círculo”. Aquellos ocho coipos que llegaron en 2022 ya no son solo los animales que regresaron a un humedal donde la especie había desaparecido. Son el comienzo de una población que aprendió a reproducirse, a moverse y a buscar nuevos lugares.

Con información de Agencia Ambiente

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