Tenía 17 años, le dio la mano a Kennedy minutos antes del magnicidio y vivió medio siglo con una culpa que no era suya
Un rosario atado a la mano de un senador moribundo, una foto que dio la vuelta al mundo y un camarero de 17 años que creyó que su saludo había cambiado la historia. Juan Romero murió en 2018 sin poder perdonarse algo que nunca fue su culpa.
Juan Romero era camarero del Hotel Ambassador de Los Ángeles y admirador de Robert Kennedy. La noche del 4 de junio de 1968 fue la última persona a la que el senador estrechó la mano antes de caer baleado en la cocina del hotel. Murió en 2018, a los 68 años, convencido de que si no se hubiera acercado a saludarlo, Bobby no habría muerto.
La historia lo recuerda por una foto: un joven de 17 años arrodillado sobre el piso de cemento, sosteniendo la cabeza del senador abatido con sus propias manos. Pero detrás de esa imagen hay una vida entera marcada por un peso que Romero cargó durante medio siglo, aunque no tuviera ninguna razón para hacerlo.
Quién era el chico de la foto
Nacido en Mazatán, Sonora, México, Romero llegó a Los Ángeles a los diez años junto a su familia. Su padre trabajaba en el Hotel Ambassador, un edificio de lujo que había albergado seis ceremonias de los Oscar y por cuyos escenarios pasaron Frank Sinatra, Marilyn Monroe, Judy Garland y Nat King Cole, entre otros. Gracias a ese empleo, Juan entró primero como lavaplatos y después como camarero.
Admiraba a Robert Kennedy por su defensa de los inmigrantes hispanos. Seguía con atención el vínculo del senador con César Chávez, el líder de los trabajadores rurales que había impulsado una huelga exitosa para elevar el salario de los recolectores de uvas y verduras a 1,75 dólares la hora. Chávez cerraba sus discursos con un "¡Viva la huelga! ¡Viva la causa!" que Kennedy repetía en un español divertido y champurreado.
El 3 de junio de 1968, Romero se las ingenió para llevar la cena al cuarto del candidato. Le cambió a un compañero todas las propinas de un día, unos quince dólares de entonces, y se comprometió a cubrir las mesas de ambos a cambio de hacerse cargo del room service. Años después recordaría ese momento: "Te miraba diferente, te miraba con distinción. No vio ni mi edad, ni el color de mi piel. Me miraba como a otro estadounidense. Me dio un fuerte apretón de manos y sonreía de modo muy especial. Salí de allí sintiendo que medía como tres metros".
La noche del Ambassador
El 4 de junio, Kennedy ganó las primarias demócratas de California por apenas tres puntos. Desde el salón principal del hotel, celebró ante sus seguidores: "Ahora vamos a la convención de Chicago. Y vamos a ganar allí también". La multitud desbordó el recinto y la custodia le recomendó una ruta alternativa hacia su habitación: la cocina.
Ese camino no era un secreto. Sirhan Bishara Sirhan, un joven palestino de 23 años, había preguntado esa misma tarde si Kennedy podía usar ese trayecto. Cuando el senador entró en la cocina, Romero lo esperaba para estrecharle la mano por segunda vez. "Estiré mi mano derecha lo más que pude y, cuando llegó a mí, estrechó mi mano, dio un paso y, cuando la soltaba, escuché los disparos", relató.
Se dispararon trece proyectiles, aunque la pistola de Sirhan solo podía cargar ocho. Hubo cinco heridos y Kennedy recibió tres balazos, uno en la cabeza. El senador cayó de espaldas con los brazos en cruz. Mientras los demás buscaban refugio, Romero se arrodilló junto a él y le puso la mano entre el concreto y la cabeza. "Vi que sus labios se movían, así que me acerqué y le escuché decir: '¿Está todo el mundo bien?'. Le dije: 'Todo el mundo bien'. Él dijo: 'Todo va a ir bien' y sentí su sangre correr entre mis dedos".
Entonces recordó el rosario que su madre le había regalado y que llevaba en el bolsillo de la camisa. Lo ató alrededor de la mano derecha de Kennedy, pensando que él lo necesitaba más. La escena quedó capturada por dos fotógrafos: Boris Yaro, del Los Angeles Times, y Bill Eppridge, de Life.
Kennedy fue trasladado inconsciente al Hospital Buen Samaritano. Murió 26 horas después, el 6 de junio de 1968, a los 42 años.
Una culpa de medio siglo
La vida de Romero después de esa madrugada fue un intento permanente de convivir con una sombra. Declaró ante la policía y volvió a su casa en colectivo. Fue en el asiento del micro donde notó que tenía sangre seca en las manos, que no quiso limpiar hasta muchas horas después.
Recibió cientos de cartas que lo felicitaban, pero también las que lo culpaban del asesinato. Le llegaron miles de crucifijos de desconocidos que intentaban reemplazar el rosario que él había dejado en la mano del senador. En el hotel, la gente lo buscaba para sacarse fotos, en un mundo sin celulares ni selfies.
Entonces dijo basta. Dejó Los Ángeles y se mudó a Wyoming, donde se casó y tuvo cinco hijos. Años después volvió a California y se instaló en San José para dedicarse a la construcción y a la pavimentación de caminos.
La culpa nunca lo abandonó. Pensaba que si no se le hubiese ocurrido darle la mano a Kennedy, el seguro candidato a presidente no habría muerto. Su vida quedó detenida en aquella noche del Ambassador.
Su historia se conoció sobre todo por los periodistas que se convirtieron en sus amigos. Con Rigo Chacón visitaba cada aniversario una estatua de Bobby en un parque céntrico de Los Ángeles. Con Steve López, columnista del Los Angeles Times, mantuvo la confesión más íntima: recién a inicios de los 2000 pudo volver a mirar las fotos de Yaro y Eppridge. "Fueron años muy largos. Pero lo que vi en aquellas fotos fue a un chico que ayudaba a alguien que lo necesitaba mucho y que en ese momento no tenía a nadie a su lado", dijo.
En 2010, López lo convenció de viajar al Cementerio Nacional de Arlington para visitar la tumba de Bobby, a pocos metros de la de su hermano John. Romero, casi a los sesenta, compró el primer traje de su vida. "Sentí que necesitaba pedirle perdón por no haber podido evitar que lo balearan. Y allí, con mi traje nuevo, me sentí igual que el día que lo conocí. Orgulloso, como de tres metros". Ante la tumba se arrodilló, habló en voz baja y lloró.
En junio de 2018, cuatro meses antes de morir, participó junto a Chacón de un homenaje a Kennedy por el cincuenta aniversario del asesinato. Murió el 1 de octubre de 2018, a los 68 años. María Shriver Kennedy, sobrina de Bobby, lo despidió: "Siempre sentí una gran simpatía por él. Ojalá haya comprendido que hizo algo muy humano en un momento trágico. Para mí, su imagen será siempre la de una persona que intentó ayudar a otra".