Tenía 17 años y cortaba el pelo en su pieza de Santa Lucía: lo que hizo su papá para que diera el salto

Un año y medio cortando pelo en su cuarto de Santa Lucía, clientes que llegaban desde Rivadavia y un ahorro que no alcanzaba para alquilar: así empezó Miguel. Hasta que su papá tomó una decisión que lo cambió todo.

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Tenía 17 años y cortaba el pelo en su pieza de Santa Lucía: lo que hizo su papá para que diera el salto
Tenía 17 años y cortaba el pelo en su pieza de Santa Lucía: lo que hizo su papá para que diera el salto

En calle Rivadavia, antes de llegar a Jujuy, en pleno centro de San Juan, hay un local que no se parece a los demás. Detrás de los espejos y los sillones está Miguel Gambetta, un barbero de 17 años que convirtió su habitación en Santa Lucía en el primer escalón de su propio emprendimiento.

Su día arranca temprano en la Escuela Industrial Domingo Faustino Sarmiento. Después, un rato para el pádel. Y cada minuto que le queda lo pasa entre tijeras y máquinas, en el oficio que lo enamoró hace poco más de un año y medio.

El cuarto que se volvió peluquería

Sin local ni recursos, Miguel empezó a cortar en su propia habitación, en la casa familiar de Santa Lucía. La escena se repetía: clientes que llegaban desde Rivadavia, pelo acumulado en el piso del cuarto y la sensación de que el espacio le quedaba chico a su ambición.

"Cortaba en mi pieza, pero la mayoría de los clientes que confiaban en mí vivían en Rivadavia. Se me hacía muy difícil y me daba cuenta de que si quería evolucionar, si de verdad quería crecer en esto, tenía que dar el salto", cuenta el joven con una madurez que sorprende.

El problema era el de siempre: la plata. Ahorraba cada peso que ganaba con su trabajo, pero alquilar un local comercial por su cuenta parecía una meta imposible para un adolescente.

El pilar que apareció cuando todo parecía trabado

Fue ahí donde entró en juego la familia. Su papá, que había visto de cerca la dedicación del chico, decidió prestarle una oficina familiar y acondicionarla para que Miguel tuviera por fin su espacio propio.

"Gracias a Dios, mi papá fue el pilar fundamental de todo esto. Sin él no estaría donde estoy hoy. Él confió en mí desde el día uno y me dio la mano que me faltaba para no caer", dice el barbero.

Lo que siguió fue una obra colectiva. Durante días, Miguel, su padre y sus amigos más cercanos se pusieron a pintar, martillar y armar el local. La moneda de cambio, en varios casos, era un corte de pelo.

"Sinceramente costó muchísimo llegar hasta acá, pero tuve la suerte de estar rodeado de gente de oro. Mis viejos y mis amigos le pusieron el cuerpo a cada detalle de manera desinteresada", relata con la voz quebrada por la gratitud.

Un refugio de superación en Rivadavia

La pequeña oficina se transformó en una barbería con identidad propia, donde cada rincón guarda el recuerdo del esfuerzo compartido. Para Miguel, el local es mucho más que un negocio: es su ventana al mundo y una plataforma para inspirar a otros pibes de su edad que todavía no encontraron su rumbo.

Con la humildad intacta, el joven sanjuanino ya tiene sus próximas metas. En el corto plazo, sueña con ver sentados en su sillón a creadores de contenido sanjuaninos como Nachano o Juanchi Femenía, para compartir con ellos su arte y su historia.

Pero el anhelo más profundo va más allá de lo personal: "A largo plazo, mi meta es hacer crecer esta barbería para que sea un espacio donde pueda generar puestos de trabajo reales y capacitar a otros jóvenes que quieran aprender este rubro tan lindo".

La historia de Miguel Gambetta no es solo la de un comercio que abrió sus puertas en San Juan. Es la de un chico de 17 años que no esperó a que las oportunidades le cayeran del cielo y que, con apoyo familiar y trabajo honesto, transformó una habitación humilde en el punto de partida de su propio futuro.

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