Tenía 35 y se quedó sin trabajo: el taller nocturno que la hizo dar vuelta todo a los 41
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Tenía 35 y se quedó sin trabajo: el taller nocturno que la hizo dar vuelta todo a los 41

Tenía 35 años cuando se quedó sin empleo y encontró un aviso a las diez de la noche. Seis años después, el oficio que eligió por un recuerdo de su abuelo le cambió el bolsillo y la cabeza: el detalle que más la enorgullece.

La historia de Érika Cejas arranca con un cierre. Durante años trabajó en una tienda de lencería que bajó la persiana en 2020, en plena pandemia, y de un día para otro se quedó sin el ingreso con el que aportaba a su casa. Tenía 35 años y ninguna certeza sobre qué hacer después.

Lo que vino no fue un plan aceitado sino un aviso que le apareció casi de casualidad: cursos gratuitos de formación profesional. Se anotó sin imaginar que ese trámite la iba a llevar a un oficio que ya tenía un lugar en su memoria.

La inscripción de un 5 de agosto

El punto de giro tiene fecha y hora. Fue un 5 de agosto, cerca de las diez de la noche, cuando vio que estaban por cerrar las inscripciones de los talleres del Centro de Formación Profesional porteño. Entre las opciones eligió carpintería, empujada por los recuerdos de su abuelo materno.

“Él tallaba madera, hacía las patas de la mesa hermosísimas y yo me pasaba horas viéndolo trabajar en su casa”, contó Érika. En su infancia en Ituzaingó compartía con él las salidas para buscar materiales y armar sus propios proyectos, como una casa de muñecas y carritos de paseo.

Al principio creyó que era un oficio reservado a los hombres y temió ser la única mujer del curso. Se encontró, en cambio, con un grupo que la recibió desde el primer día. Con la guía del profesor Diego Lederhos aprendió desde las tareas básicas hasta la fabricación de muebles y otros objetos de madera.

Del proyecto para la casa propia al emprendimiento

Lo que empezó como una idea para equipar su futura vivienda terminó convertido en una fuente de ingresos. Los primeros encargos llegaron de personas cercanas y de compañeros de otros cursos; después el boca en boca sumó pedidos de vecinos y de conocidos del club de taekwondo de su hija.

Entre sus trabajos llegó a fabricar y vender 17 rejillas para pan. A eso se fueron sumando cajoneras, mesas ratonas y armarios, mientras incorporaba herramientas y ganaba experiencia para desarrollar sus propias ideas.

“En la parte económica mi vida cambió muchísimo, pasé de no tener un ingreso a de pronto tenerlo y hasta a poder comprarme mis propias herramientas, lo que fue una gran alegría”, relató.

El cambio no fue solo de bolsillo. También se modificó la forma en que se mira a sí misma y sus posibilidades laborales: “El aprender algo más me hizo sentir más útil y me llenó por dentro, incluso aunque ya de edad sea grande”, expresó.

El próximo objetivo: dar clases

Tras dos años de formación, Érika empezó a proyectar un nuevo paso: enseñar el oficio. Su profesor reconoció su capacidad para acompañar a sus compañeros y para resolver planos desde cero, y la impulsó a hacer el curso de instructora para poder dictar clases.

“Es un sueño poder dar clases. Pasé de no saber nada, a aprender y ahora a estudiar para poder dar los cursos, es un montón”, afirmó.

En ese camino, su hija de 11 años es una de sus principales motivaciones. Érika quiere construir los muebles de su habitación y dejarle un recuerdo familiar parecido al que conserva de su abuelo: “Deseo el día de mañana poder decirle que toda su habitación se la hice yo y señalarle su cama, su escritorio y poder darle lo mismo que mi abuelo me dio a mí”.

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