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viernes, agosto 14, 2020

“Tenía hambre”: Alejo, el joven golpeado en un bar tucumano

– Buenas, doña, disculpe. ¿Va a querer libritos para colorear?
– Nooo, gracias. ya mis hijos son grandes. Estoy esperando que me den un nietito y te compro. ¿Querés la napolitana?

El último miércoles Alejo Ibáñez había salido de su casa en La Costanera Norte al mediodía. Se tomó el 4 y se bajó en El Bajo. Con el barbijo de Atlético celeste y blanco en la boca, la campera roja y libros para colorear en las manos, empezó a ofrecerlos mesa por mesa, cuadra por cuadra, persona por persona: Romelia’s, la Charcas, la vía, El Paseo del Bajo, la galería Azul, la Sáenz Peña, la 24 y así hasta irse acercando a la Virgen de la Merced.

Sin soltar los libros, Alejo fue saludando a su paso a las mismas personas que este sábado saluda. Es un sábado al mediodía característico del pulmón que une a la capital con el interior y sus ilusiones en botineros, bolsos y mochilas de Frozen. Un ambiente al aire libre musicalizado por un coro de vendedores ambulantes: cumbia, guaracha, Leales, cumbia, guaracha, Aguilares, cumbia, guaracha, Simoca. Y así.

Es un coro con chicos que venden barbijos con los colores de Amalia, señoras que ofrecen la pomada Mentisan, Koli Arce insaciable en los parlantes al lado de un futbolista parecido al Mecha Arche, pero con la camiseta de San Ramón, orgullo de Villa Quinteros, todos seguidos por una madre que le compra a la nena frutillas con crema con billetes de 10, refregándose las manos de frau en gel a la entrada de Azul, cerca de un senegalés con el barbijo de San Martín y al fin él, Alejo, el Melli, llegando a la esquina de Sáenz Peña y Crisóstomo Álvarez.

Tiene 19 años y baja de la moto que conduce su padre Marcelo. Bajan juntos en diagonal a la fachada de lata protegida por el Jesús y El Gauchito Gil achinados por el sol, un sol que da sed, una sed que aquí se calma con una Coca Cola de litro, una Coca Cola de litro que empieza a bajarse de un sorbo largo para dar paso a contar qué pasó antes, durante y después del video que se viralizó este viernes a la noche en la puerta de Bona, el bar que funciona debajo del hotel Carlos V en 25 de Mayo al 300.

“Todo ha sido el miércoles. Ya había dejado El Bajo y por la 25 me iba para la plaza Urquiza, donde hago los últimos bares. Seguía por la 25 cuando me cruzo a ese bar. Había una señora comiendo. Le oferto los libros para colorear que vendo y me dice eso, sonriendo: ‘No, gracias, ya mis hijos son grandes. Estoy esperando que me den un nietito y te compro, ¿querés la napolitana? Yo ya no la voy a comer’”.

“La señora no quería que la tiren y yo le digo que sí: tenía hambre. Yo había comido al mediodía y lo que pasó en el video fue entre las entre las siete de la tarde y las ocho de la noche. Así que no dudé en aceptarle a la señora, pero viene el mozo y me dice: ‘No, vos no vas comer esa napolitana. Vos no la has pagado’. Entonces yo le digo: ‘¿Por qué? Si la señora ya la ha pagado y ella me la ha regalado’”.

Sentado a la mesa pegada al ventanal que divide el salón del bar del hermoso deck con tablas de madera y jardín vertical, Alejo se disponía a terminar de comer la milanesa a la napolitana que la clienta había dejado. Así se alimenta por lo general: “Siempre almuerzo en el Mercado del Norte. Ya me conocen. Lo que dejan, me lo calientan. Pizzas, empanadas, lo que haya, yo como. Entonces no le dudé cuando la señora me dijo lo de la milanesa. Me la ha regalado y se ha ido. Y yo he quedado solo. Ahí el mozo se puso a levantar las cosas. El mozo me ha llevado los cubiertos, pero yo tenía tanto hambre que empecé a comer la napo con las manos. Es muy rica la comida que hacen ahí”.

Algo debe haber sospechado la señora que se levantó de la mesa porque, de acuerdo al relato de Alejo, ella vio todo lo que pasó después: “Yo comía con las manos nomás, mientras el mozo se puso a levantar las tazas de café de las otras mesas y me dijo: ‘Esperame que ya vengo de nuevo’. Y yo le digo: ‘Bueno, pero vos no me vas a sacar de acá. Vos tenés que dejarme comer’, le digo. De verdad que es muy rica la comida del bar, bien gruesa la carne”.

“De tan bueno que es Dios había tres policías en la puerta y le dijeron al mozo: ‘¿Por qué le pegás? ¿Por qué no lo dejás comer tranquilo? Mirá cómo lo has hecho poner de nervioso al chico’. Yo ya estaba nervioso. Eran policías de otra comisaría. Los que andan en la peatonal. Me preguntan: ‘¿Qué ha pasado?’ Te digo la verdad, amigo, le he largado la milanesa al mozo. No te quiero mentir. Sí me ha hecho enojar. Si no hubiera querido que coma ahí, ¿no me la podía poner en una bolsita? La comida no se tira, amigo. Soy vendedor y trabajo desde hace cinco años. Es la primera vez que me pasa algo tan feo. Encima el mozo tenía anillos. Mirá cómo me ha dejado”, dice Alejo con las marcas en los pómulos y al costado del ojo izquierdo, cicatrices y costras a la altura de la sien.

Bombón, alfajor, medias, repasadores, de todo vende Alejo. Pero los libritos para colorear que ahora ofrece no son casualidad: “Hace un año y tres meses que fui papá. Se llama Florencia mi hija. Se hemos puesto todos contentos cuando ha nacido porque mi mamá había perdido un bebé, ¿o no pá? Y yo soy gemelo. El otro se llama Tomás, que también vende. Y después un hermano más que vende en Azul, al final del pasillo, ¿que no, pa?”, pregunta todo el tiempo Alejo a su padre Marcelo, quien se ha quedado sin trabajo y ahí anda con un problema de diabetes que le dispara el azúcar si se excede o mira algo que lo destartala, algo como un video donde a su hijo le pegan.

“He sentido una impotencia que no te explico cómo se siente. Tenés que ser padre para sentir lo que he sentido. Mi hijo sigue siendo una criatura todavía, no anda robando, no se anda drogando, todo lo que hace lo hace para su hija. Me ayuda a mí que estoy con esta diabetes y no trabajo. Él es bueno. No voy al médico para no contagiarme de nadie. Mi hijo me ayuda y me compra la pastilla. Pero me hice una mala sangre que no te explico. Quería irme a buscarlo al bar, pero mi señora me ha calmado y me ha dicho que me quede tranquilo, que Dios se iba a ocupar de darle paz a ese hombre, y de darle trabajo a mi hijo. Además es gente muy poderosa la de esos hoteles, tiene mucha plata”, dice Marcelo, ante el video que ha llegado a la familia a través de una amiga que le dona pañales a Alejo y le envió el video esta mañana.

Esos segundos han sido los más álgidos de la familia Ibáñez desde que Alejo y su padre Marcelo fueron demorados en Estación Aráoz hace tres meses por vender sin el permiso de circulación que se necesitaba en abril. “Habíamos vendido lindo, pero no nos dimos cuenta de sacar ese permiso. Ahora lo tengo, ¿ve? Aquí están mis datos, mi nombre, mi documento, mi domicilio en Costanera Norte y mi trabajo: ‘Vendedor ambulante’, ¿ve? Yo soy vendedor, yo trabajo, yo no robo”, dice el joven que cuenta cómo quedó después de la pelea con el mozo.

“Esa noche el policía me dio 200 pesos y la señora que filmó me dio 200 pesos más. Volví en el 4 que me deja en la esquina de mi casa. Llegué todo magullado, esa noche estaba triste, pero ya me pasó. Tiene que pasar el enojo porque si tengo mala cara no puedo vender. Así que aquí estoy echándole ganas para tirar para adelante, así la cuerda no se afloja, como dice el dicho. No hay que aflojar porque si aflojás, no puedo llevarle nada a mi hija. Así que todos los días arriba. Sólo los domingos descanso”, dice Alejo, antes del último sorbo a la Coca Cola para ir a buscar los libros para colorear y volver a ofrecerlos en su recorrido que arranca en El Bajo y termina en la plaza Urquiza.

No sabe si pasará por la vereda o por el frente del bar donde todo pasó. Lo que sí sabe que mañana, mientras descansa, volverá a pensar en el mozo, en lo que siente cuando mira las imágenes: “Me cuesta entender cómo puede haber gente tan mala. Él no me la ha pagado a la milanesa. Me la han regalado. He llorado ahí nomás, pero ya ha pasado todo”, se despide Alejo, a quien le gustaría tener otro trabajo y dejar un mensaje para quien lo lea.

Me gustaría conseguir otro trabajo. Sé leer y escribir. No sé sumar ni dividir, pero aprendo rápido todo. He hecho hasta el primer año del secundario. Me han criado bien en mi casa. Me han enseñado a ser generoso. Si alguien no me compra y me da 10 pesos, esos 10 pesos son para la señora que pide en la Iglesia al frente de la superpanchería, o a Pedro, el gordito de los patitos. Entre todos nos tenemos que ayudar, ¿verdad? Si vos ayudás, la gente te ayuda. Tenés que ayudar para que te ayuden. Hay que ser buena gente. Por eso le pido a Dios que lo haga recapacitar a ese mozo y que se dé cuenta que está mal lo que ha hecho, que eso que ha hecho está mal”.

Fuente: eltucumano.com

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