Tenía título de ingeniero en petróleo, pero volvió a la cocina de sus viejos y hoy no dan abasto

Tenía el título de ingeniero en petróleo y un trabajo lejos de todo, pero eligió volver al restaurante de sus viejos. Lo que pasó con el local cuando lo reabrió a su manera lo dice él mismo.

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Tenía título de ingeniero en petróleo, pero volvió a la cocina de sus viejos y hoy no dan abasto
Tenía título de ingeniero en petróleo, pero volvió a la cocina de sus viejos y hoy no dan abasto

Para muchos es un clásico del Barrio Chino. Para otros, la mesa obligada de los cocineros más famosos de Buenos Aires. Y hay un tercer grupo que llega hasta Montañeses 2574, en Belgrano, siguiendo las recetas que su chef publica en redes. Todos buscan algo distinto en Hong Kong Style, el restaurante que la familia Lui levantó con dos generaciones de esfuerzo y que hoy tiene en Walter Lui a su cara visible.

Su historia no fue lineal. Walter se recibió de ingeniero en petróleo, trabajó en pozos en el sur del país y dejó esa carrera para volver al salón familiar. La pandemia fue el punto de quiebre: el local cerró y él se propuso reabrirlo, pero con su propia impronta.

De un almacén de Parque Patricios a un clásico del Barrio Chino

El origen está en Cheuk Hung Lui y Lih Lih Hwang, los padres. Él llegó desde Hong Kong con una historia de esfuerzo: dejó el secundario para trabajar cuando nacieron sus hermanos menores, se ganaba la vida en cocinas y llegó a jugar en la selección de fútbol de su ciudad. Una lesión en la rodilla lo empujó a probar suerte primero en la Argentina, después en Estados Unidos y finalmente de nuevo acá, donde se quedó.

Ella había llegado de Taiwán a los 14 años. Juntos abrieron un almacén en Parque Patricios, el mismo que les dejó el abuelo y donde nació Walter. Cuando el hermano menor del padre vino de Hong Kong, repitieron la jugada: le pasaron el almacén y se lanzaron a la gastronomía. Así nació Hong Kong Style en el año 2000, cuando Walter tenía 12 años.

Los años en que no entraba nadie

El arranque fue duro. El Barrio Chino era mucho más chico que ahora y Buenos Aires todavía miraba con desconfianza las cocinas étnicas. El padre insistía con una cocina china auténtica: “El chino no come chop suey ni pollo con almendras”, repetía. Los primeros tres años dieron pérdida y hubo semanas en las que entraron diez personas en total. De a poco, la clientela empezó a aparecer.

Walter se metió en el restaurante a los 15 años, en unas vacaciones, como camarero. Recuerda que el primer plato que agarró era de arrolladitos primavera: se dio vuelta y salió todo volando. Después vinieron los fines de semana y, más tarde, todos los días después del colegio.

El empujón de los colegas y un alquiler que no se renovó

El nombre empezó a sonar cuando otros cocineros lo adoptaron como propio. La primera fue Narda Lepes, que les recomendó el lugar a sus pares. Detrás llegaron Christophe, Dolly y Fernando Trocca, entre otros. Pero a los seis años no les renovaron el contrato de alquiler y tuvieron que salir a buscar un local a las corridas. En esa mudanza llegó la versión de Hong Kong Style que se hizo más conocida, y el padre fue ganando reconocimiento dentro de la gastronomía.

El desvío por el petróleo

El padre nunca pudo estudiar y por eso le marcó el camino al hijo: “Vos tenés que estudiar, tenés que ser un profesional para no trabajar de manera tan sacrificada como trabajamos nosotros”. Walter quería algo propio, era bueno con los números y sabía que necesitaba ganar plata. Eligió el ITBA y la ingeniería en petróleo, que se vendía como “la carrera del futuro”: viajar por el mundo y ganar bien. Lo que nadie le contó es que los destinos eran remotos y que dormir cómodo o comer rico no estaba garantizado.

Se recibió justo cuando estalló la crisis del petróleo de 2014-2015. Tardó un año y medio en conseguir trabajo. Empezó en Comodoro Rivadavia y siguió en Neuquén, con un régimen de 20 días de trabajo y 10 de descanso. Al principio lo vivió como un desafío; después de dos años se dio cuenta de que no se divertía en medio de la nada y que esa no era la vida que quería. Volvió a trabajar con el padre, pero no se entendían: el hombre estaba enojado porque su hijo ingeniero había dejado el petróleo.

El regreso a la cocina y la pandemia

El último Masticar fue el primer acercamiento. Narda los invitó a hacerlo juntos y el padre respondió: “Sí, dale, va Walter”. Fueron cuatro días de trabajo intenso y más de 3000 porciones que lo hicieron pensar que la cocina podía gustarle. Coqueteó con estudiar gastronomía en otro lado, con irse a Australia, y mientras esperaba novedades buscó trabajo con Juan Gaffuri, chef del Four Seasons y amigo de la familia. Gaffuri le abrió la puerta con una condición: que aportara un poco de Hong Kong Style. Todo estaba en marcha cuando llegó la pandemia.

El delivery no cerró los números. Walter les dijo a sus viejos que si seguían se iban a fundir y no les quedaría resto para un nuevo intento. Cerraron. Poco después, Narda lo llamó para sumarlo a la apertura de un restaurante en Cañitas y más tarde a Narda Comedor. Esa experiencia, en otra escala y con otra forma de trabajar, le dio confianza. Sentía algo parecido al síndrome del impostor, pero después de esas aperturas se animó: les anunció a sus padres que quería reabrir Hong Kong Style, con una condición: “Lo voy a hacer yo. Ustedes me pueden acompañar, me pueden ayudar, pero tiene que ser a mi manera”.

Un boom de dos meses, después el llano y las redes

La reapertura fue caótica, con Narda y Inés de los Santos como apoyos. Los dos primeros meses fueron un boom de colegas que venían a conocer. Después se planchó. Algunos clientes de toda la vida siguieron yendo; otros dejaron de ir porque el padre ya no estaba. Él pasó las primeras dos o tres semanas, hasta que una pelea lo llevó a decir “Yo no vengo más”, aunque siguió ayudando con las compras.

En ese momento lo llamaron de El Gourmet para hacer un programa. La visibilidad no se tradujo en muchos comensales, pero le hizo perder el miedo a la cámara. El empujón definitivo vino de otro lado: su hermana y su cuñado, muy foodies, venían desde Singapur todos los días a comer. Un día el cuñado le dijo: “Está buenísimo lo que estás haciendo, pero nadie quiere ser el mejor restaurante que nadie conoce”.

Ahí arrancó la apuesta por las redes. Con un amigo del colegio que es filmmaker, decidió no abrir los lunes para grabar recetas. Le avisó al padre esperando una negativa y recibió una respuesta práctica: “Puede llegar a funcionar. Ahora, si vos vas a resignar un día de facturación para grabar, tenés que recuperar esa facturación. Fíjate cómo lo acomodás”. Al año de abrir ya tenía más de 250.000 seguidores.

Hoy calcula que la mitad de los comensales llega por lo que ve en las redes; después, muchos se vuelven habitués. Su conclusión es que tener comida rica ya no alcanza: hace falta un diferencial. Y lo dice con conocimiento de causa: “Nosotros, si no hubiese sido por las redes, ya nos hubiésemos fundido”.

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