Tiraba a la basura un residuo del erizo de mar: 15 años después lo exporta a España y EE.UU.
Una científica del Conicet tiró a la basura durante años un pigmento que aparecía en sus estudios con erizos de mar. Cuando una enfermedad golpeó a su familia, volvió a buscarlo. Hoy esos descartes son cuatro suplementos que cruzan fronteras.
Durante años, la doctora en Biología Tamara Rubilar estudió los erizos de mar de la Patagonia buscando moléculas de interés científico. En el laboratorio, unos pigmentos que aparecían en el proceso resultaban un estorbo y terminaban descartados. Nadie imaginaba que esos mismos compuestos serían la semilla de una empresa biotecnológica con proyección internacional.
«Yo soy investigadora del Conicet y a mí lo que me pasó es que la vida se me atravesó en mi vida científica», contó Rubilar en diálogo con RN Radio.
El disparador fue personal. Su segundo hijo nació con una enfermedad autoinmune poco frecuente. Los médicos le indicaron un tratamiento y, al mismo tiempo, le advirtieron sobre las consecuencias que podría acarrear con los años. Fue entonces cuando la científica empezó a buscar alternativas con las herramientas que ya tenía: su conocimiento acumulado en el laboratorio.
Quince años después, aquel camino se transformó en una empresa de base tecnológica que produce cuatro suplementos dietéticos, exporta a España y Estados Unidos y acaba de ampliar su planta de producción en Puerto Madryn. Rubilar será una de las protagonistas de BioArgentina 2026, el encuentro que se hará el 11 de noviembre en Bariloche y que por primera vez desembarca en la Patagonia.
El correo que lo cambió todo
Buena parte de la carrera de Rubilar estuvo dedicada al estudio de moléculas marinas, en especial los ácidos grasos omega 3. En ese trabajo aparecían pigmentos de los erizos que no servían para lo que investigaban.
«Había unos polifenoles, unos pigmentos que nos molestaban y los tirábamos a la basura», recordó.
La oportunidad de aprovecharlos llegó de afuera. Un colega brasileño le envió un trabajo científico de investigadores rusos con un asunto que le llamó la atención: «Tamara, esto es para vos». El estudio analizaba una molécula presente en los erizos de mar, con antecedentes de investigación vinculados a la inflamación y al sistema inmunológico.
Rubilar cruzó esa información con lo que sabía de su propio laboratorio. Se puso en contacto con los científicos rusos y les mandó muestras de erizos patagónicos para verificar si contenían la misma molécula. «Imaginate, unimos Patagonia con Siberia», relató.
Los análisis confirmaron que se trataba del mismo compuesto. A partir de ahí empezó a explorar aplicaciones posibles. En su casa preparó lo que llamaban un «juguito de erizo de mar» para su hijo. Según contó, en los meses siguientes notó mejoras progresivas en algunos de sus síntomas. Esa experiencia familiar la empujó a seguir investigando, aunque por sí sola no constituye evidencia clínica de eficacia.
El impulso para ir más allá de su familia lo dio su marido: «Esto no puede solo servirle a él, Tamara. Fijate cómo podés hacer para que esto sirva a los otros», le dijo.
Llevar la idea al laboratorio tampoco fue sencillo. «Tuve que superar un montón de autoprejuicios. Tenía miedo de presentarlo en mi equipo científico y que me dijeran: ‘Tamara, estás loca’», reconoció. Hubo colegas que dudaron y otros que se sumaron al proyecto hasta conformar el equipo que desarrolló la biotecnología.
Cuatro formulaciones y una aclaración clave
El proyecto creció hasta convertirse en una empresa de base tecnológica que usa moléculas obtenidas de erizos de mar para elaborar suplementos dietéticos. Hoy comercializa cuatro formulaciones con objetivos distintos. Entre ellas hay productos hechos a partir de espinocromas, compuestos presentes en los pigmentos de estos animales marinos, y una formulación de omega 3.
Rubilar remarcó una distinción importante: son suplementos dietéticos de venta libre, no medicamentos ni tratamientos para curar enfermedades. Describió distintas aplicaciones que estudian para sus formulaciones, sobre todo vinculadas a procesos celulares e inflamatorios. Los beneficios clínicos específicos, sin embargo, requieren evidencia que no puede establecerse solo a partir de su testimonio.
La investigación de laboratorio también tomó forma comercial. Los productos se venden por canales digitales y en farmacias, y la empresa trabaja para ampliar su presencia en distintos puntos del país. Según Rubilar, la demanda se aceleró en los últimos meses, sobre todo después de que su historia alcanzara mayor difusión nacional.
Crecer sin moverse de Puerto Madryn
Uno de los puntos que Rubilar más destaca es haber desarrollado la empresa en la misma ciudad donde empezó la investigación. «Desde una ciudad patagónica podemos hacer un producto de principio a fin», señaló.
En Puerto Madryn se elaboran y envasan los suplementos. Desde allí salen tanto para el mercado argentino como para las exportaciones. El crecimiento llevó a la empresa a ampliar recientemente su planta en 150 metros cuadrados y, en los últimos seis meses, a duplicar la cantidad de trabajadores, según contó la investigadora.
Para Rubilar, generar empleo local es uno de los resultados más valiosos de la iniciativa. No se trata solo de desarrollar una tecnología, sino de demostrar que una empresa científica puede producir y crecer desde la Patagonia. Hay otra particularidad: todo surgió de una investigación realizada dentro del sistema científico público.
El vínculo con el Conicet y el retorno a la ciencia pública
Rubilar sigue siendo investigadora del Conicet. Mantiene proyectos científicos, dirige becarios y participa en la formación de nuevos profesionales. La tecnología desarrollada se usa mediante un sistema de licenciamiento: la empresa paga por utilizarla. «Esto genera también ese círculo virtuoso, donde vuelve dinero a la ciencia pública», explicó.
El mecanismo permite que conocimientos producidos en instituciones científicas se conviertan en desarrollos comerciales y, al mismo tiempo, generen recursos para el sistema de investigación. Rubilar considera importante que los jóvenes conozcan esas posibilidades. Durante mucho tiempo, señaló, no era sencillo imaginar que una investigación pudiera transformarse en una empresa. «Creo que es importante que las nuevas generaciones vean también este otro aspecto de la ciencia», sostuvo.
BioArgentina 2026, con la Patagonia como sede
El 11 de noviembre, Rubilar compartirá su experiencia en BioArgentina 2026, el encuentro organizado por la Cámara Argentina de Biotecnología (CAB) en el Sheraton Hotel de Bariloche. La jornada reunirá a investigadores, empresas, emprendedores y representantes del sector productivo para intercambiar experiencias y generar vínculos.
Rubilar subrayó que será la primera vez que BioArgentina se realiza en la Patagonia, una región que, a su criterio, atraviesa importantes transformaciones económicas. En ese contexto, cree que la biotecnología puede abrir nuevas oportunidades, incluso en actividades que tradicionalmente no se relacionan con las ciencias biológicas. «La biotecnología puede jugar un rol en esos desarrollos también», afirmó. Por eso invitó a estudiantes, profesionales, investigadores y empresarios a participar.
Su propia trayectoria es uno de los ejemplos que llegarán a Bariloche: una investigación que nació con los erizos de mar, pasó por laboratorios de la Patagonia y Siberia y terminó convertida en una empresa que produce, exporta y genera trabajo desde Puerto Madryn.
Cómo participar del encuentro
BioArgentina es el encuentro anual de la Cámara Argentina de Biotecnología. En su 13ª edición se hará el 11 de noviembre en el Sheraton Hotel Bariloche, bajo el lema «Conocimiento que crea valor».
La programación incluye paneles, experiencias de empresas de base científica y BioRondas, reuniones destinadas a conectar investigadores, emprendedores y representantes del sector productivo. La participación es gratuita, con inscripción previa y cupos limitados en www.bioargentina.com.ar.