«Todavía tengo marcas del silicio»: el estremecedor relato de una monja que sobrevivió al Carmelo de Nogoyá

Pasó tres años y tres meses en el Carmelo de Nogoyá, el mismo convento que terminó con una priora condenada por privar de la libertad a dos monjas. Hoy muestra las marcas que le dejó el silicio y cuenta lo que nadie contó hasta ahora.

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«Todavía tengo marcas del silicio»: el estremecedor relato de una monja que sobrevivió al Carmelo de Nogoyá
«Todavía tengo marcas del silicio»: el estremecedor relato de una monja que sobrevivió al Carmelo de Nogoyá

María Evelyn Garay fue carmelita de clausura entre 2002 y 2005 en Nogoyá, el mismo convento donde la expriora Luisa Toledo fue condenada por privar de la libertad a dos monjas. Ahora cuenta todo en un libro que se publicará en Amazon.

El humo era espeso y los ojos le ardían. Las llamas avanzaban sobre la madera vieja y las telas acumuladas en la sacristía. Entre los destellos rojizos, siluetas negras: monjas. Y de pronto, esa voz ronca que le generaba pavor. El relato, que parece sacado de una escena de ficción, es un recuerdo real de María Evelyn Garay, excarmelita de clausura.

Ella vivió entre 2002 y 2005 en el Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen, en la zona sur de Nogoyá, frente al barrio San Miguel. Es el mismo convento que años después quedaría en el centro de una causa judicial y que hoy inspira la serie «Cautiva», que se ve por TNT, Flow y HBO.

El caso que inspiró la ficción

La serie se basa en el libro «Las torturas del convento», de Daniel Enz, que reconstruye la historia de Silvia Albarenque. En 2016, Albarenque y Roxana Peña denunciaron ante la Justicia a la priora Luisa Toledo por tormentos y privación ilegítima de la libertad.

El 5 de julio de 2019, el Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay halló culpable a Toledo y la condenó a tres años de prisión efectiva en la Unidad Penal N° 6 de Paraná. Según la sentencia, durante años les impidió salir del Carmelo y las sometió a violencia, amenazas y tormentos que no estaban previstos en las constituciones de la orden.

Evelyn conoció ese mundo desde adentro. Cuando ella estaba en la clausura, la priora era la madre María de los Ángeles y la subpriora, la madre Isabel de la Trinidad, Luisa Toledo.

«Eso es real»: la vida en silencio

Evelyn se sentó a ver el primero de los seis capítulos de «Cautiva» antes de hablar con el programa Puro Cuento, de Radio Plaza 94.7. Sus amigos le preguntan lo mismo a toda hora: ¿es igual? ¿se vive así? ¿pasó de verdad?

«Es preciosa la serie, pero yo tuve mi propia experiencia ahí adentro», cuenta. Y aclara: «Hay que tener en cuenta que esto es ficción, y está hermosamente armada».

Con Silvia Albarenque compartió tres años y tres meses de clausura. Dormían y trabajaban en la misma zona, pero casi no cruzaban palabra. «Hablamos contadas con una mano las veces que hablamos. No se nos permitía hablar. Eso es real», afirma.

El silencio regía de la mañana a la noche, con apenas dos horas de recreo después del mediodía. Las profesas estaban separadas de las novicias y solo se juntaban en el recreo nocturno. Aun así, no se podía hablar con la hermana de al lado. «No se podía hacer una amistad ahí adentro», resume.

Cartas dictadas y una reja por la que no pasaba una mano

Antes de entrar, Evelyn no tenía idea de cómo era la vida que le esperaba. Solo había leído «Historia de un alma», de Teresita de Lisieux, una imagen «muy novela, muy novelesca, muy bella». El proceso de discernimiento con las carmelitas fue brevísimo: tres visitas antes de entrar, nada que ver con el año que había pasado con las hermanas mercedarias en Córdoba.

Una vez adentro, no había contacto con el exterior. Ni llamados, ni cartas propias: las cartas a la familia las dictaban las monjas, que corregían hasta la caligrafía. Evelyn recuerda una en particular. Su mamá la visitó con el pelo teñido de rubio y le hicieron escribirle una carta pidiéndole que volviera a su color natural, «porque así a Dios no le gustaba». Lo hizo. «No tenés otra opción más que obedecer ahí adentro», dice.

Las visitas eran una vez al mes. En el Carmelo de Nogoyá, la reja era tan pequeña que no pasaba la mano de un niño. «Uno acepta ahí adentro todo. Entrás sin saber y después no te queda otra opción más que aceptar, bajar la cabeza», relata.

El silicio y las marcas que todavía duelen

Con el tiempo llegaron las enseñanzas sobre las «armas de mortificación»: el silicio, las penitencias, los horarios. El silicio es un alambre que se ata a la pierna. Lo único que dependía de cada una era cuánto apretarlo.

«Todavía tengo marcas arriba de la rodilla de las heridas que me hice», confiesa Evelyn. En la serie, las mortificaciones y los latigazos se aplican sobre la espalda; en la realidad, dice, los golpes se daban en las nalgas, a través de las túnicas que las carmelitas nunca se quitaban.

¿Se cuestionó el uso del silicio? «Por supuesto. Por eso ellas tienen sus tiempos para enseñarte las cosas y no te las dicen antes de entrar. No te asustan con esas cosas. Vos entrás y es todo maravilloso, hermoso. Después empezás a entender el tema de la obediencia», explica.

El silencio, no comer carne, no ver a la familia: todo se presentaba como sacrificio. «La verdad que es un sacrificio no poder abrazar a tus hermanos o a tu madre. Y encima tenés que agregar estos dolores físicos que vos misma te generás», agrega.

Un día en el Carmelo: tablillas a las 5.30

La rutina empezaba a las 5.30 de la mañana, cuando la monja campanera recorría las celdas haciendo sonar las tablillas. «El eco en los claustros te despertaba sí o sí», recuerda. Las profesas iban directo al coro a rezar laudes; las novicias se formaban en fila doble, de menor a mayor, detrás de la madre maestra.

Después de laudes venía la misa y luego el desayuno en el refectorio, ya sin silencio absoluto. A trabajar: en el Carmelo de Nogoyá se hacían estatuillas de yeso y rosarios con cuentas de pétalos de rosa, además de atender la huerta y el jardín. Rezo, trabajo, rosario, comida, rezo. Después de las dos comidas, un recreo: al mediodía separadas entre novicias y profesas; a la noche, todas juntas.

La salida: una votación y años de reconstrucción

Evelyn decidió irse para trabajar con las hermanas mercedarias, de quienes era devota. Una réplica de la Virgen del Rosario de San Nicolás que recorría Entre Ríos y llegó al convento de Nogoyá la convenció de que era el momento.

La diferencia con el caso de Silvia es que, cuando ella pidió salir, la priora era la madre María de los Ángeles. «Simplemente se habló y se hizo la votación», cuenta. Las monjas votan tanto el ingreso como la salida. La votación aprobó que Evelyn pudiera irse.

Pero salió «no con pocos traumas». «Ahí adentro te dejan en claro que tenés que acostumbrarte a no tener opinión, a no tener palabra, destruyen tu personalidad. Hasta la caligrafía me corregían. Cuando estás afuera, te cuesta muchísimo encontrarte nuevamente, volver a quererte también, volver a sentirte amada», dice.

«Las celdas de Dios», el libro que viene

Evelyn empezó a escribir para no olvidar nada. El resultado es «Las celdas de Dios», un libro casi terminado que se publicará en Amazon. «Quiero que la gente se entere realmente lo que pasa ahí, cómo son las costumbres, cómo viven», dice.

El título es fuerte y ella lo sabe. «Las celdas se llaman a las habitaciones de las hermanas. Me parece correcto decirlo así», explica. Y va más allá: en la celda de cada monja no entra nadie más. Ni siquiera en los recreos se podía estar cerca: los bancos tienen grabado hasta dónde puede ocupar cada una su espacio. Las monjas no pueden tocarse las manos.

«Ahí adentro, en un momento pensás: ¿realmente esto es lo que quiere Dios de mí? ¿Que me lastime? ¿Esto realmente es algo bueno para la iglesia?», se pregunta. Y responde: «Quizás puedo hacer algo mejor estando afuera o en otra comunidad también».

Fuente: declaraciones de María Evelyn Garay al programa Puro Cuento, de Radio Plaza 94.7.

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