Trabajaba de cadete en el Barolo y no llegaba a fin de mes: la pregunta que le cambió la vida a él y al edificio
Un cadete que no llegaba a fin de mes encontró la forma de que el Palacio Barolo se sostenga con turistas: hoy recibe miles por mes y alivia el bolsillo de los propietarios. El dato que más pesa no es la vista.
Un estudiante que no podía pagar el alquiler miró a los turistas que pasaban frente al Palacio Barolo y se hizo una pregunta que, 22 años después, sostiene parte del mantenimiento de un edificio centenario. La historia de Miqueas Thärigen y su hermano Tomás empezó en 2004, cuando él era cadete en el edificio de Avenida de Mayo y su tío lo administraba.
Miqueas había llegado desde Mar del Plata para estudiar Medicina en la UBA. El sueldo no le alcanzaba. Un día, al ver a la gente que se detenía a mirar la fachada de 100 metros y seguía de largo, se preguntó: “¿Qué pasa si subimos gente al faro para conocer el edificio?”. La respuesta terminó siendo un emprendimiento familiar que hoy recibe alrededor de 4200 visitantes por mes.
Una familia con el edificio en la sangre
El vínculo con el Barolo no nació con ellos. Su bisabuelo, Carlos Jorio, instaló su estudio contable en el edificio en 1926. “Mi bisabuelo tenía su escritorio acá desde 1926. Después mi tío empezó a administrar el Palacio y nosotros, desde chicos, estuvimos vinculados con el edificio”, recuerda Miqueas desde el rooftop, más de un siglo después.
Incluso antes de que las visitas fueran un negocio, Jorio ya intuía el potencial turístico. Un kiosquero de la planta baja les contó que él solía decir: “Acá tendría que haber turistas y tendrían que subir constantemente”.
Las primeras visitas se hacían los lunes y jueves, porque el resto de los días Miqueas cursaba. Salían cada hora, entre las 14 y las 18, y la difusión era artesanal: repartía folletos en la calle y mandaba mails a agencias de turismo, porque en 2004 no existían las herramientas actuales.
“Sentimos que recibimos por parte de nuestra familia un espacio para explotar y que es nuestra responsabilidad conservarlo, mantenerlo y difundirlo para que futuras generaciones lo sigan disfrutando”, reflexiona Tomás.
Un recorrido del infierno al paraíso
La idea nunca fue solo subir al faro y sacar una foto. Los hermanos quisieron que la experiencia empezara en la planta baja y que cada rincón contara una parte de la historia. El Palacio Barolo fue diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti a pedido del empresario textil Luigi Barolo. Se empezó a construir en 1919 y se inauguró el 7 de julio de 1923.
Sus 100 metros de altura representan los 100 cantos de La Divina Comedia, de Dante Alighieri. El recorrido propone un viaje simbólico por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. La planta baja representa el Infierno, con figuras, inscripciones en latín y referencias a los personajes de la obra. A medida que se asciende, la arquitectura acompaña ese viaje hasta el faro, que simboliza el Paraíso y ofrece una de las vistas panorámicas más especiales del centro porteño.
“Nosotros queremos contar todo desde la arquitectura y que la gente se vaya diciendo que le encantó la historia, que pudo empatizar con el dueño y con el arquitecto”, agrega Tomás.
Los guías también se vistieron de época. “Habíamos heredado un par de sombreros de nuestro bisabuelo, entonces empezamos a guiar usando sombrero. Después dijimos: ‘¿Qué te parece si nos vestimos más de época? Camisa blanca, tiradores’”, recuerda Miqueas.
“Nosotros no queríamos competir con la vista, que es impresionante. Queríamos que la gente no solo viniera por eso, sino que se llevara lo que fue la Argentina, el Barolo arquitectónicamente y la mentalidad de Barolo y Palanti al elegir Buenos Aires para hacer este edificio”, explica.
Hoy las visitas se hacen todo el año, con recorridos diurnos, nocturnos y experiencias especiales. Duran entre una hora y media y dos horas, incluyen una oficina ambientada como en la década de 1920 —idéntica a la que usaba su bisabuelo— y el acceso al faro. El valor va de $35.000 a $48.000 según el tipo de recorrido y si el visitante es residente o no.
El negocio que ayuda a pagar el mantenimiento
Detrás del atractivo turístico hay una economía particular. El Barolo es un inmueble privado con oficinas, propietarios, una administración y un consorcio que debe afrontar los gastos de una construcción centenaria. Originalmente tenía unas 400 oficinas; hoy, según los hermanos, quedan alrededor de 300 unidades y entre 60 y 70 propietarios.
“No existe una máquina que te haga las puertas curvas que tiene este edificio. Todo pasa a ser muy artesanal, especializado, y con el paso de los años el mantenimiento se vuelve cada vez más complejo”, explica Tomás. Los ascensores conservaron durante décadas buena parte de sus mecanismos originales y, cuando alguna pieza se rompía, debía fabricarse especialmente.
En ese contexto, las visitas guiadas se convirtieron en una fuente clave de ingresos para el consorcio. Según los hermanos, el aporte económico de la actividad permite reducir las expensas del edificio aproximadamente un 40%, aunque el porcentaje varía según los ingresos de cada período.
Desde los primeros recorridos tuvieron que negociar con los propietarios para conseguir autorizaciones y garantizar la convivencia entre quienes trabajan en las oficinas y los turistas. Durante mucho tiempo los permisos se renovaban año tras año. Con el crecimiento de la actividad y la consolidación de su aporte económico, consiguieron primero una concesión por tres años y luego otra por cinco, vigente hasta 2027.
“Todo lo que conoce la gente sobre el Barolo genera más interés en alquilar una oficina acá y tener su despacho, porque no es cualquier lugar”, sostiene Miqueas.
El rooftop que Palanti imaginó hace un siglo
El siguiente paso llegó con la idea de incorporar un bar en el rooftop. La ocurrencia surgió al ver que a los turistas les encantaba terminar los recorridos con una copa de vino mientras contemplaban Buenos Aires desde las alturas. “Y ahí nos dimos cuenta de que al Barolo le faltaba algo gastronómico”, cuenta Miqueas.
La oportunidad apareció cuando una de las propietarias les ofreció comprar un espacio con dos terrazas. Había tenido distintos usos: taller de costura, oficinas de publicidad y negocios vinculados con la ropa de tango. Los hermanos compraron la propiedad en 2015, pero como estaba alquilada recién pudieron tomar posesión en 2017.
Al estudiar las reformas se encontraron con una sorpresa: en los planos originales de Mario Palanti, elaborados en 1919, ya figuraban un salón restaurante y una terraza gastronómica. El arquitecto había imaginado un rooftop para el edificio un siglo antes de que esa propuesta se convirtiera en tendencia en Buenos Aires.
“Miramos el plano y decía ‘Salón restaurant’, ‘Azotea restaurant’. Palanti lo había pensado desde el principio, pero nunca se pudo concluir”, relata Miqueas. Así nació el Salón 1923, que abrió en 2019 y lleva el nombre del año de inauguración del palacio.
“Sentimos que le cumplimos el sueño a Palanti. Él había pensado este espacio hace 100 años y nosotros pudimos concretarlo”, cuenta Miqueas.
Hoy el rooftop recupera la estética de los años 20 con ambientación Art Déco, muebles y detalles decorativos, combinados con dos terrazas desde donde se ve una parte de Buenos Aires que parece detenida en el tiempo. Hasta los mozos están vestidos de época, para no perder la costumbre.