Trabajaba en la mayor central nuclear de Europa: lo que le hicieron cuando lo detuvieron los rusos
Kostiantyn Chebaevskyi trabajaba en la central nuclear de Zaporiyia cuando los rusos lo detuvieron. Años después viajó a la Argentina para denunciar las torturas, pero la primera presentación fue rechazada. Ahora revela su identidad y vuelve a intentarlo.
Kostiantyn Chebaevskyi tenía una vida ordenada en Enerhodar, una ciudad del sudeste de Ucrania. Trabajaba en la central nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa, y además regentaba una pequeña cafetería propia. Tenía su departamento, sus amigos y tiempo para tomarse vacaciones. “Mi vida era bastante común, como la de muchas personas en Ucrania y en otros lugares”, cuenta desde Kiev a LA NACION.
Esa rutina se rompió el 6 de agosto de 2022, cuando las fuerzas rusas ya ocupaban la planta desde el 4 de marzo de ese año. Al terminar su turno, Kostya —como prefiere que le digan— mostró su credencial en el control de acceso. Un soldado ruso leyó su nombre y lo apartó a una habitación pequeña. Sus compañeros se fueron sin él.
Le preguntaron si sabía usar drones, si entendía por qué estaba ahí. Contestó que no. Minutos después apareció un hombre corpulento vestido de civil que lo condujo a la llamada “salida cero”, un paso por el que se podía abandonar la central sin que la credencial dejara registro. Afuera lo esperaba un auto con otros hombres.
Una semana sin noticias
Durante siete días, su madre lo buscó desesperada. En los registros de la planta su hijo seguía figurando como presente. Un conocido del área de seguridad le confirmó esa versión: técnicamente, Kostya continuaba dentro de la central. En realidad, estaba detenido en una comisaría de la ciudad.
Según su relato, allí lo interrogaron, le aplicaron descargas eléctricas con un teléfono militar de manivela y uno de los captores intentó estrangularlo con un cable. Recuperó la libertad diecisiete días después, el 23 de agosto de 2022.
De Zaporiyia a Comodoro Py
Dos años más tarde, en 2024, Kostya cruzó medio mundo para denunciar en Buenos Aires las torturas sufridas durante su cautiverio. Llegó con el respaldo de The Reckoning Project, una organización que documenta crímenes de guerra, y con una historia que por entonces no llevaba su nombre en público.
En su primera presentación ante la Justicia federal, bajo el principio de jurisdicción universal —que permite investigar crímenes internacionales cometidos fuera del país—, mantuvo su identidad en reserva y acudió a los tribunales de Comodoro Py con el rostro cubierto. La denuncia fue rechazada sin que se abriera una investigación, porque se consideró que los hechos podían estar bajo examen de la Corte Penal Internacional (CPI). La apelación tampoco prosperó.
Después, la CPI aclaró que no investiga este caso concreto. Con ese argumento, The Reckoning Project volvió a presentar el caso. Ahora Kostya impulsará el reclamo a título personal, con un abogado argentino, y decidió revelar su identidad.
“Solo gracias a ellos no perdí la cabeza”
Al repasar el cautiverio, Kostya también recuerda las pequeñas rutinas que lo sostuvieron. En una de las celdas, el día empezaba y terminaba con salmos que un detenido recitaba en voz alta. Por las noches resolvían crucigramas entre todos. “Yo era el campeón de los crucigramas”, contó.
Sobre las personas que compartieron celda con él, fue directo: “Creo que solo gracias a ellos no perdí la cabeza”.
La acusación y los interrogatorios
—¿De qué lo acusaban cuando se lo llevaron?
—Buscaban personas que transmitieran información sobre la ciudad o fotografías del equipo militar ruso dentro de la central. Siento que les llamé la atención por un comentario que hice. Y me terminó jugando en contra. Había comentado que me alegraba ver a un soldado ruso preocupado por los drones. Miraba al cielo y buscaba drones. Durante el interrogatorio citaron ese comentario. Todavía no sé cómo les llegó. Me llevaron a la comisaría y después a mi casa para buscar mi teléfono y mi computadora.
—¿Qué ocurrió durante el cautiverio?
—Al principio sentía que podía pasar cualquier cosa. El primer día me ofrecieron confesar, pero no me explicaron qué debía confesar. Me llevaron a una celda donde había otros civiles, personas como yo. Intenté pensar qué podían encontrar en mi teléfono. Personas de otras partes de Ucrania querían saber qué pasaba en Enerhodar, porque allí estaba la central, y yo conversaba con ellas sobre la situación general. En el interrogatorio dijeron que no les contaba todo. Entonces empezaron con la electricidad. Usaban un teléfono militar que produce electricidad al girar una manivela. Conectaron cables a mi dedo meñique y a mi oreja. Preguntaban para quién era informante. Uno intentó estrangularme con un cable. Con cada descarga me debilitaba más y me costaba hablar. Preguntaron por personas del ejército ucraniano y mencionaron nombres que no conocía.
—¿Después lo trasladaron a otra celda?
—Dijeron que sería peor. Estaba en muy mal estado, pero vi caras conocidas y eso me tranquilizó. Al responsable le dijeron que me enseñara a decir la verdad, pero que no me golpeara en la cara. Después entendí por qué: a algunos detenidos los obligaban a grabar confesiones para los medios rusos. Les prometían liberarlos si decían que eran terroristas. Más tarde vi algunos de esos videos.
La salida y la huida
—¿Cómo terminó su detención?
—Me dijeron que saliera con mis cosas. Me hicieron firmar un documento para ser su informante: querían que siguiera en la central y les dijera quién escondía un teléfono. Contesté que probablemente me iría. El 23 de agosto de 2022 salí libre. Estaba muy feliz. Sentí que había tenido mucha suerte: mi detención había sido relativamente corta y sabía que podía haber sido mucho peor. Tenía que presentarme en la comisaría, primero todos los días y después una o dos veces por semana.
—¿Volvió a la central?
—Sí. Les conté a mis superiores dónde había estado y qué me había pasado. Me sorprendió que casi no me hubieran buscado. Me dijeron que me pagarían esos días como si hubiera trabajado. Yo les dije que me tomaría vacaciones y me iría. Sabía que en la ciudad ya estaba bajo vigilancia. Recuperé mi computadora y mi teléfono. Vi que habían intentado escribirles a personas que conocía desde mi cuenta, pero no entendían cómo cambiar el teclado: usaron letras latinas en lugar de cirílicas. Empecé a preparar la salida.
—¿Cómo logró salir de la ciudad?
—El 30 de agosto salí por Vasylivka, hacia Zaporiyia, después Dnipro y Kiev. Temía que me detuvieran, pero pasamos casi sin inspección. Iba con mi novia y nuestro gato. Llegamos a territorio bajo control ucraniano alrededor de las nueve o diez de la noche. Los soldados nos dijeron que estábamos en nuestra tierra, que todo iba a estar bien. No soy una persona que llore fácilmente, pero fue un momento especial. Por fin las cosas eran más comprensibles y me sentía más seguro.
El peso de la experiencia
—¿Cómo influye esa experiencia en su vida hoy?
—Incluso ahora, mientras hablo con vos, tengo como una fotografía de mis compañeros de celda, de las personas que me ayudaron. Siempre recuerdo cómo nos apoyábamos. Después de la detención volví a encontrarme con algunos y también me ayudaron: adónde ir, cómo resolver trámites. Es como si hubiera reemplazado esa experiencia horrible con el recuerdo de esas personas, de las rutinas y del orden que establecimos para mantener la cordura. Probablemente alguien dijo algo que llevó a mi detención. Una experiencia así puede hacer que dejes de confiar por completo en las personas. Ellos me ayudaron a no perder esa confianza. Todavía hay gente que te ayuda a atravesar esos momentos, y creo que eso fuimos unos para otros.
¿Por qué la Argentina?
—¿Cómo surgió la búsqueda de justicia en la Argentina?
—Una mujer pasó mi contacto a los investigadores de The Reckoning Project. Les conté mi historia y después, cuando hablé con un abogado del equipo, entendí que quizás estaba dispuesto a ir un poco más lejos. Había personas con recursos para hacerlo y, sobre todo, personas a las que les importaba. Fui como un libro abierto para ellos. No imaginaba que terminaría en la Argentina. Fue una propuesta de la organización. Yo no soy abogado; ellos conocen mejor el derecho y me explicaron que el país tenía antecedentes de jurisdicción universal. La idea del viaje y de la denuncia fue de ellos, pero yo estaba dispuesto a hacerlo.
—¿Por qué decidió revelar su identidad ahora?
—Espero que no tenga consecuencias para mis seres queridos. También creo que, después de un tiempo, necesitamos recordar nuestra historia. Antes podía parecer que había venido un desconocido de Ucrania. Quizás, si se conoce mi historia, si queda claro que hay una persona detrás, los jueces estén más abiertos. Espero convencer más si no es solamente un caso judicial, sino yo, una persona que habla.
Qué espera de la Justicia
—¿Qué significaría para usted obtener justicia?
—Puede ser difícil encontrar a quienes fueron crueles conmigo. Pero hay una raíz de lo ocurrido. Espero que tenga algún efecto sobre los responsables, por ejemplo, los directivos de Rosátom (la empresa nuclear estatal rusa) que permitieron estas cosas en la central. También que el Organismo Internacional de Energía Atómica comprenda las condiciones de los empleados. Parece que alcanza con que no haya una fuga radioactiva, como si lo demás no importara. Pero las instalaciones son seguras porque hay personas que las mantienen así. Espero que haya límites para los responsables y que quede registrado ante la comunidad internacional que esto no puede aceptarse como algo normal.