Tres videos, tres escándalos y una pregunta que la Policía de La Pampa todavía no responde
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Tres videos, tres escándalos y una pregunta que la Policía de La Pampa todavía no responde

Tres videos en menos de dos meses pusieron a la Policía de La Pampa contra las cuerdas: un lutier golpeado, dos efectivos filmados robando y un cacheo que terminó en denuncia por vejaciones. La fuerza habló recién con el tercer caso, y lo que dijo no responde la pregunta que todos se hacen.

En menos de dos meses, tres episodios sacudieron a la fuerza provincial: un lutier golpeado en la Terminal, dos efectivos filmados robando en una gomería y un video frente a la Catedral que derivó en una denuncia por vejaciones. Todos los involucrados son inocentes hasta que la Justicia diga lo contrario. Pero hay un patrón que incomoda: en los tres casos, la luz llegó por una cámara o una denuncia ciudadana, nunca por un control interno.

El primero ocurrió el 6 de septiembre en la Terminal de Santa Rosa. Un lutier denunció que policías de la Seccional Primera lo golpearon y que la agresión continuó por más de una hora dentro de la dependencia. Siete efectivos quedaron formalizados y fueron pasados a situación pasiva.

El segundo salió a la luz el 14 de octubre en General Pico. Dos policías del Comando Radioeléctrico fueron filmados mientras cargaban en un móvil oficial el gato hidráulico de una gomería. El video, con audio, no dejó margen: la herramienta era de un comercio y terminó dentro de un patrullero.

El tercero estalló el domingo 1 de noviembre frente a la Catedral de Santa Rosa. Un video mostró a un efectivo empujando a una joven, pateándola en el suelo y golpeando con el puño a un joven que ya estaba esposado. Después, la joven denunció penalmente que en la Seccional Tercera la obligaron a desnudarse con la puerta abierta y que se impidió que una médica la revisara. Por ahora, de esa denuncia solo se conoce la versión de la víctima, que la Fiscalía deberá confirmar o descartar.

Lo que funcionó (y lo que no)

En el caso de la gomería, el sistema reaccionó rápido. La denuncia se radicó el mismo día, hubo allanamiento, la herramienta se recuperó y a los cinco días los efectivos fueron formalizados por hurto agravado. El juez les impuso prohibición de acercamiento a la víctima y las actuaciones pasaron a la Fiscalía de Investigaciones Administrativas.

El fiscal Matías Juan hizo una advertencia que vale la pena repetir: no hay que meter a toda la fuerza en la misma bolsa. La enorme mayoría de los policías cumple su trabajo y son los primeros perjudicados por estas imágenes.

Pero hubo gestos que empeoraron todo. Cuando el comerciante fue a la Comisaría Segunda, lo primero que escuchó fue que el móvil y los efectivos no eran de esa dependencia. Los acusados no dieron aviso a ningún superior ni dejaron constancia en el parte, según ellos mismos reconocieron. Y días después se presentaron uniformados y en el mismo patrullero en la casa de la víctima para “pedirle perdón”. La Justicia lo entendió como lo que es: un gesto intimidante viniendo de quien porta un arma y un uniforme.

El silencio institucional

Lo que más preocupa es la ausencia de palabra oficial. En el caso del lutier, la Jefatura no emitió ningún comunicado. En el de la gomería tampoco, aun cuando había un video con audio y dos efectivos en un móvil oficial. Recién frente al tercer hecho, el de la Catedral, apareció un texto de pocas líneas que dice que se entregó el material a la Fiscalía de Investigaciones Administrativas y que la institución actuará con “estricto apego a derecho”.

Ni una palabra sobre qué pasó con el efectivo que aparece en el video, si fue apartado, ni sobre las acusaciones de la Seccional Tercera. Entregar material a otro organismo es lo mínimo. Una institución que quiere recuperar la confianza explica qué hizo, a quién apartó y cuándo, y no espera a que haya tres casos para hablar. En el caso del lutier, el pase a pasiva llegó recién tras la formalización judicial, más de cinco semanas después.

La pregunta de fondo

Que la Policía tiene un trabajo difícil nadie lo discute, y que a veces debe usar la fuerza, tampoco. Pero la fuerza tiene reglas, y la más básica es que una persona reducida y esposada no se golpea. Cuando alguien con uniforme la rompe, no está en juego solo su suerte personal: se desgasta la autoridad de todos sus compañeros.

La pregunta de fondo no es cuántas manzanas podridas hay, sino si la institución tiene los mecanismos para detectarlas sin depender de que alguien filme. Hoy la respuesta que vemos es que no, o que no los muestra. Y mientras eso no cambie, cada nuevo video va a generar la misma indignación, y el único mensaje institucional seguirá llegando tarde y en pocas líneas.

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