Tucumán despide a "Rolo" Díaz, el enólogo que se animó a una uva que nadie plantaba
Aprendió el oficio de su padre, que vendía patero en damajuanas, y décadas después se animó a una uva francesa que casi nadie plantaba en Tucumán. Así llegó a una medalla de oro que puso a los vinos de altura en el mapa.
Luis Rolando “Rolo” Díaz, el productor y enólogo que se convirtió en referente de los vinos de altura de los Valles Calchaquíes, falleció el martes 13 de octubre y dejó un legado que marcó a la vitivinicultura tucumana. El mundo del vino de la provincia está de luto: se fue uno de los que se animó a experimentar con variedades poco frecuentes y a demostrar que en Colalao del Valle se podían hacer etiquetas premiadas.
Díaz había alcanzado notoriedad por su trabajo en Altos La Ciénaga, un emprendimiento vitivinícola en el paraje La Ciénaga, en Colalao del Valle, a más de 2.300 metros sobre el nivel del mar. Allí encontró las condiciones que buscaba para elaborar vinos que reflejaran el suelo y el clima de la zona.
El primer viognier tucumano
Su apuesta más fuerte fue el viognier, una uva blanca originaria del valle del Ródano, en Francia, conocida por sus aromas florales y frutales. En una región donde el torrontés manda, él quiso ir por otro camino: elaborar un vino distinto.
Las primeras pruebas fueron alrededor de 2022, con pequeñas producciones de entre 20 y 50 litros. Con el tiempo, el proyecto creció hasta llegar a 500 plantas en producción y cerca de 800 botellas.
“Es oficialmente el primer viognier tucumano, y eso me llena de orgullo. Es un vino fino, muy lindo”, había dicho el productor.
El reconocimiento internacional llegó en octubre de 2025, cuando su Altos La Ciénaga Viognier 2025 obtuvo una Medalla de Oro en el Concurso Internacional de Vinos y Licores Vinus, en Mendoza. El premio no solo impulsó su emprendimiento: también puso en valor el potencial de los vinos tucumanos de altura.
La tradición familiar y la tierra
Su pasión por la vitivinicultura venía de lejos. El oficio formaba parte de su historia familiar y lo había aprendido de su padre.
“Yo aprendí a hacer vinos con mi papá, que hacía el clásico patero que se vendía en damajuanas de más de 20 litros”, había contado en una entrevista en octubre de 2025.
Con esos conocimientos como base, decidió desarrollar una producción propia y explorar alternativas a las variedades tradicionales de la zona. Además de incorporar nuevas cepas, defendía un manejo agroecológico de sus viñedos y buscaba que las particularidades de la tierra, la altura y las uvas se expresaran en cada vino.
Su trabajo también había recibido reconocimientos en encuentros de degustación, donde distintas etiquetas de su emprendimiento se destacaron.
Para Díaz, hacer vinos era mucho más que una actividad productiva: era continuar la tradición familiar y, al mismo tiempo, abrir nuevos caminos para la vitivinicultura tucumana.
Su trayectoria quedó atada al crecimiento de Altos La Ciénaga y a la decisión de experimentar con una cepa poco frecuente en la provincia hasta convertirla en un vino premiado internacionalmente. Con una producción que arrancó a pequeña escala, demostró que los viñedos de Colalao del Valle podían ofrecer nuevas propuestas y alcanzar reconocimiento fuera de Tucumán.
Su legado permanece en los vinos que elaboró, en el desarrollo del primer viognier tucumano y en su contribución a ampliar las posibilidades de una actividad que forma parte de la identidad productiva de los Valles Calchaquíes.