Tuvo 2.000 empleados, vistió a la Selección y cerró dejando a 287 familias en la calle

Durante 23 años revisó telas en la planta que no paraba nunca. Después vino el cierre y la justicia que no llega.

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Tuvo 2.000 empleados, vistió a la Selección y cerró dejando a 287 familias en la calle
Tuvo 2.000 empleados, vistió a la Selección y cerró dejando a 287 familias en la calle

Guilford Argentina llegó a tener dos plantas en Comodoro Rivadavia, más de 2.000 trabajadores y una producción que superaba las 500 toneladas de tela por mes. Fue uno de los mayores emblemas de la industria textil en la Patagonia, en una ciudad que durante buena parte del siglo XX supo diversificar su economía más allá del petróleo.

Cada 2 de septiembre, el Día de la Industria, la historia de esa fábrica vuelve a cobrar relevancia. No solo por lo que significó en su momento de esplendor, sino también por el impacto que dejó su cierre, que todavía resuena entre los trabajadores que perdieron su fuente de ingresos.

De la promoción industrial a la fábrica de los 2.000 empleados

Guilford se instaló en Comodoro Rivadavia en 1957, en el marco de las políticas de promoción industrial que buscaban radicar empresas en la Patagonia. La idea era poblar y desarrollar productivamente una región que hasta entonces dependía casi exclusivamente del petróleo.

La empresa, perteneciente a la familia Goranski, montó dos plantas: una en el actual barrio Industrial y otra en Kilómetro 8. Para 1960, ya había alrededor de 34 fábricas radicadas en Chubut, y Comodoro contaba con unas nueve industrias de distintos rubros.

En sus mejores años, Guilford empleó a unas 2.000 personas y llegó a producir más de 500 toneladas de tela por mes. Entre los materiales que fabricaba se encontraban algodón, lycra y poliéster, que luego se enviaban a Buenos Aires para confeccionar indumentaria deportiva, trajes de baño y ropa urbana, tanto para el mercado local como para exportación.

Una fábrica que no dormía y llegó a vestir a la Selección

Pedro Tolosa trabajó 23 años en la compañía, en el sector de revisado de telas. Su tarea consistía en controlar los géneros terminados, detectar imperfecciones y clasificarlos según su calidad. "Si se encontraba alguna falla la tela se cortaba, se fraccionaba y se hacía retazo. A veces se vendía igual o se donaba a alguna institución", recordó en diálogo con ADNSUR.

La producción era tan intensa que prácticamente no se detenía. "Las máquinas y la planta nunca paraban", contó Tolosa, que describió turnos de ocho horas para mantener la actividad durante el día y la noche. "Esa planta era única por la calidad de sus telas", aseguró.

Uno de los momentos de mayor orgullo para los trabajadores fue cuando Guilford se convirtió en proveedora de la Asociación del Fútbol Argentino. En 1999, la fábrica produjo la tela celeste y blanca con la que se confeccionaron las camisetas oficiales de la Selección Argentina, una muestra del nivel que había alcanzado una planta instalada a más de 1.700 kilómetros de Buenos Aires.

El cierre que dejó a 287 familias sin su ingreso

El declive de Guilford comenzó cuando las políticas de promoción industrial fueron perdiendo fuerza. La empresa, que dependía de esos incentivos, vio cómo sus condiciones económicas se deterioraban con el paso de los años. A eso se sumaron transformaciones internas en la familia Goranski, que había construido su historia alrededor del negocio textil.

El desenlace llegó el 24 de septiembre de 2016, cuando la empresa dejó de pagar los salarios, paralizó la producción y cerró sus puertas. Un total de 287 trabajadores quedaron sin empleo. Muchos de ellos tenían más de 50 años y habían pasado allí 20, 30 o más años de sus vidas laborales.

El cierre generó semanas de enorme tensión social en Comodoro. Los empleados realizaron manifestaciones, cortes de ruta y hasta tomaron la playa de tanques de Kilómetro 3 para reclamar salarios e indemnizaciones. La fábrica que alguna vez había dado trabajo a miles de personas quedó en silencio.

"La justicia que llega tarde no es justicia"

El abogado Jorge Echelini, que representa a numerosos ex empleados, explicó que prácticamente todos los reclamos judiciales consiguieron sentencias favorables, pero eso no significó que los trabajadores pudieran recuperar la totalidad de lo que les correspondía. "La situación de Guilford sigue siendo la misma. Se hicieron diversos juicios, todos con sentencia favorable, pero los bienes que quedaron de Guilford no alcanzan para cubrir el 100% de la pretensión actualizada", señaló.

Según Echelini, el paso del tiempo se convirtió en una segunda condena para quienes perdieron sus trabajos. "Hoy pasaron ya 10 años de los despidos, atravesaron un juicio larguísimo y el proceso los hizo víctimas de la lentitud de la Justicia. Cuando la justicia que llega tarde no es justicia, y en este caso indudablemente no fue justicia", sostuvo.

El patrimonio que quedó de la empresa no alcanzó para responder por todas las deudas. El galpón de la antigua planta fue rematado por alrededor de $550 millones, muy por debajo de las expectativas. "Hoy estamos subastando bienes que no alcanzan a cubrir el 40% del total de lo adeudado. Han sufrido el castigo del empleador que se fue, el castigo de la Justicia lenta, y nadie los protegió", cuestionó.

La historia de Guilford obliga a pensar qué ocurrió con aquella diversidad industrial. Echelini lo resume en una frase: "No supimos retener la riqueza industrial que la ciudad tenía". Quizás allí esté la principal reflexión que deja aquella enorme fábrica de Kilómetro 8.

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