Un ahijado y un monaguillo: los dos nombres detrás del crimen del padre Martearena
El crimen del padre Martearena sacudió a Salta no solo por el hecho, sino por quiénes lo cometieron: dos jóvenes que formaban parte de su círculo más íntimo. Uno era su ahijado, el otro había sido monaguillo. Ambos terminaron condenados a perpetua, pero sus caminos en la cárcel tomaron rumbos inesperados. ¿Qué pasó con ellos?
El asesinato del padre Ernesto Martearena conmocionó a Salta no solo por la brutalidad del hecho, sino porque quienes lo cometieron no eran desconocidos. Javier Alfredo Alanís Colausti y Santos Marcelo Castillo formaban parte del círculo íntimo del sacerdote: uno era su ahijado, el otro había sido monaguillo. Ambos tenían 21 y 19 años cuando ocurrió el crimen, en la madrugada del 8 de octubre de 2001.
Javier Alanís Colausti, el ahijado
Alanís Colausti era jujeño y Martearena lo trataba como a un hijo. Esa relación de confianza le permitía acercarse a la parroquia sin levantar sospechas. Después del homicidio, intentó retirar dinero con una tarjeta bancaria de la víctima. El cajero automático retuvo el plástico y una cámara de seguridad captó su rostro. Esa imagen fue clave para identificarlo.
Fue detenido en San Salvador de Jujuy y trasladado a Salta. Durante el proceso reconoció su participación en el intento de robo, pero sostuvo que había ingresado por los techos y responsabilizó a Castillo por el homicidio. Su defensa pidió que fuera condenado por robo con escalamiento y encubrimiento, un planteo que el tribunal rechazó.
Santos Marcelo Castillo, el monaguillo
Castillo tenía 19 años y había sido monaguillo de Nuestra Señora de Fátima. Cayó detenido en Salta después de que la investigación avanzara sobre el entorno cercano del sacerdote. En el juicio negó su participación y afirmó que había sido obligado por policías y compañeros de celda a reconocerse culpable durante la instrucción. Su defensor pidió la absolución, pero la solicitud no fue aceptada.
La condena y el paso del tiempo
La Cámara Tercera del Crimen consideró que había pruebas suficientes para responsabilizar a ambos jóvenes. En agosto de 2003 fueron condenados a prisión perpetua como coautores materiales de homicidio calificado. El tribunal entendió que los dos habían intervenido en el hecho, más allá de sus acusaciones cruzadas.
Desde entonces, sus trayectorias penitenciarias tomaron rumbos distintos. Alanís Colausti llegó a obtener una libertad condicional, pero el beneficio fue revocado tras una apelación de la Fiscalía. Castillo recibió en 2025 salidas transitorias dos veces al mes, de acuerdo con la última información pública disponible.
A 25 años del crimen, los nombres de Alanís Colausti y Castillo siguen ligados a uno de los episodios policiales más recordados de Salta.