Un estremecimiento en el mar: el instante que cambió todo

El 2 de mayo de 1982, el Crucero ARA General Belgrano fue hundido por dos torpedos del submarino británico Conqueror en el Atlántico Sur, resultando en 323 muertes. El ataque marcó un punto crítico en la Guerra de Malvinas, exponiendo las capacidades militares en juego.

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Un estremecimiento en el mar: el instante que cambió todo

Un mes después del desembarco en las Islas Malvinas, un solo acontecimiento expuso la cruda realidad del conflicto, lejos de las arengas y los movimientos de tropas. Fue el primer momento en que quedó expuesto el poder de fuego británico y la endeblez militar argentina, marcando un punto de inflexión en la guerra.

El 2 de mayo de 1982, pasadas las cuatro de la tarde, una explosión atronadora sacudió al Crucero ARA General Belgrano. El impacto fue seguido por un silencio cerrado, roto solo por otro temblor y un ruido seco. El submarino nuclear Conqueror había lanzado tres torpedos; dos alcanzaron su objetivo.

El impacto que partió la nave

El primer torpedo impactó en el corazón de la nave, casi en su centro geográfico. Dio en la sala de máquinas y el fuego subió hasta la cantina. Se cree que la gran mayoría de las víctimas sucumbió en ese instante, con zonas inundadas, explosiones, humo tóxico y un apagón total que sumió todo en oscuridad.

El segundo torpedo impactó en la proa, levantando una columna de agua que disparó al cielo. Cortó, casi con limpieza, la punta del barco, desprendiendo al menos doce metros. A partir de ese momento, el Crucero General Belgrano comenzó a escorarse de manera inevitable.

A bordo iban 1093 tripulantes bajo el mando del comandante Héctor Bonzo. Era un barco antiguo, un crucero de la Segunda Guerra Mundial que había sobrevivido al bombardeo de Pearl Harbor y que, a principios de 1982, estaba en reparaciones. Tras el desembarco argentino en Malvinas del 2 de abril, se conformó una tripulación ampliada con hombres de la Armada y centenares de jóvenes que hacían el servicio militar, muchos de los cuales vieron el mar por primera vez al abordar.

El ataque ocurrió justo en medio de un cambio de guardia. La organización interna era rigurosa, con turnos rotativos de ocho horas. La oportunidad del ataque implicó que muchos murieran o se salvaran por apenas unos minutos. El barco, en el momento del impacto, se encontraba 36 millas fuera de la zona de exclusión impuesta por Gran Bretaña, apuntando hacia el continente.

La evacuación en medio del caos

El comandante Héctor Bonzo declaró el estado de emergencia en apenas tres minutos. Dos minutos después ordenó que se lanzaran las balsas. En el interior del barco, el caos era absoluto: se cruzaban los que bajaban a auxiliar a los heridos con los que subían envueltos en llamas o con heridas severas. Los médicos, luego de evacuar a los que estaban en la enfermería, atendían a todos los que podían, inyectando morfina para paliar el dolor.

Había 72 botes salvavidas. A los 25 minutos, ante la evidencia de que el barco se hundía, Bonzo ordenó la evacuación. El sistema de parlantes estaba inutilizado, por lo que las órdenes se daban a través de megáfonos. Algunos formaron cadenas humanas para evitar que los heridos cayeran al agua por la inclinación de la nave.

La tormenta agravó todo: viento terrible, olas enormes y un frío penetrante. Muchos debieron tirarse al agua, donde el contacto con el líquido helado dolía “como si sufrieran cientos de pinchazos simultáneos”. La hipotermia amenazaba a todos.

Las imágenes que llegaron a la actualidad, tomadas desde una de las balsas apenas una hora después, muestran al buque escorado, metiéndose en el agua. En uno de los bordes, recortadas contra el horizonte, se ven las siluetas de los dos últimos hombres en abandonar la nave: el Comandante Héctor Bonzo y el suboficial Ramón Barrionuevo.

La travesía en las balsas

Bonzo, cumpliendo la ley del mar, fue el último en dejar el Belgrano. Se tiró al agua y nadó más de cincuenta metros hasta alcanzar una balsa, subiendo a bordo dos minutos antes de que el barco se fuera a pique. Las fotos del hundimiento las sacó el Teniente Martín Sgut desde su balsa. El rollo fue revelado y, días después, alguien filtró las imágenes, que llegaron a la tapa del New York Times.

Las balsas con techo naranja quedaron a merced del mar furioso durante toda la noche. Algunas sufrieron roturas, otras fueron succionadas por el remolino del barco al hundirse. En cada balsa, el oficial más experimentado tomó el control. Contaban con provisiones, botiquín, bengalas y hasta una biblia y un mazo de cartas, aunque estos últimos no fueron utilizados.

Muchos no soportaron el frío, el agua helada que entraba o las heridas previas. Algunos murieron sin que sus compañeros se dieran cuenta, creyendo que dormían. Siguieron la travesía con el cadáver de sus compañeros a bordo.

A las 28 horas, aviones argentinos dieron con las primeras balsas. Los barcos de rescate llegaron horas después. Participaron los destructores ARA Piedrabuena y ARA Bouchard, el aviso ARA Gurruchaga y el buque-hospital ARA Bahía Paraíso. La balsa de Bonzo fue la última en ser encontrada, casi dos días después del hundimiento.

Las consecuencias y el legado

En el hundimiento del Crucero ARA General Belgrano murieron 323 de sus tripulantes, casi la mitad de los 649 argentinos caídos en combate durante la Guerra de Malvinas. Las listas de muertos, sobrevivientes y regresados demoraron mucho en hacerse oficiales, sumiendo a los familiares en la desesperación.

Después vinieron las denuncias por la ilegalidad del ataque, dado que el barco estaba fuera de la zona de exclusión. Se supo que se estaba por llegar a un acuerdo tras una propuesta de paz, pero el ataque ordenado por Margaret Thatcher desbarató todo intento de tregua.

En noviembre de 1982, un juez de Tierra del Fuego declaró muertos a los que no habían aparecido. Pese a la tragedia, la sobrevida fue alta debido al temple, la organización y la solidaridad de los hombres en medio del naufragio, incluso para muchos sin experiencia naval.

El naufragio del crucero dejó 323 muertos, casi la mitad de los caídos argentinos en combate en Malvinas. (Foto: Ministerio de Defensa)

Tras el impacto de dos torpedos, la tripulación evacuó el buque en medio del fuego, el frío y la tormenta. (Foto: Ministerio de Defensa)

Las fotos del Belgrano se convirtieron en el testimonio visual más potente de una de las mayores tragedias de la guerra. (Foto: Ministerio de Defensa)

El comandante Héctor Bonzo fue el último en abandonar la nave, segundos antes de que desapareciera bajo el mar. (Foto: Ministerio de Defensa)

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