Un perro callejero y un pie humano: el macabro hallazgo que destapó un crimen que conmovió a Chile

Un perro con un pie humano fue solo el inicio. Lo que la policía encontró después en distintos puntos de Santiago de Chile tejía una historia de extorsión, un descuartizamiento meticuloso y un final que dejó más preguntas que respuestas. ¿Qué decía la escalofriante carta de 20 páginas que dejó el principal sospechoso?

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Un perro callejero y un pie humano: el macabro hallazgo que destapó un crimen que conmovió a Chile

Lo que un perro llevaba en el hocico en un basural de Puente Alto fue solo el comienzo. El hallazgo desató una investigación que reveló uno de los casos más brutales y meticulosos de la historia criminal chilena, un crimen que, casi dos décadas después, sigue generando escalofríos.

Era la tarde del 27 de marzo de 2006 en la comuna de Puente Alto, al sur de Santiago de Chile. Un joven observó algo inusual en la boca de un perro callejero y, al acercarse, el descubrimiento lo dejó helado: el animal arrastraba un pie humano. La alerta inmediata a las autoridades puso en marcha una pesquisa que rápidamente se tornaría espeluznante.

Los días siguientes confirmaron los peores temores. No era un hecho aislado. En distintos puntos del sur de la capital comenzaron a aparecer más restos de un cuerpo. Alguien no solo había asesinado a una persona, sino que había procedido a un descuartizamiento sistemático para deshacerse de las pruebas.

El rompecabezas macabro

El fiscal Pablo Sabaj y los Carabineros de Chile tomaron la investigación. Un día después del primer hallazgo, en el mismo sector de Puente Alto, encontraron la cabeza de la víctima. El estado era perturbador: presentaba dos impactos de bala calibre 9 milímetros, cortes en las mejillas y le habían arrancado la nariz.

La búsqueda de las partes del cuerpo se convirtió en una tarea macabra. El 29 de marzo aparecieron los brazos, pero sin las manos. Los investigadores notaron que la piel había sido arrancada, presumiblemente para eliminar tatuajes. Ese mismo día hallaron el pie izquierdo.

El 3 de abril, dos mujeres que recolectaban plástico en una avenida de Puente Alto hicieron otro descubrimiento aterrador: dentro de una bolsa había dos manos a las que les habían extirpado las yemas de los dedos. Esa misma noche, en un contenedor de basura de la comuna de San Bernardo, apareció el torso. El cuerpo estaba mutilado, sin vísceras y sin glúteos.

Las pruebas de ADN confirmaron lo que ya se sospechaba: todos esos restos pertenecían a una sola persona. Sin embargo, la identificación era un desafío debido al estado del cuerpo y a las mutilaciones intencionales.

La clave en un tatuaje

La pericia forense logró un avance crucial. A partir de pequeños bordes de piel, los especialistas reconstruyeron las diez huellas digitales para compararlas con registros oficiales. Pero hubo un detalle que el asesino pasó por alto y que se volvió fundamental: en uno de los brazos había quedado intacto un tatuaje de Cupido.

Finalmente, el 6 de abril, la fiscalía pudo ponerle nombre a la víctima: Hans Hernán Pozo Vergara, un joven de 20 años con antecedentes por hurto que había cumplido una condena en la cárcel de San Miguel. El caso comenzó a ser conocido en los medios como el del “Descuartizado de Puente Alto”.

La vida de Pozo, apodado “El Rucio” o “El Julipi”, estuvo marcada por la marginalidad. Abandonado por su madre a los cuatro años, pasó por hogares de menores. Un tío se hizo cargo de él, pero la relación se quebró cuando el joven comenzó a consumir drogas. A los 16 años ya vivía en la calle.

La pista que llevó a la heladería

Mientras se reconstruía la historia de la víctima, la investigación avanzaba por otro lado. Días antes de su muerte, Pozo había pasado la noche con cuatro hombres en una garita de la avenida Santa Rosa, en Puente Alto. Al ser interrogados, todos mencionaron el mismo apellido: Martínez.

Un dato forense aportó otra pieza clave: el cuerpo de Hans Pozo había sido refrigerado antes de ser abandonado. El desarrollo uniforme de las larvas en los restos indicaba que habían estado en un ambiente frío y fueron esparcidos en diferentes días.

La pesquisa se centró entonces en Jorge Iván Martínez Arévalo, un hombre de 41 años que trabajaba en la Municipalidad de La Pintana y era dueño de una heladería ubicada junto a su casa, precisamente en el sector de Santa Rosa.

Un final trágico y una confesión póstuma

El 8 de abril de 2006, efectivos de Carabineros se presentaron en la heladería para interrogar a Martínez. Según la versión oficial, al escucharlos llegar, el sospechoso activó una alarma, corrió a su habitación y se disparó en la cabeza. Su familia rechazó esta versión, afirmando que fueron los policías quienes le dispararon, aunque la Justicia determinaría luego que la muerte fue autoinfligida.

Tras el suicidio, su esposa encontró una carta de 20 páginas. En ella, Martínez relataba que Hans Pozo lo extorsionaba, asegurando ser su hijo biológico y amenazando con revelar el secreto. Para evitarlo, confesaba haber contratado a dos supuestos policías para que intimidaran al joven. Sin embargo, al ver las noticias del descuartizamiento, comprendió que la situación había derivado en un homicidio.

En la carta, el comerciante afirmaba que los hombres que contrató comenzaron a exigirle más dinero, lo que lo llevó a dejar constancia de los hechos por escrito. Pruebas de ADN posteriores descartaron cualquier vínculo biológico entre Martínez y Pozo.

Las pruebas irrefutables

La investigación en la heladería arrojó resultados contundentes. Con la técnica del luminol se detectó una mancha de sangre lavada que pertenecía a Hans Pozo, confirmando que su cuerpo había estado allí después de los disparos.

También se hallaron restos de sangre de la víctima en la camioneta de Martínez y marcas de bala en el sótano del local. El arma utilizada para matar a Pozo fue la misma con la que el sospechoso se quitó la vida.

El 14 de abril de 2006, los restos de Hans Pozo fueron entregados a su familia adoptiva. Su velorio en La Pintana congregó a unas 300 personas. Un año después, en 2007, la fiscalía concluyó que Jorge Martínez Arévalo fue el autor material del homicidio y descuartizamiento. La causa permaneció abierta para investigar posibles cómplices, pero el 18 de abril de 2013, el fiscal Pablo Sabaj solicitó el sobreseimiento al no poder comprobarse la participación de terceros. El caso, que inspiró libros y documentales, quedó oficialmente cerrado, pero sus detalles macabros permanecen en la memoria colectiva.

El tatuaje de Cupido que ayudó a los investigadores a identificar a la víctima. (Foto: 24 horas CL)
Jorge Martínez Arévalo, el presunto asesino de Hans Pozo. (Foto: Emol)
Hans Pozo tenía 20 años cuando fue asesinado. (Foto: Emol)

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