Un pibe de 12 años se hizo rugbier por una invitación en la puerta de su casa: décadas después, Tucumán le debe una hazaña histórica

Una invitación en la puerta de su casa, una caja con cientos de recortes amarillentos y una final que cambió el rugby tucumano para siempre. La historia del "Pescao" Ricci esconde un detalle que pocos conocen.

· 5 min de lectura
Un pibe de 12 años se hizo rugbier por una invitación en la puerta de su casa: décadas después, Tucumán le debe una hazaña histórica
Un pibe de 12 años se hizo rugbier por una invitación en la puerta de su casa: décadas después, Tucumán le debe una hazaña histórica

Un grupo de amigos pasaba todos los días frente a su casa de San Lorenzo al 400 jugando con una pelota. Un sábado, uno de ellos se detuvo y le hizo la pregunta que le cambiaría la vida: "Marcelo, ¿querés jugar al rugby?". El sábado siguiente lo fueron a buscar. Así, sin tradición rugbística en la familia, Marcelo "Pescao" Ricci llegó a Los Tarcos.

Tenía alrededor de 12 años. Su padre, médico, no estaba convencido con la elección: "Decía que era un juego de brutos", recuerda hoy entre risas. Ricci había jugado al fútbol con amigos y hasta se anotó en Medicina, pero nunca avanzó demasiado. "Me quería dedicar al rugby, la verdad", reconoce. Su padre murió cuando él tenía 15 años y nunca pudo verlo jugar en Primera.

De una invitación a una segunda casa

Para entrenarse, Ricci se tomaba un colectivo, se bajaba sobre la avenida y atravesaba caminando el Parque 9 de Julio. En el club, con una cancha de rugby frente al reloj y otra de hockey, conoció a jugadores que hasta entonces miraba como ídolos y terminó compartiendo equipo con varios de ellos.

Su debut en Primera tuvo una particularidad: era octavo, pero faltaba un fullback. Pablo Abelardo "Cacho" Zelarayán le preguntó si se animaba. "Sí, Cacho, cómo no", contestó. Tenía buena recepción y pateaba bien. Fue apenas una escala: volvió al puesto de octavo y desde ahí construyó su carrera, con el scrum como una de sus grandes fortalezas.

Los Tarcos creció hasta encadenar cinco campeonatos consecutivos: 1983, 1984, 1985, 1986 y 1987. "Teníamos un plantel supernumeroso, de jugadores de un nivel medio parejo", explica Ricci, que también destaca el trabajo de Juan Carlos "Pavo" López y de los entrenadores que formaban jugadores desde infantiles y juveniles. El éxito tuvo una consecuencia que todavía se siente en el rugby tucumano: todos querían ganarle a Los Tarcos.

La Naranja y el día que se derribó la última pared

Cuando Ricci empezó, las distancias eran evidentes. Córdoba era una referencia, Mendoza y Rosario estaban más arriba y Buenos Aires parecía pertenecer a otro universo. "Del 73 en adelante empezamos a meterle. Ya éramos un equipo duro", recuerda. Para él, la evolución tuvo menos secretos tácticos que humanos: "Era el hambre de gloria que teníamos nosotros y el compromiso. Tenías que tirarte de cabeza contra el piso y nos tirábamos".

La convivencia hizo el resto. Jugadores que durante el año defendían clubes enfrentados construyeron una intimidad propia cuando se ponían la camiseta de Tucumán. "Era un grupo muy unido. Esa ha sido una fortaleza", asegura.

En 1982 llegó otro empujón: Tucumán venció a Los Pumas y comprobó que las fronteras podían moverse. Si podían derrotar al seleccionado argentino, también podían aspirar a algo que durante años había parecido demasiado lejano. "Ya veníamos teniendo un crecimiento importante. Entonces llega un momento en que vos decís: 'Ya está, esta es la nuestra'", explica.

La suya llegó en 1985. La final se disputó en cancha del club San Martín, de Buenos Aires, y Ricci recuerda un plantel concentrado y convencido antes de salir. "Estábamos comprometidos a muerte a dejar toda la vida. Era la única forma de ganarles", señala. Tucumán ganó 13-9 y se consagró campeón argentino, algo que generaciones enteras habían perseguido sin éxito.

De todo lo sucedido aquella tarde, el capitán no elige primero una jugada: el recuerdo que aparece es un sonido. "Cuando suena el pito final, sentís todas las emociones juntas por haber logrado uno de los objetivos", dice. Después llegaron los abrazos, los festejos y un aeropuerto repleto cuando regresaron a la provincia. "De ahí ya nos empezamos a agrandar", resume. No era soberbia. Era convencimiento.

La puerta que se abrió para Los Pumas

Durante años, para un jugador tucumano llegar a Los Pumas había parecido casi imposible. "El interior no existía para los porteños, me parece. El rugby era Buenos Aires", afirma Ricci. Pero los títulos hicieron imposible seguir ignorando lo que ocurría en el norte. "Cuando empezamos a ganar los campeonatos argentinos, se abre la puerta para Los Pumas", asegura.

En 1987 jugó frente a España con la camiseta del seleccionado argentino. El hombre que había empezado siguiendo a unos amigos que pasaban frente a su casa con una pelota había llegado a Los Pumas. Ya sentía que su mejor momento había pasado cuando recibió la citación. "No podía creer. Yo ya estaba de vuelta, digamos. No estaba en la curva ascendente. Ya estaba en el llano", recuerda.

Un año después decidió retirarse. Los entrenamientos en La Naranja eran cada vez más exigentes y detrás aparecía una nueva generación: Agustín Macome comenzaba a reclamar su lugar. "Había que dejar paso a la juventud", explica. La decisión dolió, pero no significó alejarse.

Entrenó juveniles, después llegó a Primera y en 1994 volvió a ser campeón con Los Tarcos, esta vez desde afuera de la cancha. Más tarde fue dirigente. Y cuando dejó esas funciones siguió haciendo lo mismo que hace hasta hoy: volver. "Por el amor al club", explica. "El club me dio todo. Me enseñó y me dio la posibilidad de trascender, jugar en el seleccionado, ser capitán, ser campeón y llegar a Los Pumas", dice.

Los miércoles todavía se encuentra allí con antiguos compañeros. Se reúnen, recuerdan alguna jugada y, según admite entre risas, el grupo continúa reconociéndose a pesar de las décadas.

Antes de guardar las hojas, Ricci vuelve a mirar algunas. Conserva cientos de recortes sobre su carrera, pero cuando le preguntan por algún try que recuerde especialmente no encuentra ninguno. "Siempre me gustó más hacer la jugada yo y darle a los compañeros", explica.

Quizás por eso la caja tenga tanto sentido. Su esposa comenzó a recortar diarios para que Marcelo pudiera recordar cuando fuera viejo. Él los pegó sobre hojas N.º 6 y las numeró una por una. Décadas después, aquellas páginas terminaron cumpliendo otra misión: entre papeles amarillentos, números y fotografías quedó archivado también el recorrido de una generación que aprendió a competir, después a creer y finalmente a ganar.

Más para leer

El Pulga Rodríguez vuelve esta noche al Monumental y los Decanos no se lo quieren perder
Deportes
Todo Tucumán pendiente de Olima: el penal que se desvió y dejó a la Argentina sin el oro
Deportes
El tesoro que Atlético Tucumán guardó durante 66 años y ahora todos podrán ver
Deportes
La tucumana que se llevó el oro en los Suramericanos y ya tiene un objetivo mayor
Deportes
Leito se planta contra la reducción de equipos y su frase da que hablar en la AFA
Deportes
La carrera parecía de otro, hasta que Thor Medina apareció en los últimos 200 metros
Deportes