Un pueblo sin habitantes desde 2022 se convirtió en un destino inesperado: lo que atrae a los visitantes es inquietante
¿Qué atrae a la gente a un pueblo que lleva dos años completamente vacío? Descubrí el misterio detrás de este lugar donde el tiempo se detuvo y las casas guardan secretos que nadie habita.
Un paraje que perdió a su último residente hace dos años ahora recibe a viajeros y fotógrafos atraídos por su silencio absoluto y estructuras congeladas en el tiempo. A más de 600 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el partido de Puán, existe un lugar llamado Estela donde el tiempo parece haberse detenido. Aunque no tiene habitantes desde 2022, encontró una nueva forma de existir que cautiva a quienes se aventuran a llegar.
Actualmente, atrae a viajeros, fotógrafos y curiosos que buscan una experiencia distinta en un pueblo que no ofrece servicios turísticos. Lo que encuentran son casas vacías, calles silenciosas y estructuras que resisten el paso del tiempo, como si sus habitantes hubieran salido un momento y nunca regresado.

Llegar no es sencillo. El camino se vuelve cada vez más angosto hasta transformarse en una huella de tierra. No hay carteles ni indicaciones claras. Pero de pronto aparece.
¿Cómo pasó de ser un pueblo activo a un lugar deshabitado?
Estela nació y creció al ritmo del tren. Durante décadas fue un punto activo del mapa bonaerense, con escuela, almacén, comisaría y hasta una fábrica de harinas. El ferrocarril era su corazón y traía personas, noticias y movimiento.
Pero el cierre de los ramales en los años 90 marcó el inicio de su declive. Como ocurrió en muchos pueblos del interior, la falta de conectividad fue apagando la vida cotidiana. La población comenzó a disminuir progresivamente.

En 2001 quedaban apenas 25 habitantes; en 2010, solo dos. Finalmente, en 2022, el último matrimonio abandonó el lugar, dejando atrás un pueblo completamente vacío.
¿Qué es lo que encuentran los visitantes hoy?
Actualmente, Estela no es una ruina abandonada, sino una especie de memoria a cielo abierto. Sus calles de tierra siguen marcando recorridos que ya nadie hace. Los silos oxidados recortan el horizonte.
Las casas conservan detalles mínimos con ventanas entreabiertas, galerías vencidas, objetos que parecen haber quedado en pausa. El antiguo trazado ferroviario aún puede reconocerse como una cicatriz en el paisaje.

Y es justamente esa quietud la que se convirtió en su mayor atractivo. Sin servicios, sin señal y sin infraestructura turística, el pueblo recibe visitantes que llegan casi en silencio, con respeto.
No hay propuestas organizadas ni circuitos señalizados. La experiencia pasa por caminar, observar y detenerse en lo que quedó, en un lugar donde la vida se detuvo pero la curiosidad humana encontró una nueva razón para llegar.