Un segundo en el infierno: la tragedia que le arrancó el sueño a una instructora de buceo en Australia
Un instante de descuido en un barco de Australia le arrebató los dedos y el futuro profesional a una joven instructora de buceo. Esta es la historia de superación y el doloroso camino que enfrentó lejos de su hogar.
El ruido ensordecedor de los compresores ahogó su grito. Francisca Sire, de 31 años, vio su mano atrapada en un ventilador industrial sin protección y supo que su vida cambiaba para siempre. Lo que siguió fue una odisea de dolor, soledad y la pérdida irreversible de la carrera por la que lo había dejado todo.
Ocurrió en diciembre de 2024, en la bodega de un catamarán en Cairns, Australia. La chilena, recién llegada al país para trabajar en la Barrera de Coral, realizaba una tarea rutinaria: guardar una boya. En un instante, su mano derecha fue succionada por el mecanismo.
“Siento que mi mano está atrapada y no la puedo sacar. Saco la mano, la tiro y, cuando me la veo, no tenía dedos. Ese fue el impacto más terrible”, relató Francisca en una cruda entrevista con TN. Contra todo pronóstico, logró subir una escalera y pedir ayuda a gritos.
El sueño australiano que se truncó en un mes y medio
La vocación de Francisca era inquebrantable. Desde los 15 años quiso ser instructora de buceo. Estudió Ecoturismo en Santiago de Chile y trabajó gratis a cambio de cursos. Su meta final era Australia, y para no pasarse del límite de edad de la visa Working Holiday, vendió todo lo que tenía y aterrizó en Queensland en septiembre de 2024.
Consiguió el trabajo soñado en una escuela de la Barrera de Coral. Pero el accidente llegó apenas un mes y medio después de su llegada. Una médica que era pasajera del barco la auxilió de inmediato.
El viaje de regreso a la costa fue una tortura de tres horas y media, con la mano vendada a presión y su cuerpo bajo los efectos de la morfina. “Mi primer pensamiento fue que me iba a morir desangrada”, recordó.
El diagnóstico final y el año de soledad
En el hospital, la realidad fue brutal. El diagnóstico confirmó que había perdido dos dedos y que el índice había quedado con secuelas graves. Aunque un cirujano logró salvar este último dedo, la funcionalidad de su mano derecha, su herramienta de trabajo, quedó devastada.
Lo peor estaba por venir. Comenzó un extenso proceso burocrático y de recuperación que debió enfrentar prácticamente sola. Su hermana pudo viajar a asistirla solo por un mes.
“Si pisaba un pie fuera de Australia, se me cortaban todos los beneficios del seguro laboral. No tenía posibilidad de volver a Chile con mi familia; tenía que pasar todo el proceso de recuperación sola”, explicó Francisca, quien pasó gran parte de ese tiempo en un hostel.
El duelo por la vida que se fue
La pérdida física desencadenó una profunda crisis emocional. En la soledad de su habitación, los pensamientos se volvieron oscuros. “Mi pensamiento fue superpesimista; sentía que mi vida se había acabado y que no iba a volver a hacer nunca más nada”, confesó.
El trauma fue tan intenso que entró en un estado de hiperalerta. Llegó al punto de tener que esconder su uniforme de buceo porque ver el logo de la empresa le provocaba ataques de pánico. “Fue supercansador estar pensando constantemente en cuál era el peor escenario que podría pasar”, admitió.
Incluso bajo presión, volvió a trabajar un mes antes de que su visa expirara. Pero la cruda verdad técnica es que Francisca no podrá volver a ser instructora de buceo como antes. La profesión exige una destreza manual completa para manipular equipos de emergencia y asistir a alumnos, algo que su mano ya no puede hacer.
Una nueva vida entre la terapia y el miedo
Hoy, Francisca vive de vuelta en Santiago de Chile, junto a su hermana. Su presente está marcado por la rehabilitación y un temor constante. “Tengo miedo de enfrentarme a la gente, de qué me van a decir de mi mano”, reconoció.
Actualmente no está trabajando. Dedica sus días a la kinesiología y a la terapia ocupacional, aprendiendo a usar una prótesis y a reentrenar su motricidad. “Me enseñan cómo utilizar mi mano de una nueva forma. Para tomar un vaso o cosas pesadas, la prótesis ayuda, pero el dolor en el dedo que salvaron no va a pasar nunca”, afirmó.
A través de sus redes sociales, comparte su proceso de recuperación, con el objetivo de derribar prejuicios estéticos. Su sueño australiano terminó en cicatrices, pero desde la resiliencia, Francisca intenta encontrar un nuevo rumbo para su historia.