Una argentina fue a ver a la Selección y terminó 17 días detenida en EE.UU.: “Fue un infierno”
Una argentina que fue a ver a la Selección en el Mundial terminó detenida 17 días en Estados Unidos. ¿Qué pasó en esa escala? Los detalles de un calvario que nadie imaginó.
Martina Farias, una cordobesa de 26 años, soñaba con disfrutar de la semifinal del Mundial en Atlanta. Pero una escala en Phoenix, Arizona, convirtió su viaje en una pesadilla: agentes de Migraciones la interceptaron y la mantuvieron detenida durante 17 días.
La joven, que residía en Maui, Hawái, desde hacía tres años, había decidido hacer un último viaje por Estados Unidos antes de regresar a la Argentina. En el aeropuerto de Phoenix, mientras se disponía a continuar su ruta, recibió un mensaje de su mejor amiga que la alertó sobre la presencia de agentes. Al levantar la vista, vio a dos conocidos hablando con oficiales de civil.
“En el momento pensé que había zafado porque nadie me había venido a decir nada. Pero a los dos minutos vino un agente, me preguntó mi nombre y apellido y se me nubló el cerebro”, relató Martina a TN.
Una situación que se complica
Los agentes tenían una copia de su pasaporte. Martina pidió cinco minutos para ir al baño y desde allí comenzó a avisar a sus allegados. Poco después, los oficiales le indicaron que debía acompañarlos. A sus amigos los esposaron; a ella no.
“Estaba muy nerviosa y todos los agentes eran hombres. Desde el momento cero dije que me quería ir, que podía pagar mi pasaje a la Argentina y que aceptaba mi salida voluntaria”, recordó.
El motivo de la detención: Martina había ingresado como turista y había permanecido en el país más tiempo del autorizado. La vida que había construido en Hawái –amigos, pareja, un lugar donde se sentía cómoda– la llevó a postergar su regreso. “Obviamente sabía el riesgo cuando fui al Mundial. Sabía que me podían agarrar porque conozco historias similares, pero no sabía que podía estar 17 días presa”, explicó.
Además, tenía previsto viajar a Europa diez días después. Por eso decidió hacer un último viaje para ver a la Selección. “Quería ir a verla. Pensé: último Mundial de Messi, partido contra Inglaterra, partido histórico. Si hubiese tenido el diario del lunes, probablemente mi decisión hubiese sido otra”.
“Fue un infierno”
Tras ser detenida en el aeropuerto, fue trasladada a un centro migratorio a unos 15 minutos. Allí le dijeron que pasaría la noche, luego una semana. “Cuando me dijeron una semana se me cayó el mundo. No lo podía creer”. El plazo se extendió: 8, 10 y finalmente 17 días.
Las primeras 48 horas estuvo incomunicada. Su familia y amigos se contactaron con el consulado argentino, pero la respuesta era siempre la misma: había que esperar.
Los primeros tres días fueron los peores. “Fue un infierno. Estuve incomunicada, pasando frío y hambre”, sostuvo. En su celda alojaron a una mujer que venía de una cárcel y cuyo caso también estaba en manos de las autoridades migratorias. La incertidumbre la consumía: “Yo era un número más. A nadie le importaba lo que me pasara”.
Como no comía, fue derivada a una consulta de salud mental. Una frase que escuchó allí cambió su actitud: “Me dijeron: ‘Tenés que comer porque si no comés, te vas a morir. Y si vos te morís, acá a nadie le importa’. Ahí me cayó la ficha de que, si yo no hacía cosas para sobrevivir esos días, nadie lo iba a hacer por mí”.
Convivencia en el centro de detención
Durante el encierro, Martina convivió con mujeres de distintos países que atravesaban procesos migratorios. Algunas habían cumplido condenas por otros delitos y esperaban ser expulsadas. También conoció casos de mujeres que, según sus testimonios, estaban tramitando asilo. “Lo que más miedo me dio fue la incertidumbre. No saber cuánto tiempo iba a pasar ahí y sentirme muy sola”, resumió.
Regreso a la Argentina y nuevas perspectivas
Tras 17 días, Martina regresó al país. No recibió formalmente una deportación, sino que le cancelaron la visa y quedó imposibilitada de volver por un período que aún busca precisar. Su computadora, su valija y casi todas sus pertenencias quedaron en Hawái.
“Llegué a la Argentina con tres remeras de la Selección, dos remeras del Dibu y dos polleras. Y hacía 15 grados”, contó. Detrás de la anécdota, una sensación que todavía intenta procesar: “Siento que me arrancaron de lo que yo llamaba hogar”.
Martina ama Córdoba y una parte de ella está contenta de haber vuelto, pero no de esa manera. “Me siento bastante perdida. Siento que tengo que volver a darle un rumbo a mi vida”.
También reconoce su responsabilidad: “Hay dos cosas que pueden ser verdad al mismo tiempo. Yo estaba excedida en mi estadía y, como cualquier persona que entra a otro país, tenía la obligación de respetar sus leyes”. Pero considera que eso no debería clausurar la discusión sobre las condiciones de las detenciones migratorias.
“No quiero vivirlo como una víctima. Me hago cargo de mi parte. Pero una cosa es hacer cumplir una normativa migratoria y otra es cómo se ejerce ese poder, durante cuánto tiempo, en qué condiciones y con qué derechos y garantías”, sostuvo.
Ahora cuenta la historia con humor, una herramienta para procesar lo vivido. Incluso bromea: “Digo que por lo menos ahora no me queda otra que superar a mi ex, porque me están forzando al contacto cero”.
Pero cuando deja el chiste de lado, la conclusión es otra. A quien se encuentre en Estados Unidos con el período vencido no le diría que “no pasa nada”. “Que conozca las leyes y sea consciente de los riesgos”, advirtió. Y agregó: “Las personas migrantes siguen teniendo derechos, dignidad y derecho al debido proceso. No creo que debamos normalizar que, porque alguien incumplió una norma migratoria, cualquier forma de detención o trato quede automáticamente justificada”.