Una becaria midió el costo oculto de las viviendas sociales de la zona norte de Resistencia y el resultado sorprendió

Un bosque de 133.000 árboles adultos: eso equivale a la huella de carbono que dejó la construcción de las viviendas sociales en la zona norte de Resistencia, según una becaria de Arquitectura de la UNNE. El estudio también midió el gasto energético de los vecinos y lo que encontró no es alentador.

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Una becaria midió el costo oculto de las viviendas sociales de la zona norte de Resistencia y el resultado sorprendió
Una becaria midió el costo oculto de las viviendas sociales de la zona norte de Resistencia y el resultado sorprendió

Luciana Prieto, becaria de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNNE, analizó seis conjuntos habitacionales estatales construidos sobre humedales y reservas ecológicas de la zona norte de Resistencia. El trabajo revela incumplimientos de la norma IRAM 11605, un uso intensivo de aire acondicionado y una huella de carbono que se mide en miles de toneladas de CO₂.

La zona norte de Resistencia se convirtió en el principal frente de expansión urbana de la ciudad. Durante décadas, ese territorio albergó humedales, áreas verdes y reservas ecológicas que funcionaban como reguladores ambientales. En los últimos años, el sector pasó a concentrar conjuntos de viviendas estatales, asentamientos informales y urbanizaciones cerradas, impulsado por la creciente demanda habitacional del Departamento San Fernando.

Ese avance sobre tierras frágiles es el punto de partida de la investigación de Prieto, titulada «Sostenibilidad en viviendas sociales. Conjuntos Habitacionales de la zona norte del Gran Resistencia». El trabajo, sostenido por la Secretaría General de Ciencia y Técnica de la UNNE, cuantifica la huella de carbono y el desempeño térmico de las tipologías estatales construidas sobre humedales y reservas. La dirección y asesoramiento de la beca están a cargo de la doctora arquitecta Marina Scornik y el arquitecto magister Gustavo Tripaldi.

Cuatro objetivos, seis barrios y una metodología combinada

El plan de trabajo se organizó en cuatro ejes: identificar los barrios estatales de la zona norte y su inserción territorial; evaluar las condiciones de habitabilidad de las viviendas y sus ambientes; analizar el desempeño ambiental y calcular la huella de carbono de las tipologías estatales; y formular recomendaciones para futuros proyectos de vivienda social.

Para cumplir esos objetivos, Prieto combinó cuatro herramientas metodológicas. El relevamiento territorial abarcó seis conjuntos habitacionales: Nalaá, Mapic I, Barrio 70 Viviendas, Barrio 130 Viviendas (René Favaloro), Don Santiago y Barrio UOM 100 Viviendas. El análisis combinó recorridos presenciales con herramientas digitales de visualización geográfica, como Google Maps y Google Street View. El registro se centró en el estado de fachadas y materiales, las condiciones de infraestructura y espacio público, y la presencia de equipos de climatización como indicador del desempeño energético de las envolventes.

La encuesta a usuarios, de carácter exploratorio, se implementó mediante un formulario digital y se difundió con la colaboración de referentes barriales. El instrumento abordó tres dimensiones: las modalidades de uso y el costo de la climatización mecánica; la percepción de los habitantes sobre las condiciones térmicas de los distintos ambientes; y el nivel de satisfacción con la vivienda, considerando también las modificaciones realizadas desde su entrega. En total, se obtuvieron 15 respuestas.

Las entrevistas en profundidad se realizaron a tres actores vinculados al tema, para profundizar aspectos constructivos, de gestión y de habitabilidad que la encuesta no cubría. Los testimonios describieron materiales de construcción básicos —ladrillo con revoque, techo de chapa, carpinterías de madera—, sin ventilación cruzada y con aislación térmica limitada al techo. Los entrevistados señalaron que, sin las modificaciones realizadas por ellos mismos —galerías, protecciones solares, cambio de aberturas—, las viviendas serían inhabitables durante el verano. También identificaron la ausencia de red cloacal como uno de los problemas de infraestructura, con desbordes de pozos negros y perforaciones hasta la napa freática en algunos casos.

Por último, se realizó el modelado tridimensional y la simulación higrotérmica de una vivienda típica del Barrio 70 Viviendas mediante el software Autodesk Ecotect Analysis, tomado como caso representativo de las tipologías estatales del área.

El impacto que dejó la construcción sobre los humedales

La investigación establece que la ejecución de la mampostería de ladrillo cerámico en los conjuntos de la zona norte volcó a la atmósfera un estimado de 3.321.960 kgCO₂e. Esa cifra equivale, según el cálculo del trabajo, a la capacidad de absorción anual de un bosque de aproximadamente 133.000 árboles adultos, sobre una superficie de 120 hectáreas de bosque continuo, una extensión que supera las áreas verdes que quedan en los bordes de la ciudad.

A esa huella incorporada se suma la huella operativa. Los cerramientos analizados presentan valores de transmitancia térmica (K) de hasta 2,90 W/m²K en muros y 3,70 W/m²K en techos, por encima de los límites de la norma IRAM 11605. Como consecuencia, el 57% de los usuarios recurre a climatización mecánica entre 10 y 12 horas diarias durante el período cálido. El trabajo estima en 1.080 kgCO₂e por vivienda la huella operativa anual derivada de ese consumo, y proyecta que en menos de seis años el consumo energético por refrigeración superará la huella de carbono de la construcción original de los muros.

El estudio, al que tuvo acceso UNNE Medios, advierte que la zona norte de Resistencia no cuenta con una red cloacal consolidada, una deficiencia de infraestructura sanitaria que puede afectar la calidad hídrica de las áreas de reserva, especialmente por la utilización de sistemas individuales de saneamiento y su proximidad a la napa freática. En ese marco, la investigación plantea que la vivienda social no puede analizarse como un elemento aislado del territorio, sino como un componente que interactúa con humedales y reservas que aún se conservan en el área.

Un desempeño térmico que no alcanza

La investigación concluye que los conjuntos habitacionales estatales de la zona norte del Gran Resistencia presentan una doble condición: impacto en el ambiente durante la etapa de construcción y desempeño térmico insuficiente durante el uso.

El análisis del Barrio 70 Viviendas, tomado como caso representativo, muestra que los cerramientos incumplen todos los niveles de la norma IRAM 11605/96: los muros registran valores de transmitancia de entre 2,73 y 2,90 W/m²K, frente a un máximo admisible de 2,16 W/m²K, y las cubiertas alcanzan 3,70 W/m²K, tres veces ese límite. Según el trabajo, este resultado deriva de una elección de tecnología constructiva basada en costo y velocidad de ejecución, sin considerar el contexto bioclimático de la Zona Bioambiental Ib, con temperaturas máximas por encima de 34°C y una estación cálida de varios meses.

Las simulaciones en Autodesk Ecotect Analysis muestran que los espacios interiores superan la zona de confort térmico entre 10 y 13 horas diarias en verano, con el dormitorio orientado al noroeste como el ambiente de mayor acumulación de calor. El promedio relevado es de 3,3 equipos de aire acondicionado por vivienda, con un funcionamiento de más de 10 horas diarias. El 67% de los encuestados declaró dificultades para pagar la factura de electricidad en verano.

En términos de huella de carbono, el trabajo estima 5,54 tCO₂e por vivienda, con una proyección de más de 3.300 tCO₂e para el conjunto del área norte. El 73% de los residentes realizó modificaciones a la vivienda desde su entrega —galerías, cerramientos, aislaciones, nuevas aberturas—, un dato que, según la investigación, indica que el modelo tipológico de vivienda no responde por sí solo a las condiciones climáticas de la región.

Las recomendaciones: muros dobles y planificación con el ecosistema

A partir de este diagnóstico, la investigación formula recomendaciones en tres niveles.

Para nuevos proyectos, propone muros dobles con cámara de aire, galerías orientadas de manera estratégica, reducción de superficies vidriadas hacia el noroeste, ventilación cruzada e infraestructura verde con especies caducifolias, con el fin de acercar los valores de transmitancia a los niveles de la norma IRAM y reducir la demanda de climatización mecánica.

Para los conjuntos existentes, plantea intervenciones de rehabilitación pasiva de costo bajo: cubiertas con alta reflectancia, sistemas EIFS en fachadas, extractores eólicos y protocolos de ventilación nocturna.

Para el territorio en su conjunto, la investigación recomienda que la política habitacional incorpore la preservación de áreas verdes y humedales adyacentes, la extensión de la red cloacal y la incorporación de vegetación en el espacio público, bajo la premisa de que la vivienda social forma parte del ecosistema urbano y no puede planificarse por separado de él.

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